Viajo sola a China desde la Patagonia y descubrió un mundo que la dejó sin palabras
Julieta Krischak cumplió una promesa personal: conocer China. Recorrió pueblos ancestrales, megaciudades de más de 30 millones de habitantes, estudió mandarín y descubrió un país mucho más diverso.

A Julieta Krischak, China le llegó primero en imágenes, en palabras hechas de símbolos y en sabores. Y el 8 de marzo llegó al país asiático después de 30 horas de viaje desde Buenos Aires, a cumplir una promesa que se había hecho a sí misma: viajar sola antes de cumplir los 50 años. Se internó en ciudades de más de 30 millones de habitantes, recorrió templos, estuvo frente a montañas cubiertas de niebla, compartió comidas con desconocidos, estudió un idioma imposible y descubrió que detrás de los prejuicios y las distancias existe un país complejo, amable y fascinante.
«Hace muchos años miro China. Antes de la pandemia, al ser fotógrafa gastronómica, me interesaba desde ese punto de vista. Con la pandemia, empecé a ver mucho a China desde adentro, porque muchos youtubers mostraban ese país, y después seguí mirándola desde adentro, a través de un sociólogo que compartía historias. Así pensé que era importante entender el idioma, porque mucho me perdía», dice para comenzar.
En 2022 le apareció una publicidad de un instituto que enseñaba chino online. Se anotó y empezó a intentarlo entre el trabajo y los hijos. Pero se entusiasmó y durante tres años estudió allí. «Me faltaban tres años para cumplir los 50 y mi marido me dijo: ‘¿Por qué no te vas antes?’. Y ahí dije: ‘Claro, lo puedo hacer'».

Guangzhou, al sur, ese lugar que muchos conocen como Cantón, fue su puerta de ingreso, para llegar a la escuela en un pueblo donde iba a estudiar chino durante 15 días. Al llegar, la primera lección llegó antes de la primera clase. Fue en una estación de tren gigantesca, en medio de una ciudad donde casi nadie hablaba inglés y donde cada cartel parecía escrito para otro planeta. Con un Excel minuciosamente preparado desde Argentina, nombres traducidos al chino y una ruta estudiada al detalle, emprendió el viaje hacia Yangshuo.
Llegó en primavera, con un clima súper cálido, a un lugar al que van muchas personas mayores. «Ahí vi cómo viven. A la mañana hacen tai chi, calistenia en las plazas; a la tarde salen a las veredas, juegan al ajedrez chino; a la noche terminan de cenar y van a bailar. Son alegres, están en movimiento, son muy agradables y eso me encantó», cuenta Juli con una sonrisa.
Por la mañana desayunaba su sopa y salía a recorrer. Después cursaba de 9:30 a 12 y de 14 a 16:30. «Yo fui de sur a norte. Los trenes son rápidos, seguros, son geniales, me moví en tren siempre. A medida que avanzás y atravesás el país, cambia la comida y la fisonomía de las personas. Son 56 etnias y encontrás rasgos muy diferentes».

En la escuela Omeida comenzó a experimentar comidas, a entender la cultura de la gente, probar frutas, observar qué pasaba alrededor, conocer lugares y vivir el día a día. «Eso es lo interesante de viajar a una cultura tan diferente. Son muy buenos anfitriones, buscan que estés tranquilo. Mi desenvolvimiento en chino es básico y fue espectacular, porque hacen todo para que la pases bien».
Cuando iba por las calles la gente la paraba para sacarse fotos con ella. Le llamó la atención la seguridad que hay en las calles, hay mucha policía. «Dejás algo ahí y nadie lo toca. Los chicos de la escuela se olvidaron una cámara en una peluquería y volvieron a los dos días y ahí estaba. Son cosas que te muestran cómo funciona la sociedad. Viajar por China sola fue una experiencia que me hizo sentir tranquila, segura y muy bienvenida».
Cuando terminó la capacitación volvió a Guangzhou. Pasó un día ahí, caminó sin demasiadas urgencias, alejándose de los circuitos turísticos. «Me interesaba ver la ciudad, vivir la ciudad», explica. Luego se fue a la Torre de Cantón, al lado del río La Perla, súper famosa, llamativa como una aguja luminosa sobre el horizonte. «Arriba hay unas especies de burbujas donde te podés meter y mirar el atardecer», cuenta. Desde allí observó el entramado urbano desplegarse en todas direcciones.

