“¿Verdad que no?”
Querido lector, en este mensaje intentaré convencerlo de que la idea de verdad, como la de realidad, es poco práctica y útil. Por ello, arguyo que le irá mejor si prescinde de las nociones de “naturaleza intrínseca de la realidad” o de “correspondencia de sus sentidos con la realidad” y deja de privilegiar su punto de vista haciendo ostentación de la verdad. En su libro “Verdad y progreso”, el filósofo contemporáneo Richard Rorty, siguiendo a Friedrich Nietzsche y John Dewey, dice que la verdad es algo que hay que abandonar: no es el problema, no es la meta de la investigación; resulta inútil buscar qué es. Esta búsqueda sólo genera más problemas que soluciones. Los hombres tienen creencias que estiman justificadas y “la justificación siempre es relativa a un auditorio”. La teoría del conocimiento y la moral no necesitan de la verdad, porque “parece suficiente definir el progreso moral como un convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos” (y para esto hay variados itinerarios). Mientras tanto, si se da algún progreso filosófico, éste consistirá en “encontrar un modo de integrar las visiones del mundo”. La filosofía, como sostenía Dewey, no puede emitir nada más que hipótesis que hacen a las mentes humanas más sensibles. Pero debe dejar de reiterar las preguntas que se formularon en tiempos pasados y tornarnos más sensibles a la vida que nos rodea. No tenemos que preocuparnos más por la objetividad; debemos conformarnos con la intersubjetividad, esto es, con el consenso alcanzado mediante discusiones libres y abiertas a todas las hipótesis. Si hay un progreso éste debe ser pensado a la manera de Thomas Kuhn: como la capacidad para resolver problemas que los que nos precedieron no pudieron resolver y en resolver también algunos problemas nuevos. El pensamiento avanza no haciéndose más riguroso sino más imaginativo, atisbando posibilidades no captadas, hasta hoy, por nadie. No necesitamos de la verdad para avanzar, sino de la imaginación. Una buena filosofía hace ver las cosas desde un ángulo nuevo. En este sentido, posee una útil función social. En el terreno de lo moral la cuestión de si existen realmente derechos humanos es, desde el punto de vista de la filosofía de Rorty, absurda: no hay nada esencial ni una naturaleza humana con derechos. Lo que hubo que hacer es crear los derechos. Y la humanidad puede atribuirse el mérito de su difusión y relativa vigencia. Nuestra imagen liberal occidental de una utópica democracia mundial “es la de un planeta en el que cada miembro de la especie se preocupa por el destino de los demás”. No se trata de buscar profundas razones para ello, sino de “simpatizar con los que son diferentes a nosotros”. En este contexto, Rorty coincide con los modernos en que, en esta tarea, ayuda no tanto la filosofía sino la novela, la telemática y el mensaje televisivo. En fin, la propuesta consiste en un pragmatismo light, sin otras justificaciones más que las creencias, anhelos y conveniencias; un filosofar que abandona la filosofía como abandona la verdad, la objetividad, el Dios instituido y la historia contada. Sólo se vive por fe… Este prisma, como él mismo lo reconoce, “ha vaciado por completo de significado los términos ‘verdadero’ y ‘falso’”, pobre y rico, feo y lindo, pero aunque así le es difícil eludir el cargo de ‘relativismo’ preserva el sentido de lo que es justo y necesario en cada relación. A la hora de hacer un balance, la propuesta de Rorty nos deja al descampado, sin las raíces y valores de la cultura occidental: sin realidad, sin búsqueda de la objetividad, sin códigos morales. Los hombres quedan unos frente a otros, indefensos en un mundo poco confiable pero que Rorty desea que se convierta en un mundo más solidario, sin poder dar, sin embargo, razón alguna para este deseo, deseo que todos compartimos. Quizá no sin motivos se ha acusado a la filosofía de la posmodernidad de promover un modus vivendi de la resignación o de ser un cierto estoicismo que comprende y acepta el dominio de los poderosos sobre los indefensos, sólo deseando que aquéllos cambien por influencia de una “educación sentimental” transmitida a través de imágenes que los convenzan de que también los indefensos son sus semejantes. Bien se comprende, pues, que ni la izquierda ni la derecha política se sentirán satisfechas con esta propuesta. Tampoco yo. Por eso, por lo pronto, sin ser esclavo de nadie me propongo ser servidor de todos. Alberto Félix Suertegaray DNI 14.169.481 Roca
Alberto Félix Suertegaray DNI 14.169.481 Roca