Yo o el caos



Por ser el sistema político nacional tan exageradamente presidencialista, el ocupante de turno de la Casa Rosada suele contar con un arma mortífera. Frente a una coyuntura difícil, puede recordarle a la ciudadanía que, si por algún motivo abandonara el poder, el país correría peligro de precipitarse en el vacío. En diversas ocasiones, tanto Raúl Alfonsín como Carlos Menem aludieron elípticamente a la amenaza así supuesta. Últimamente, lo ha hecho la presidenta Cristina Fernández de Kirchner con el presunto propósito de disciplinar a los compañeros de la CGT, afirmando, entre otras cosas, que “no estoy muerta por volver a ser presidenta. Ya di todo lo que tenía que dar”. Aunque pocos creen que Cristina finalmente opte por abstenerse de buscar la reelección, el que para muchos dicha eventualidad sea motivo de alarma, para no decir pánico, es de por sí preocupante. En un país de instituciones fuertes, las transiciones no son traumáticas aun cuando el mandatario saliente sea un estadista mundialmente renombrado; en uno de instituciones precarias, lo que en otras partes sería un trámite rutinario puede tener consecuencias profundas. Si por las razones que fueran Cristina decidiera no postularse para las elecciones previstas para el 23 de octubre, enseguida el orden político nacional colapsaría. Bien que mal, todo gira en torno de la presidenta. El movimiento kirchnerista depende por completo de ella, ya que ningún otro militante estaría en condiciones de tomar su lugar. En tal caso, el candidato oficialista sería con toda probabilidad el gobernador bonaerense Daniel Scioli quien, a pesar de –algunos dirían, gracias a– sus manifestaciones de lealtad para con Cristina mide un poco mejor que ella en las encuestas de opinión. Sin embargo, a juicio de virtualmente todos, incluyendo, desde luego, a los integrantes del entorno de la presidenta, Scioli tiene un perfil político e ideológico que es llamativamente distinto del adquirido por los Kirchner. En verdad, tendría más en común con el jefe del gobierno porteño Mauricio Macri que con cualquier militante del kirchnerismo, motivo por el que los estrategas de la Casa Rosada están procurando debilitarlo mediante el uso de “colectoras” o “acuerdos de adhesión” destinados a privarlo de votos. Antes de ser elegida presidenta en el 2007, Cristina dio a entender que, de confirmarse el triunfo que preveía, en el transcurso de su gestión trataría de mejorar las estructuras institucionales del país. No hay motivos para cuestionar la sinceridad de sus palabras en tal sentido pero, como todos los mandatarios nacionales, no pudo cumplir con tal compromiso porque la lógica inherente al sistema que se ha desarrollado la obligaba a aumentar el poder de la presidencia a costa del Congreso, los partidos –incluyendo al Justicialista– y los organismos que deberían servir para controlar a los gobernantes. Así, pues, sin necesariamente habérselo propuesto, Cristina ha contribuido al vaciamiento institucional, creando de este modo una situación en que un hipotético sucesor tendría que ponerse a “construir poder” desde la nada, como en efecto hizo su marido a partir de su llegada a la Casa Rosada en el 2003. Es por eso que, toda vez que insinúa que se siente tentada a dar por concluida su gestión como presidenta, sus muchos partidarios prefieren atribuirlo sólo a su deseo de asustar a los sindicalistas y al resto del país. No es que les cueste creer que cualquier persona pensaría en abandonar una carrera que con toda probabilidad ganaría, sino que apenas son capaces de imaginar una alternativa a su continuación en el poder. Saben que significaría el fin de su “proyecto”, y cambios drásticos en “el modelo” socioeconómico que dice estar luchando por consolidar, pero ni ellos ni los dirigentes opositores pueden vislumbrar lo que surgiría para reemplazarlos. Por desgracia, a casi treinta años de la restauración democrática, la Argentina aún dista de ser un país relativamente previsible, uno en que se ha resuelto de manera satisfactoria el problema planteado por la transición de un gobierno a otro. En vista de la relación al parecer intrínsecamente conflictiva del Poder Ejecutivo con las demás instituciones de la República, no es demasiado probable que la situación mejore mucho en los años próximos.


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