Un escenario que la fascinó fueron los templos. «Me parecieron sorprendentes porque son muy diferentes a lo que conocemos», dice. Lo que más le llamó la atención no fue la arquitectura ni los detalles ornamentales, sino la vida que ocurría adentro. Llevaban flores, comida e incienso, realizan ofrendas y participan de ceremonias religiosas. En muchos de esos lugares las fotografías están prohibidas.
Sin embargo, hubo un templo que la impactó. Estaba ubicado sobre una avenida comercial repleta de negocios, pantallas gigantes y tránsito constante. «Vos venís caminando por una calle súper concurrida y de repente entrás al templo. Es como entrar en otro mundo. Ahí te das cuenta de que lo sagrado simplemente conviven», reflexiona. Fue en esos espacios donde comenzó a descifrar las claves de la sociedad china. «A medida que recorrés el país empezás a entender por qué son como son, cómo viven, cómo piensan», dice.
Después de Guangzhou llegó otro contraste. El viaje la llevó hasta Fenghuang, un pueblo cuyo nombre significa Fénix, una localidad antigua construida a orillas de un río y famosa por sus casas sostenidas sobre pilotes de madera. «Venía de una mega ciudad y de golpe aparecí en un pueblo chiquitito», cuenta.

Allí descubrió una China completamente distinta. Por las noches, espectáculos sobre el río narran la historia de las minorías étnicas que habitan la región. Durante el día, las calles se llenan de visitantes vestidos con trajes tradicionales. «Hay negocios donde cualquiera puede alquilar vestimenta típica, maquillarse y realizar una producción fotográfica completa».
En Fenghuang también vivió algunos de los encuentros más simples del viaje. Una mañana entró a desayunar en un pequeño local donde servían sopa. La sopa llevaba carne, fideos, huevo y especias. «Toda la comida me pareció riquísima. A mí me gusta mucho la comida china, así que estaba feliz».
Desde Fenghuang emprendió camino hacia el parque que inspiró a la película Avatar, conocido como Parque de Zhangjiajie. La lluvia caía sobre las montañas cuando Juli entendió que no siempre se puede esperar la foto perfecta. Había viajado miles de kilómetros para conocer el paisaje, pero el clima tenía otros planes. El cielo permanecía cerrado, las nubes cubrían los picos y la humedad parecía tragarse el horizonte.

Al día siguiente se internó en el parque nacional. Entre ascensores gigantescos incrustados en las montañas, puentes de vidrio y paredes verticales cubiertas de vegetación, senderos suspendidos y miradores que parecen colgar sobre el vacío, apareció una escena. “Si no querés caminar, contratás una silla y te llevan dos hombres cargándote. Me sorprendió muchísimo”.
El mal tiempo le abrió otras puertas. Apenas llegó, en el hotel le recomendaron asistir a un espectáculo tradicional chino. “Estaba en inglés y en chino, pero si no entendías ni inglés ni chino igual entendías todo”, cuenta entre risas. Sobre el escenario se sucedían danzas, acrobacias imposibles y escenas cargadas de simbolismo. “Fue hermoso, de esas cosas que te hacen sentir una cultura aunque no entiendas una sola palabra”.

“Me hubiera encantado quedarme más tiempo esperando que saliera el sol, pero no había manera”, recuerda. “Hay lugares donde tenés que decir: bueno, ya está, tengo que seguir”. Y siguió, porque viajar sola por China también significaba eso: aceptar que no todo depende de uno y que muchas veces la aventura está justamente en adaptarse.
La siguiente parada fue Zhangjiajie, y fue a Tianmen Mountain, la montaña que tiene una ventana en el centro. Desde la ciudad tomó un teleférico que asciende durante kilómetros entre paredes de roca. En la cabina viajaban varias mujeres que recitaban mantras en voz baja. “Era todo muy místico”, recuerda. “Movían las manos, rezaban y cuando llegamos sacaron semillas de unas bolsas y empezaron a arrojarlas hacia la montaña mientras seguían recitando”.

