Vuelco japonés

Por Redacción

Calificar de «histórico» el triunfo del Partido Democrático de Japón sobre el Partido Liberal Demócrata es casi una forma de minimizar lo que acabar de ocurrir en las elecciones generales niponas. Es como si en las próximas elecciones las diversas facciones peronistas en su conjunto consiguieran menos del 20% de los votos. Luego de dominar de manera asfixiante el escenario político durante más de medio siglo, el PLD sólo logró ganar en 119 circunscripciones contra las 308 en que se impusieron los candidatos del PDJ, un partido relativamente nuevo, encabezado por el multimillonario Yukio Hatoyama, que se ha comprometido a llevar a cabo un programa ambicioso de reformas sociales y económicas, además de reducir el poder de la burocracia estatal. Con todo, a pesar de las dimensiones de la victoria opositora, las perspectivas ante el próximo gobierno japonés distan de ser promisorias. La derrota aplastante sufrida por el PLD no se debió tanto a los escándalos protagonizados por algunos dirigentes o a la hostilidad hacia políticas determinadas, cuanto a la sensación difundida de que el Japón, dueño de la segunda economía del mundo detrás de la estadounidense, necesita cambiar mucho para hacer frente a los desafíos que le aguardan.

Los problemas más graves enfrentados por una sociedad antes célebre por su dinamismo son estructurales. La edad promedio de los japoneses es la más alta del mundo, mayor que las de Italia y Alemania, mientras que el índice de natalidad está entre los más bajos, de suerte que la población ya ha comenzado a reducirse: se estima que dentro de 40 años el Japón, que a diferencia de Estados Unidos y los integrantes de la Unión Europea no tiene interés en abrir las puertas a una multitud de inmigrantes tercermundistas, contará con menos de 100 millones de habitantes en comparación con los 128 millones actuales. No hay que decir que las consecuencias del aumento constante de la proporción de «pasivos» ya está incidiendo no sólo en la economía -la deuda pública se aproxima al 200% del PBI anual-, sino también en las actitudes políticas y culturales. En efecto, un motivo del triunfo espectacular del PDJ fue sin duda el compromiso de gastar mucho más dinero en servicios sociales y de reducir los impuestos sin explicar en detalle cómo se proponía hacerlo.

Las promesas formuladas por Hatoyama y los candidatos que lo acompañaron, sobre todas las resumidas en las alusiones al «cambio», además de la crisis económica que ha golpeado con dureza al Japón, se asemejan mucho a las que el año pasado contribuyeron al éxito de la campaña electoral de Barack Obama. Como el presidente estadounidense, Hatoyama parece creer que es posible gastar sumas astronómicas en la ampliación de los servicios sociales pero al mismo tiempo poner fin al despilfarro que según ambos era típico del gobierno anterior.

Si para sorpresa de muchos, tanto la economía japonesa como la estadounidense comenzaran pronto a expandirse a un ritmo muy rápido, los escépticos tendrían que confesar que se equivocaron al prever que la estrategia así supuesta sólo serviría para provocar un desastre fiscal sumamente costoso que obligaría a las generaciones siguientes a conformarse con un nivel de vida mucho más espartano que el esperado, pero si resulta que los escépticos tienen razón, las dos economías principales del mundo se enfrentarán a un futuro muy difícil, lo que sería una pésima noticia para virtualmente todas las demás.

Los analistas políticos japoneses coinciden en que en esta ocasión el electorado votó en contra de un partido de gobierno envejecido, anquilosado y carente de ideas nuevas, lo que es comprensible, y que eligió al PDJ como la alternativa a su juicio más confiable sin por eso sentir demasiado entusiasmo por sus propuestas. A menos que Hatoyama y sus colaboradores inexpertos logren convencer a sus compatriotas de que realmente son capaces de gobernar con más eficacia que los conservadores antes hegemónicos, su triunfo electoral habrá sido sólo un síntoma del profundo malestar de una nación que hace apenas veinte años parecía destinada a desplazar a Estados Unidos como la superpotencia económica reinante, pero que por no saber adaptarse a circunstancias cambiantes entró en una etapa de estancamiento que dista de haberse terminado.


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