Viaje cama adentro
Columna semanal
La Peña
La primera condición no escrita para alguien que se va de su pueblo natal en busca de mejor horizonte, es no volver hasta no tener auto. Esa sigue siendo la medida del progreso en muchos lugares, donde el comentario es volvió fulano de tal y en auto, con lo cual uno puede certificar que las cosas fueron bien, más o menos o muy bien.
Según el auto era la medida del progreso. Si era viejo y destartalado el progreso apenas nos había rozado, si estaba en condiciones era señal de que nos había ido bien y si era un auto nuevo, el comentario era mirá cómo se gana en la Patagonia.
Y la verdad el primer año en la Patagonia fue todo un desafío, complicado, lleno de obstáculos, desconfianza y muchas barreras. Extrañábamos horrores y ninguno en casa se animaba a llorar delante de los demás, pero se nos caían las lágrimas de sólo pensar la distancia con los afectos.
Mi padre, con un esfuerzo enorme pudo comprar en noviembre del año siguiente un auto. Apenas le alcanzó para un casi desactivado Rambler Classic rural, largo, enorme, con espacio para llevar a toda la familia, algún invitado y muchos bolsos y carga general. Era gigante, con espacio que los más grandes vehículos de hoy no tienen.
Pero no dejaba de ser un Rambler 66, en buen estado, motor Tornado, rápido, llegador y gastador al mismo tiempo. Se arreglaba con poco, no te dejaba en el camino jamás y ni siquiera pagaba patente.
Pero claro, en casa éramos cinco hijos y mis padres, es decir un pasaje bastante amplio. Y encima a mi madre se le ocurrió invitar al hijo de una amiga. Estaba claro que la comodidad no era la prioridad. Igual era tal el entusiasmo en ir al pueblo que ni importaba.
Salimos un 20 de diciembre de Roca, el Rambler verde oliva cargado hasta las pestañas de valijas, bolsos y cajas. Llevábamos hasta víveres para unos días porque la plata alcanzaba para el viaje y una estadía modesta en el pueblo. La cuestión era el reencuentro con los afectos y mostrar el auto que era sinónimo del progreso.
Ese viaje me quedó grabado en la memoria y en el cuerpo. Duró 27 horas, casi podría decir que fue un viaje cama adentro porque no bajamos más que para ir al baño. No había ni para la gaseosa en las estaciones de servicio.
En la Japonesa hicimos la primera parada. Ahí ya empezamos a sentir el rigor de lo incómodo del viaje, pero el entusiasmo podía más. Mi madre sacó de la conservadora el pollo frío, con mayonesa y pan fue la cena y con eso había que tirar hasta la mañana siguiente. Salimos a las siete de la tarde del 20 de diciembre, llegamos a las diez de la noche del 21 de diciembre al pueblo.
Agotados, literalmente agotados llegamos, pero tan felices que las comidas simplificadas, lo extenuante del viaje y el progreso reducido no importaron. Volvimos, estábamos en casa de nuevo, porque el pueblo era nuestra casa. La felicidad era más fuerte que la modestia del viaje de vacaciones que en realidad eran más un esfuerzo por volver a fundirnos en un abrazo.
Mi padre tuvo mil abrazos continuados, la noticia corrió rápido por el pueblo, pronto aparecieron sus amigos y los nuestros a vernos, a darnos la bienvenida. Claro, en segundo plano estaba el auto, que todos miraban de reojo. Ahí estaba la síntesis del progreso conseguido en el año que llevábamos en la Patagonia.
Era poco, claro que era poco, pero era mucho lo recorrido en un escenario nuevo poco amigable y lejano.
No sólo podíamos mostrar el auto, sino el esfuerzo de una familia que literalmente se rompía el lomo buscando mejor horizonte. Eso no se veía, o tal vez sí en los rostros entusiastas y expectantes de quienes veían el futuro con menos obstáculos que la realidad.
jorge vergara
jvergara@rionegro.com.ar