Locura porteña

Redacción

Por Redacción

Para sorpresa de los muchos porteños que, con ingenuidad, esperaban haber dejado atrás los enfrentamientos a menudo granguiñolescos que fueron provocados por la versión original del Código de Convivencia Urbana que tantos problemas les supuso, la Sala V de la Cámara del Crimen de su ciudad acaba de fallar en favor de un travesti que había sido sentenciado por «exhibiciones obscenas» luego de haber caminado por la calle vestido sólo con bombacha y corpiño de diseño intencionadamente llamativo. Si bien aceptó que tal conducta podría considerarse una «contravención» o sea, una falta menor que debería desaconsejarse sin castigar de manera firme, la Cámara ha difundido un mensaje muy claro entre los integrantes de las «minorías sexuales», como suelen llamarse, de la Capital Federal, y en vista de su afición al parecer irresistible a proselitizar vigorosamente en favor de sus preferencias particulares es de prever que lo celebrarán con el fervor que siempre manifiestan en ocasiones como ésta, lo cual, obvio es decirlo, desatará la reacción airada de vecinos de actitudes acaso más «autoritarias», renovando así el conflicto entre los militantes del travestismo y el resto de la comunidad.

Para justificar su fallo, los camaristas porteños se explayaron en torno a temas tan espinosos como lo dinámico y variable que es el concepto de la obscenidad en la actualidad, llegando a la conclusión previsible de que por tratarse de uno que es difícilmente asible lo mejor sería abstenerse de emitir una opinión. La perplejidad de los jueces puede entenderse – la historia se ha encargado de informarnos que la obscenidad es de por sí relativa, de suerte que nunca habrá una definición permanente que rija para todos los lugares y épocas – pero esto no quiere decir que los responsables de interpretar la ley puedan lavarse las manos acerca del asunto, afirmando que mientras no se resuelvan los interrogantes planteados por la idea de obscenidad sería mejor no fijar límites. Bien que mal, en Buenos Aires, y ni hablar del resto del país, hay muchísimas personas a las cuales no les causa gracia alguna tener que convivir con travestis exhibicionistas resueltos a mostrar sus encantos cuestionables a todos sin darles ninguna posibilidad de negarse a contemplarlos. Asimismo, está empíricamente probado que, por los motivos que fueran, en los sitios en los que suelen congregarse los/las travestis propende a prosperar la prostitución, la cual a su vez atrae a delincuentes de diversos tipos, entre ellos ladrones, chantajistas, narcotraficantes y otros de la misma calaña. Por lo tanto, es comprensible que incluso los más libertarios, personas que se oponen sistemáticamente a cualquier forma de autoritarismo concebible, preferirían mantenerse bien lejos de travestis afectos a llevar sólo ropa interior. No es que desaprueben su «elección», claro que no, es que temen por su propia seguridad.

A pesar de sus con toda seguridad profundas lucubraciones filosóficas, semánticas y sociológicas, los camaristas porteños no parecen haberse preocupado por distinguir entre lo privado y lo público. En las sociedades modernas ya está consagrado el principio de que los adultos, siempre y cuando no intenten corromper a menores o causar daños físicos a terceros, deberían poder hacer en privado todo cuanto se les antoje, por aberrante que pueda considerarse, pero que en público les es forzoso respetar las costumbres vigentes, por reaccionarias y anticuadas que ellas parezcan. Se trata del respeto mutuo: la voluntad de los ciudadanos de ideas tradicionales de respetar la «identidad» de los travestis e integrantes de otras «minorías» ha de merecer la misma voluntad por parte de éstos de respetar los prejuicios mayoritarios.

Procurar ir más allá de esta regla sencilla, obligando al grueso de la ciudadanía a hacer gala de su amplitud de miras pasando por alto estilos de comportamiento que le motivan emociones sin duda desagradables, es una forma de prepotencia, actitud que está muy difundida en ciertos círculos y que es incompatible con los principios que los camaristas y quienes piensan como ellos creen estar reivindicando.


Para sorpresa de los muchos porteños que, con ingenuidad, esperaban haber dejado atrás los enfrentamientos a menudo granguiñolescos que fueron provocados por la versión original del Código de Convivencia Urbana que tantos problemas les supuso, la Sala V de la Cámara del Crimen de su ciudad acaba de fallar en favor de un travesti que había sido sentenciado por "exhibiciones obscenas" luego de haber caminado por la calle vestido sólo con bombacha y corpiño de diseño intencionadamente llamativo. Si bien aceptó que tal conducta podría considerarse una "contravención" o sea, una falta menor que debería desaconsejarse sin castigar de manera firme, la Cámara ha difundido un mensaje muy claro entre los integrantes de las "minorías sexuales", como suelen llamarse, de la Capital Federal, y en vista de su afición al parecer irresistible a proselitizar vigorosamente en favor de sus preferencias particulares es de prever que lo celebrarán con el fervor que siempre manifiestan en ocasiones como ésta, lo cual, obvio es decirlo, desatará la reacción airada de vecinos de actitudes acaso más "autoritarias", renovando así el conflicto entre los militantes del travestismo y el resto de la comunidad.

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