La escena tuvo algo de ceremonia y de bienvenida. Justo en ese momento el cielo comenzó a despejarse. “Ahí no podía parar de sacar fotos”, cuenta. Frente a ella apareció la inmensa abertura natural conocida como la Puerta del Cielo, un arco gigantesco excavado en la roca que se alcanza tras subir 999 escalones. “Primero hacés la subida y después tomás siete escaleras mecánicas que están metidas dentro de la montaña”.
Arriba la esperaba una de las imágenes más impactantes del viaje. “Pude ver el mar de nubes”, dice. Debajo suyo, una capa blanca cubría todo el paisaje mientras los picos de las montañas emergían como islas. “La belleza de eso era increíble”. «Increíble» es la palabra que vuelve una y otra vez, porque hay lugares que desafían cualquier intento de descripción. “Es difícil transmitir lo que sentís”, reconoce.
La llegada a Chongqing, ciudad que denominan 8D, fue para Juli, el momento en que China dejó de ser una idea abstracta y se convirtió en una escala difícil de comprender. Desembarcó en una metrópolis construida entre montañas donde viven más de 30 millones de personas. Allí, entre puentes colosales, autopistas superpuestas y trenes que atraviesan edificios, sintió el verdadero peso demográfico del país. “Te abruma la cantidad de gente. Es impresionante”, recuerda.

En medio de ese escenario vertiginoso, Juli encontró un territorio ideal para la fotografía callejera. Cada esquina ofrecía una escena distinta, un rostro nuevo, una historia posible. “Me permití hacer retratos más potentes porque había muchísima gente y era buenísimo para eso. Además, les encanta posar, se prestan enseguida”.
A pocas cuadras de su alojamiento había una escuela. O mejor dicho, una pequeña ciudad dedicada a la educación. “Era enorme. Todo en China parece enorme”, cuenta. Esa sensación se repetía una y otra vez. Pero entre los edificios y las estructuras futuristas aparecían también construcciones centenarias que sobrevivían al paso del tiempo. “Tenés edificios ultramodernos y al lado construcciones con cientos de años de historia. Esa convivencia está en todos lados”.
Apenas llegó, Juli se lanzó a recorrer los barrios antiguos. Allí encontró otra de las facetas que más la fascinaron: la gastronomía cotidiana, los mercados, los puestos callejeros y los aromas que escapaban de cada cocina formaban parte del paisaje urbano. “Nosotros nos sentamos a comer. Ellos comen mucho en la calle. Hay mesas afuera, gente caminando, personas que se sientan un rato y siguen”.

Cuando llegó a Xi’an, antigua capital china conocida con Chang’an, el paisaje volvió a cambiar por completo. “La ciudad es hermosísima y totalmente distinta a todo lo que venía viendo”. Allí aparecía la imagen de China que tantas veces había visto en libros y documentales: grandes avenidas, murallas antiguas, puertas monumentales y una historia que parecía emerger de cada rincón.
Juli se perdió por el barrio musulmán, uno de los sectores más tradicionales de la ciudad. Después de varios días recorriendo sola una voz familiar apareció en el metro de Xi’an. Todo empezó con un gesto simple. Una mujer que viajaba junto a ella vio a una joven sentada en un escalón y la invitó a ocupar su asiento. En ese intercambio cotidiano surgió una conversación y, casi de inmediato, una sorpresa.
«Ahí nos dimos cuenta de que las dos éramos argentinas», recuerda Juli. La otra viajera era médica y se encontraba en China perfeccionándose en medicina tradicional china, una de las especialidades que atrae cada año a profesionales de distintos países. Lo que siguió fue una tarde recorriendo la ciudad, caminaron sobre la antigua muralla y terminaron cenando juntas. «Fue buenísimo, es como tener un pedacito de casa cuando estás del otro lado del mundo», cuenta.

