Un sabio cínico entre nosotros

Más de cuatrocientos cipoleños desandaron caminos e historias junto al cantor surero, José Larralde. El cantor está de gira por la región.

Redacción

Por Redacción

NEUQUEN (AN).- No se trata de un show ni un recital. Mucho menos un concierto. La sala es un cálido fogón donde circulan historias, anécdotas, manifestaciones críticas por momento saludables. La síntesis de una guitarra y una voz inconfundible, abrazadas a la música surera impregnada de llanura. De pampa. Larralde está en el escenario, es el guitarrero, simplemente.

«Hagamos de cuenta que ustedes son los amigos y parientes, y me ha tocado a mí entretenerlos», soltó el cantor orillero, como le gusta que lo llamen. Filósofo de la vida rural y el hombre de campo, se identifica con Diógenes «El perro». Uno de los sabios cínicos más cautivantes, que con estilo irónico, transgresor, vivió en la más absoluta austeridad y criticó sin piedad las instituciones sociales. Por cierto, el artista se le parece.

Personaje chúcaro si los hay, José Larralde no es un hombre común. Cantor popular alejado voluntariamente del consumismo de la sociedad actual, se autodefine «retraído» del mercado discográfico. Una «mezcla entre la ETA y los Talibanes», en alusión a sus ancestros vascos y turcos, supo ser peón de campo, ferroviario y alambrador. Todo un cúmulo de experiencias y vivencias ligadas al mundo rural. Al del hombre común.

Escucharlo es trasladarse a Huanguelén, su ciudad natal en tierra bonaerense. También a sitios pampeanos o entrerrianos, pueblos yermos cargados de personajes anecdóticos e historias válidas de ser contadas. Traídas al fogón…

Y la borrachera de «El Tamayo», vieja milonga, se dibuja en el imaginario del público; gente fiel a su trabajo que, tras sus dichos, ríe sin ta

pujos.

Las canciones desfilaron durante casi dos horas y media. Recitado, música, silbidos, silencios. Notable, el rasguido de la guitarra. Parte de la fórmula que sostiene la presentación del guitarrero desde que se reveló públicamente en el Festival de Cosquín. Allá por 1967. Cuando su garganta -y cabeza- iniciaba su labor de factoría.

Repertorio que roza la denuncia, habla de la pobreza, el amor por lo telúrico y otros tópicos que integran la tesis del artista. Sus posturas personales ante la realidad, y un discurso que no excluye el sesgo machista en algunos de sus comentarios. Reacción sincera, típica de un hombre de campo que no cree en las esperanzas en sentido literal.

«En vez de esperanzas hay que tener proyectos», aseveró en el Centro Cultural de Cipolletti el jueves por la noche. En el debut de una gira por la región, antes de pisar General Roca, Regina, Neuquén, Zapala, la cordillera y Viedma.

Fueron momentos de crítica que soltaron en el público la noción de ¡tiene razón! y lo llenaron de satisfacción. Una guitarreada que atravesó la vida del campo, de los márgenes y sus sinsabores. Que cantó a los ángeles y mitos de la Patagonia. Que desandó los caminos del entrerriano Pancho Ramírez de la mano de una chamarrita. Y que, entre otras cosas, se preguntó: «¿Pa' qué guardar patacones si el saco tiene un aujero?…», un viejo tema alusivo a los tamayos argentinos, que «cada día son más», según dijo el cantor, seguido de aplausos.

Profeta de sus palabras. Admite que llegar a viejo sabiendo cómo se supo llegar es como vivir dos veces porque alcanza con recordar. Habla sobre esas cosas que pasan, el frío de la noche del peludero, el alegre canto de los pájaros tristes, la rebeldía del alma y la gente que, como él alguna vez lo hizo, vive del otro lado de las vías.

Un bis y el público lo aplaude de pie. Otro día patagónico sobre las chacras. Y un guitarrero que no dice «adiós», sino un simple «hasta la próxima vez». La pasó muy bien, dijo todo lo que tenía que decir y, pleno, continúo con su filosofía hacia otros pagos, en su mundo.

 

Florencia Lazzaletta


NEUQUEN (AN).- No se trata de un show ni un recital. Mucho menos un concierto. La sala es un cálido fogón donde circulan historias, anécdotas, manifestaciones críticas por momento saludables. La síntesis de una guitarra y una voz inconfundible, abrazadas a la música surera impregnada de llanura. De pampa. Larralde está en el escenario, es el guitarrero, simplemente.

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