4 barilochenses navegaron 4 días desde Caleta Tortel hasta el glaciar Mont

Cuatro amigos barilochenses con espíritu aventurero navegaron 100 km en kayak durante cuatro días desde Caleta Tortel hasta el glaciar Montt, allí donde los témpanos entran al mar para desaparecer. Ésta es la historia de un viaje inolvidable.

Donde mueren los hielos

Un grupo de aventureros barilochenses realizó una expedición por la Patagonia sur y navegó en kayak hacia el glaciar Jorge Montt, un lugar donde literalmente “mueren” los hielos. Un viaje fascinante, en una zona de mucho frío y con centenares de témpanos flotando hacia el mar.

“Somos un grupo de amigos que todos los viernes salimos a remar. No importa el clima, salimos todo el año, con sol, calor, lluvia, frío o nieve. Nos autodenominamos “KV” (las iniciales de Kayak Viernes) y nuestra cita se cumple hace un par de años”, explicó Guillermo Marconi.

Detalló que en estas salidas suelen sumarse más de una docena de botes y se rema en las inmediaciones de Bariloche. Este año cuatro de los integrantes de KV se propusieron un objetivo más exigente y planificaron un viaje hacia el lejano sur. Ingo Allekotte y Gerardo Aldazabal son doctores en Física y trabajan en el Centro Atómico Bariloche, Macarena Pérez Correa es diseñadora gráfica especializada en cartas topográficas y mapas satelitales y Guillermo Marconi, comerciante del rubro informático. “Todos somos deportistas aficionados, el viaje fue la primera expedición de aventura seria para los cuatro”, detalló Marconi.

Los preparativos

Elegido el objetivo, el glaciar situado al norte del Campo de Hielo Sur, comenzaron un riguroso entrenamiento. “Los preparativos fueron muchos. Informarnos y juntar los elementos que exige la armada chilena, hacer mapas de la zona, conseguir los elementos de comunicación: handies VHF, posicionador satelital, bengalas, teléfonos satelital, GPS, ropa técnica acorde, tabla de mareas y más. La comida debía ser suficiente y teníamos que prever tres o cuatro días de más por cualquier inconveniente. Debíamos llevar toldos pensando en la lluvia y cascos a mano por si olas grandes nos obligaban a parar en alguna costa peligrosa. En nuestros encuentros de los viernes remábamos para entrenar y practicar situaciones de rescate y auto rescate”, detallaron en su diario de viaje.

El clima en esa zona es adverso y cambiante, llueve mucho (2.000 mm al año) y soplan vientos tan fuertes que puede haber ráfagas de más de 70 nudos. Los largos canales que forman los fiordos favorecen el desarrollo de olas altas (2 a 3 metros) y la temperatura media esperada era de 10 grados Celsius. La costa tiene abruptas caídas al mar con pocas playas para desembarcar en caso de emergencia. “Con todas las ilusiones y expectativas a cuestas, partimos el 21 de marzo. Tras dos días largos manejando las camionetas, llegamos a Caleta Tortel, distante 1.300 kilómetros al sur de Bariloche. Desde allí, navegaríamos unos 100 km.

Día 1

“El 24 de marzo, después de pasar el control de la Armada, comenzamos a acomodar nuestras cosas dentro de los kayaks y cerca de las 15 zarpamos desde el aeródromo por el río Baker.

Día soleado, calmo. Tensos, callados, con ansiedad contenida y ganas de disfrutar derivábamos por el gran río que nos llevaba hacia el mar. Al salir, a pesar de los buenos mapas a prueba de agua que Maca había confeccionado, requerimos de concentración especial para ubicarnos entre las islas y canales. No parecía sencillo trasladar el paisaje al esquema del plano. Con una brújula sobre la cartografía fuimos aprendiendo a navegar.

Gracias a la calma chicha decidimos abrirnos por el Canal Troya, en un recorrido más largo y más expuesto. Zona para deleitarse con las montañas que caen a pique, cubiertas de vegetación exuberante y flores de copihue flotando en el mar. Viendo selvas prendidas en laderas verticales las primeras emociones crecían.

Los posibles puntos de acampe los habíamos elegido con mapas satelitales, la costa ya no era amigable para bajar y debíamos contar con agua dulce y varias opciones según el ritmo de remada. Empezaba a bajar el sol y nos acercábamos nuestro primer lugar identificado. Una zona blanca en la foto satelital con un arroyo de agua dulce.

El arroyo estaba pero el color blanco no resultó ser arena, eran troncos lavados y empujados hacia la costa por el viento y las olas. Igual, como la tarde acompañaba, desembarcamos después de un poco más de cuatro horas de remo. Armamos carpa sobre un mullido y húmedo mallín. Subimos los kayaks para evitar que los lleve la marea y cenamos opíparamente. El primer día cerraba con unos ricos fideos, ensalada de repollo cortada por Gerardo, vino tinto y risas.

Día 2

A la mañana siguiente, un poco más relajados y no tan temprano como habíamos previsto en las conversaciones teóricas, desarmamos campamento, armamos kayaks y partimos. Recién comenzábamos a remar y casi se acercaba el mediodía. La idea era cruzar el canal Baker, la parte más expuesta, con la corriente de la marea más fuerte a favor. Nos acompañó un día atípico, la bruma y nubes bajas de la mañana se convirtieron en una tarde calma, soleada y calurosa. Nuestra ‘visión de lince’ distinguió un enorme barco blanco a lo lejos que resultó ser el primer témpano, que salía del canal hacia mar abierto para morir.