Xi’an es una ciudad donde el pasado permanece visible. Sin embargo, nada la preparó para lo que encontraría frente a los 8.000 Guerreros de Terracota. La primera impresión fue de incredulidad. Bajo las gigantescas estructuras que protegen el sitio arqueológico, miles de figuras emergían de la tierra. Juli caminaba intentando registrar cada detalle. «No podía dejar de sacar fotos. Vos los ves y pensás que no puede ser verdad», dice.
Filas y filas de figuras de arcilla de soldados aparecen distribuidas en enormes fosas excavadas. Fueron construidas hace más de dos mil años para custodiar al emperador Qin Shi Huang (el primer emperador de China), y poseen rasgos únicos. «Son todos diferentes porque están hechos a mano. Vos mirás las caras y cada una tiene una expresión distinta y los caballos también son impresionantes», cuenta Juli, todavía sorprendida.
Mientras recorría el museo, pensaba también en la historia detrás de aquel ejército silencioso. El descubrimiento ocurrió de manera accidental cuando en 1974, cuando un campesino cavaba un pozo y encontró una de las figuras. «Yo pensaba en todo lo que hizo ese emperador. Murió joven y se construyó un ejército entero para acompañarlo después de la muerte», reflexiona.
La visita continúa más allá de las famosas fosas. Los visitantes pueden observar los laboratorios donde los especialistas trabajan en la restauración de nuevas piezas y acercarse al enorme mausoleo imperial, una colina artificial que todavía permanece cerrada.

Desde Xi’an, el viaje siguió hacia Shanghái. Allí lo moderno empieza a sentirse fuertemente. Las estaciones de tren, los atractivos turísticos como el parque de Disney entre las tantas opciones que tiene como así también edificios históricos y paseos en ciudades antiguas. Ahí visitó la Venecia China, denominada Zhujiajiao.
Beijing fue la última parada de Juli en China y también una de las ciudades que más la sorprendió por su escala. «Es enorme. No llegás a dimensionar el tamaño de sus avenidas, de sus edificios y de sus parques», cuenta. Allí combinó los grandes atractivos turísticos con experiencias culturales, como un banquete imperial donde la comida se mezcla con espectáculos de danza, música y acrobacias.
Su estadía coincidió además con una festividad dedicada a honrar a los ancestros, algo que le recordó al Día de los Muertos mexicano. Las calles estaban repletas de visitantes y familias que llevaban ofrendas, quemaban figuras de papel y participaban de distintas ceremonias. En ese contexto visitó la Gran Muralla China, en el tramo Mutianyu. «Pensé que iba a encontrar menos gente, pero había muchísima», relata.

Al regresar a la Argentina sintió que el viaje había sido mucho más que una sucesión de paisajes y fotografías. «Cuanto más conocía China, más ganas tenía de seguir descubriéndola», resume. Después de reponerse del jet lag, le quedó la sensación de haber encontrado un país fascinante, diverso y difícil de abarcar en un solo viaje. Cada ciudad mostró una cara distinta de China y cada encuentro, cada comida y conversación sumaron nuevas piezas para comprenderla.
Algunos datos sobre precios y gastronomía en China
- Las ciudades más caras son Shanghai y Beijing, aunque siguen siendo económicas en comparación con Argentina.
- En pueblos y ciudades pequeñas se puede desayunar por 15 yuanes, equivalente a aproximadamente 1,5 o 2 dólares.
- Una cena común en Shanghai o Beijing cuesta entre 5 y 7 dólares, dependiendo del lugar elegido.
- Los postres chinos son muy diferentes a los occidentales: contienen mucha menos azúcar y suelen priorizar sabores más suaves.
- La comida callejera forma parte de la vida cotidiana y permite probar especialidades regionales a precios muy bajos.
- Los hoteles también son más económicos que en Argentina 48 dólares.
- En esta página reservó trenes y hoteles: www.trip.com
- Voló 30 horas desde Buenos Aires, con escala en Estambul y llegada a Guangzhou.

A través de videos y fotografías Julieta Krischak comparte toda esta experiencia en sus redes. Buscala en Instagram como @krischak.ar.

A Julieta Krischak, China le llegó primero en imágenes, en palabras hechas de símbolos y en sabores. Y el 8 de marzo llegó al país asiático después de 30 horas de viaje desde Buenos Aires, a cumplir una promesa que se había hecho a sí misma: viajar sola antes de cumplir los 50 años. Se internó en ciudades de más de 30 millones de habitantes, recorrió templos, estuvo frente a montañas cubiertas de niebla, compartió comidas con desconocidos, estudió un idioma imposible y descubrió que detrás de los prejuicios y las distancias existe un país complejo, amable y fascinante.
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