Identidades reales
No es humanitario forzar a una probable hija de desaparecidos a dar una muestra de sangre para que los familiares biológicos puedan "recuperarla".
Por tratarse de una nación que en buena medida fue conformada por los descendientes de inmigrantes europeos, la Argentina es en cierto modo un país de identidades recién «inventadas», es decir, de personas que han reemplazado lealtades ancestrales por otras sin las cuales hubiera resultado imposible construir una comunidad. Asimismo, no cabe duda alguna de que, lo mismo que en todos los demás países del mundo, muchos de sus habitantes no son los hijos biológicos de quienes creen son sus padres naturales. Pues bien: ¿sería mejor que todos fueran obligados tanto a recuperar su «identidad» nacional original, en el caso de que aún fuera posible hacerlo, como a saber con la certeza que ofrece la ciencia moderna si efectivamente son hijos de quienes suponen son sus padres biológicos? La verdad es que no, que a menudo el olvido, la «pérdida de identidad» que permitió que los descendientes de italianos, españoles, alemanes y otros se convirtieran en argentinos, más la falta de interés por confirmar que son auténticos los presuntos lazos de sangre, son no meramente deseables sino también muy positivos.
Así las cosas, puede entenderse la reacción de la joven María Natalia Alonso frente a la sospecha, con toda seguridad bien fundada, de que es hija de una «desaparecida». Aunque una corte le ordenó someterse a un estudio genético destinado a eliminar cualquier duda, rehusó hacerlo porque, como dijo, sólo quiere vivir en paz. Huelga decir que su actitud le mereció la desaprobación de sus presuntos familiares biológicos y otros que militan en las organizaciones que están tratando de encontrar a los descendientes de los secuestrados y asesinados por la dictadura militar, pero es por lo menos comprensible. Al fin y al cabo, abundan las personas que se negarían a permitir que otras, por los motivos que fueran, las obligaran a reconstruir una identidad acaso arbitraria pero no por eso menos respetable, sobre todo cuando los resueltos a «desenmascararlas» esgrimen argumentos políticos e ideológicos destinados a convencerlas de que los responsables de criarlas, con los cuales se sienten emotivamente cercanas, fueran unos canallas.
La tragedia provocada por la «metodología aberrante» empleada por el régimen militar en la guerra sucia contra el terrorismo izquierdista y montonero seguirá provocando traumas durante muchos años más y es el deber de los comprometidos con los valores civilizados hacer lo posible a fin de atenuarlos. Una forma de lograrlo consiste en respetar la voluntad de los individuos -todos los cuales ya son adultos- que sobrevivieron a aquel conflicto salvaje. Si bien es comprensible que los presuntos familiares biológicos de María Natalia quisieran concluir su búsqueda probando el origen de la joven para entonces intentar establecer una relación afectuosa, el que la otra parte se haya resistido a colaborar debería serles suficiente como para dejar las cosas como están, con la esperanza de que más tarde cambie de opinión. La alternativa preferida por las cortes, la de forzarla a dar una muestra de sangre para que, después de analizarla, sus familiares biológicos puedan procurar «recuperarla», dista de ser humanitaria. Por el contrario, sirve para confirmar que vicios como la intolerancia y el autoritarismo no son monopolio de la derecha castrense como a tantos les gustaría hacer pensar.
Hasta hace muy poco la virtual imposibilidad de determinar con precisión científica los vínculos biológicos entre las personas impidió que las investigaciones de este tipo avanzaran más allá de cierto punto. En la actualidad, empero, la disponibilidad de métodos adecuados está estimulando a diversos grupos, entre ellos los contrarios a permitir que europeos o norteamericanos adopten niños nacidos en América Latina y las asociaciones que agrupan a los familiares de los «desaparecidos», a continuar hasta las últimas consecuencias. A menudo, los resultados de sus esfuerzos son muy positivos, pero a veces pueden provocar muchos perjuicios destruyendo una «identidad» que, por lamentable que les parezca, era la de una persona que no tenía el más mínimo deseo de cambiarla por otra.
Por tratarse de una nación que en buena medida fue conformada por los descendientes de inmigrantes europeos, la Argentina es en cierto modo un país de identidades recién "inventadas", es decir, de personas que han reemplazado lealtades ancestrales por otras sin las cuales hubiera resultado imposible construir una comunidad. Asimismo, no cabe duda alguna de que, lo mismo que en todos los demás países del mundo, muchos de sus habitantes no son los hijos biológicos de quienes creen son sus padres naturales. Pues bien: ¿sería mejor que todos fueran obligados tanto a recuperar su "identidad" nacional original, en el caso de que aún fuera posible hacerlo, como a saber con la certeza que ofrece la ciencia moderna si efectivamente son hijos de quienes suponen son sus padres biológicos? La verdad es que no, que a menudo el olvido, la "pérdida de identidad" que permitió que los descendientes de italianos, españoles, alemanes y otros se convirtieran en argentinos, más la falta de interés por confirmar que son auténticos los presuntos lazos de sangre, son no meramente deseables sino también muy positivos.
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