Y el pico llega: ¿quién podrá ayudarnos?





Edmundo Larrieu *

En una nota anterior dije que abundaban los modelos matemáticos que pretenden predecir lo que ocurrirá en base a supuestos de cosas ocurridas en el pasado. “Pero en los modelos es muy difícil acertar con los efectos que dan las particularidades sociales, la respuesta de la comunidad a los consejos, las prácticas de saludarse, las ganas de comer un asado con amigos, la disponibilidad o no de equipos de protección, etc. Entonces, pueden fallar”.


Nuestro modelo argentino realmente fue un ejemplo de prevención y control. Con algunos elementos centrales. Un Presidente que tomó decisiones, un gabinete de Salud Pública con formación y trayectoria, los mejores científicos asesorando y la convocatoria a la oposición política responsable. El saber y la decisión juntas dieron lugar a una estrategia que nos ahorró miles de muertos. Funciono porque los argentinos además tuvimos una respuesta social abrumadoramente positiva. Nos cuidamos y, como nunca, fuimos un pueblo unido.


A los  que ahora se quejan, solo ver lo que ocurre en Brasil o Ecuador para ver lo que esquivamos. Miremos a los ojos a nuestros parientes y amigos mayores de edad o de cualquier edad con algún problema de salud, y tratemos de pensar si estarían vivos con otra estrategia y otro comportamiento social.


Mejoramos la infraestructura hospitalaria para cuando llegara el pico del brote. Esa infraestructura aún resiste, pero cruje.
Dijimos que nuestro éxito “puede llegar a plantear un nuevo desafío como sociedad. Nuestro comportamiento social en las fases de ir sacando la cabeza afuera, de a poco, será vital para que sigamos con una curva plana, sin pico y con pocos muertos. Paso a paso. Se puede”.


No está resultando así. Nuestro comportamiento social producto del cansancio por las restricciones y las dificultades económicas personales ha generado en estos días una explosión de casos. Los irresponsables ayudan bastante con sus convocatorias a salir a la calle. Nos volvimos una sociedad indolente donde muchos piensan que a ellos no les va a tocar y se transforman en bombas ambulantes. Y matan gente.


Nos juntamos en las casas; obvio allí nadie usa barbijo. Compartimos mate y asado. Y 2 casos se transforman en 20 en una semana. Alguno puede morir.


Algunos gobiernos locales municipales y provinciales ayudan bastante. Si miramos los diarios: tal no va a acatar las nuevas restricciones, anunciamos que estamos preparando el inicio de clases, abrimos esto y aquello, todos a esquiar. ¿Cuál es el mensaje a la población? En la cervecería sí pero en la casa no. Muy confuso. ¿Esto es grave o es una gripecita? Necesitamos gobernantes que nos cuiden. La Pampa daba envidia. Se relajaron y en pocos días, todos a fase 1.


En el medio entre la población y los gobiernos, como siempre en las catástrofes, los servicios de salud. Los de la “trinchera” como se dice, es decir los que están en contacto con los pacientes en los hospitales. Tropas cansadas, diezmadas por el mismo virus, angustiadas por la presión creciente de los casos. Podemos poner mas camas en terapia intensiva, pero no podemos inventar profesionales que manejen el respirador. Estas tropas precisan apoyo y acompañamiento. Que los escuchen y contengan.


Después están las tropas que pelean “a campo abierto”. Los llamados del primer nivel de atención. Incluyen a los que buscan a los contactos, los entrevistan, estudian y los siguen, los internan en casas y hoteles, los controlan y alimentan.

Algunos volvieron a descubrir a los agentes sanitarios como base del sistema de salud. También incluyen a los servicios locales de epidemiología enfrentados a un tsunami, algunos sin muchas herramientas, los centros de salud y o los médicos generalistas y pediatras que se integraron al arduo trabajo de campo en contacto con la comunidad, y también a los servicios de Salud Ambiental que, aunque algunos lo olviden, son grupos con fuerte formación en epidemiología y experiencia operativa en control de enfermedades los que, probablemente, hasta aquí no han sido aprovechados y exprimidos al máximo.


Nos juntamos en las casas; obvio, allí nadie usa barbijo. Compartimos mate y asado. Y dos casos se transforman en 20 en una semana. Alguno puede morir.


Todos estos grupos también están cansados y estresados. Aumentan los casos y no hay forma de detenerlos. También requieren ser escuchados, valorados y, sobre todo, coordinados pues son organizaciones distintas. Un ejército variopinto.
Queda claro, espero, que si los de campo afuera son derrotados y superados en sus capacidades por el covid, los de la trinchera caerán rápidamente. Y atrás cae la población. No habrá camas para todos y tendremos muchos muertos.


Entonces. A nuestros vecinos: a recuperar conciencia social, autoprotegernos, no hacer más tonteras de reuniones, asados y mateadas hasta que esto pase. Ayudemos a los que nos están protegiendo. Es lo menos que podemos hacer.


* Doctor en Epidemiología. Cátedra de Epidemiología y Salud Pública. Carrera de Veterinaria UNRN; Facultad de Ciencias Veterinarias UNLPAM. Ex Coordinador de Salud Ambiental y subsecretario de Salud de Río Negro


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