Vivir en el pasado

Por Redacción

Como ya es tradicional, distintos grupos de mentalidad autoritaria aprovecharon la oportunidad brindada por el 37º aniversario del golpe de Estado de 1976 para intentar apropiarse de lo que llaman “la memoria”. Con tal propósito, se enfrentaron en la Plaza de Mayo para disputar el derecho a considerarse víctimas principales de la crueldad de los militares y el accionar siniestro de sus presuntos aliados, trátese de empresarios, dignatarios eclesiásticos o “derechistas” vinculados con el horror macrista. Es que tanto los kirchneristas de La Cámpora como militantes de organizaciones trotskistas quieren hacer pensar que, a pesar de las apariencias, la dictadura militar sigue ocupando el poder, de suerte que es deber de todos continuar la lucha por desalojarla. Pero si bien coinciden en que el Proceso aún está vivito y coleando, discrepan en cuanto a la forma que ha asumido. Según los kirchneristas, el Proceso mantiene colonizada la Justicia, lo que sería una hazaña notable ya que con escasas excepciones los miembros de “la corporación judicial” fueron designados después de fines de 1982. En opinión de los izquierdistas, en cambio, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus acompañantes se han encargado de perpetuar la dictadura, razón por la que siguen habiendo “desaparecidos” y espionaje ideológico. La nostalgia muy fuerte que sienten por la dictadura castrense todos estos “militantes”, además de la presidenta y distintos integrantes del gobierno nacional, puede entenderse. Es mucho más fácil, para no decir más “épico”, oponerse a una tiranía de lo que es dedicarse a atenuar los problemas económicos y sociales de una democracia. Cuando una junta militar no elegida está en el poder, en retrospectiva por lo menos todo parece muy sencillo. No es una cuestión de matices sino de blanco y negro. Por lo demás, “la solución” consistirá en celebrar elecciones libres para que el pueblo decida, de suerte que sería antidemocrático preocuparse por lo que los eventuales triunfadores se hayan propuesto hacer una vez en el gobierno. Con todo, si bien es comprensible que tantas personas quisieran seguir viviendo en la Argentina presuntamente simplificada de la segunda mitad de los años setenta del siglo pasado, no cabe duda de que la nostalgia militante así supuesta ha frenado el desarrollo político, social y económico del país. Para descalificar una opción que no les gusta, a los oficialistas les parece suficiente atribuirla a la dictadura. Asimismo, toda vez que un sector, agrupación o lo que fuera molesta al gobierno de Cristina, los voceros oficiales, encabezados por la presidenta misma, los acusan de estar vinculados de algún modo con el Proceso; entre los blancos de las diatribas en tal sentido se han encontrado los chacareros, la gente de la Sociedad Rural, muchos empresarios, los medios de difusión más importantes, diversos jueces, los economistas “ortodoxos” y así, largamente, por el estilo. Para no ser blanco de las denuncias vehementes de los justicieros kirchneristas, es necesario comprometerse con el proyecto de Cristina, razón por la que pasan por alto el que Eugenio Raúl Zaffaroni haya sido un “juez del Proceso” y su cuñada Alicia Kirchner una funcionaria de dicho régimen. Por supuesto que desde el punto de vista de las distintas facciones de la izquierda trotskista, las culpas se ven repartidas de otra manera. Parodiando a los kirchneristas, juran ver en ellos los sucesores lineales de los líderes de la dictadura militar, lo que no puede sino enojar a la presidenta y sus simpatizantes pero que así y todo tiene el mérito de asegurar que la cultura política del país siga atrapada en un lustro que terminó antes de que naciera la mitad de sus habitantes. En la Europa de 1976, muchos recordaban la catástrofe –infinitamente peor que la provocada por el Proceso– que había desatado la invasión de Polonia por los nazis 37 años antes, pero así y todo el drama político de los países que lo habían sufrido evolucionaba de manera tan diferente que pocos trataban de hacer pensar que en verdad casi nada había cambiado. Sin embargo, en la Argentina abundan los jóvenes que se imaginan protagonistas de los acontecimientos de más de una generación antes, para no hablar de políticos reacios a dejar atrás su propia juventud, lo que nos dice mucho sobre la vocación resueltamente conservadora de buena parte de la clase política nacional.


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