A la tardecita, luego de unos 30 km arribamos a nuestra segunda playa de acampe, todavía con sol y calor. Estaba al lado de un río con una cascada bellísima. Esta sí era de arena y Gerardo se animó a un brevísimo baño en el mar.

La alegría del momento en el vaciado de las naves y armado del campamento nos llevó un poco más de tiempo que el día anterior. Tuvimos un breve tiempo de sol que nos permitió poner cosas a secar. Y luego de la picadita, Maca amasó unas pizzas gourmet. Disfrutando de la caída del sol y el comienzo del frío degustamos esas exquisiteces.

Día 3

Sin viento, confiados, contentos y con sol emprendimos la remada del tercer día con destino al campamento más cercano al glaciar. Nos encontramos con el primer tempanito cercano. Estuvimos largo rato haciendo fotos, como esos turistas que vienen a Bariloche y se fotografían con el primer manchón de nieve que ven. Seguimos y vimos toninas haciendo piruetas, más témpanos y un lobito de mar saltando cerca de nuestras embarcaciones y luego otros témpanos más grandes. Una parada técnica en playas por la zona de la isla Faro y ya apuntamos las proas al glaciar.

A eso de las cuatro de la tarde estábamos navegando entre un mar de témpanos a la entrada del fiordo. Nos quedamos mudos, atónitos, emocionados. Levantábamos la cabeza y la línea del mar se veía blanca, impenetrable. Más arriba las montañas majestuosamente blancas. Ni las imágenes, ni las palabras, ni los silencios podían describir la emoción de estar allí.

Nubes lenticulares sobre las montañas nevadas amenazaban con viento y comenzó una brisa. Cómo serán estos hielos flotantes con olas, nos preguntamos casi sin palabras. El cielo comenzó a nublarse. Ya habíamos ganado el margen donde suponíamos estaba la playa de acampe. El cielo oscureció más y la brisa tornó en viento en contra. Sabiendo que faltaba poco temíamos la tormenta inminente. Dando vuelta a la primera punta rocosa, comenzamos a divisar la ansiada playa.

Apurados, casi corriendo, desembarcamos y comenzamos a armar las carpas y un toldo para poder cocinar y cenar. Las carpas pronto quedaron listas pero el toldo tardó lo suyo. El viento barrió las nubes, se calmó y por suerte no llovió.

El atardecer se convirtió a un rojo intenso, entre las nubes decoraba el cielo y se reflejaba en el agua ahora calma de los témpanos. Abrazados y maravillados corríamos para testimoniarlo en las fotos. Encendimos un fogón en la amplia playa, ya estaba fresquito.

Untamos con mantequilla el pan amasado recién horneado y todos colaboramos para hacer la fondue, revuelta con una improvisada cuchara tallada en una maderita de la playa. El hielo milenario sirvió para enfriar un sabroso ron venezolano que nos deleitó.

Por la noche recibimos un pronóstico satelital con anuncio de muy mal tiempo para la vuelta. Vientos muy fuertes en contra. Acordamos quedarnos un día más en el glaciar y dedicarnos a recorrer para acercarnos más.

Intentaríamos el escape de la tormenta remontando el río Pascua, a unos 20 km de mar de donde estábamos. Teníamos poca información sobre la corriente y los lugares a donde arribar. Tomada la decisión descansamos tranquilos.

Día 4

Por la mañana estaba calmo y salimos hacia el glaciar, a unos 8 km de dónde teníamos el campamento. Navegamos entre témpanos cada vez más grandes y crujientes, con un paisaje cada vez más conmovedor.

Era nuestro cuarto día de remo, solos, en medio de una inmensidad de hielo, agua y montañas, pudimos ver la desembocadura del Jorge Montt y acercarnos todo lo que nos pareció seguro. Tuvimos nuestro tecito reconfortante, juntos en el agua, con vista al glaciar.

Muy cerca de la playa de acampe los hechos se precipitaron. Vimos una lancha rápida, que venía de Tortel con dos turistas que nos sacaban fotos. Primeros seres humanos en cuatro días. Increíblemente los pasajeros eran amigos de Bariloche. Este barco con dos motores fuera de borda venía a rescatar a unos geólogos que estaban acampando en otra zona antes del temporal. Era factible que cerraran el puerto con un pronóstico de 40 nudos de viento en los próximos días.

El capitán de la embarcación se ofreció consultar a los geólogos si le permitían llevarnos a nosotros también y zarpó.

Ya solos, analizamos las circunstancias, el temporal inminente, cómo iban a ser los 20 kilómetros de mar por el canal Baker hasta el río Pascua, no saber si se podía remontar. Tensionados en el análisis escuchamos en el handy la voz del capitán que nos avisaba que en 20 minutos nos pasaba a buscar.

Cómo un huracán y coordinadamente desarmamos el campamento. Y quedamos a la espera de la embarcación.

Con la habilidad de los tripulantes pudimos atar nuestros 4 kayaks entre los dos que ya llevaban y acomodar nuestras pertenencias. Así fue. Luego de tres horas de lancha volvimos a nuestro punto de partida de la expedición. Nos dejó un sabor amargo esta irrupción y final. Técnicamente la definimos como ‘expeditio interruptus’”.


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