Activismo excesivo
Ensañarse con el banquero Raúl Moneta por haber hecho declaraciones tan estúpidas podría resultar contraproducente.
En ocasiones, las organizaciones defensoras de los derechos de minorías determinadas tienen que preguntarse si les conviene reaccionar frente a ciertas manifestaciones de prejuicio. Aunque no cabe duda de que el ex banquero Raúl Moneta sí hacía gala de sus prejuicios antisemitas al afirmarse víctima de periodistas de «otras religiones» que, opinaba, lo atacaban por su condición de «católico practicante y ferviente», desde el punto de vista de la DAIA ensañarse con él por haber formulado declaraciones tan estúpidas en una entrevista televisiva podría resultar contraproducente al hacer pensar no sólo a otros ultramontanos igualmente «fervientes» sino también a muchos católicos «normales» que realmente es el blanco de una campaña persecutoria impulsada por motivos religiosos o políticos. Asimismo, que el abogado patrocinante de la querella legal que la DAIA ha iniciado contra Moneta sea el titular del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo, Eugenio Zaffaroni, un antimenemista conocido, no contribuirá en absoluto a eliminar la sospecha de que en el fondo se trata de una «campaña» destinada a desprestigiar todavía más, si tal faena fuera concebible, a un personaje que para muchos es una suerte de menemista emblemático. Dadas las circunstancias, hubiera sido mejor que la Iglesia Católica misma se encargara de poner a Moneta en su lugar y que de haberse decidido llevar el asunto a la Justicia los responsables de hacerlo no figuraran entre quienes tendrían sus motivos para querer ver humillado a un financista de trayectoria sinuosa que durante años fue calificado como el «banquero favorito de Carlos Menem».
Entre los mitos que sirven para alimentar el antisemitismo está el basado en el presupuesto de que «los judíos» conforman una comunidad muy bien organizada cuyos integrantes automáticamente cierran filas contra los demás, obedeciendo las órdenes de jefes de mentalidad maquiavélica con miras a apoderarse de los puestos clave. Pues bien, a esta altura parecería que los esfuerzos de Moneta por difundir este mito peligroso han sido bastante exitosos. Aunque ninguno de los tres periodistas a los que aludía se había comportado como miembro de una colectividad religiosa particular antes de que los atacara, desde aquel momento todos han «asumido» su origen judío para actuar en consecuencia, lo cual, para un antisemita obsesionado, confirmaría las tesis de quienes creen en las teorías conspirativas. Así, pues, gracias en buena medida a Moneta se ha trazado otra línea entre la «comunidad judía» y el resto de la sociedad.
Puede que el pequeño logro antisemita por parte del ex banquero metamorfoseado, para satisfacción de sus muchos enemigos, en paladín de la persecución religiosa, para no decir neonazismo, no resulte significante: al fin y al cabo, en los Estados Unidos y en parte de Europa el judaísmo es considerado una confesión más, de suerte que es común hablar de «las iglesias, sinagogas y mezquitas», dando a entender así que en una sociedad multiétnica moderna todos deberían convivir en armonía pluralista sin que ningún grupo específico sea considerado más importante que otros, de manera que verse considerado judío motiva a lo sumo cierta curiosidad. Sin embargo, no es muy probable que la Argentina haya llegado ya a esta etapa propia de países poscristianos, en el caso de los europeos, o firmemente comprometidos con el principio de la separación nítida de la religión y el Estado, en el de los Estados Unidos. Aquí, la confesión católica es mayoritaria y, si bien la reforma de la Constitución significaría que en adelante el presidente de la República podría ser de otra religión o de ninguna, tanto Menem como Fernando de la Rúa han estado entre los católicos más «fervientes» que hayan ocupado la Casa Rosada, de ahí su resistencia a permitir la modificación de leyes relacionadas con el aborto. Asimismo, aunque el extremismo católico es menos evidente que antes, podría resurgir en cualquier momento, lo cual no ayudaría del todo a los comprometidos con la tolerancia religiosa, causa que sería mejor servida por la indiferencia que es, con toda seguridad, el mejor antídoto a los sanguinarios fanatismos tradicionales.
En ocasiones, las organizaciones defensoras de los derechos de minorías determinadas tienen que preguntarse si les conviene reaccionar frente a ciertas manifestaciones de prejuicio. Aunque no cabe duda de que el ex banquero Raúl Moneta sí hacía gala de sus prejuicios antisemitas al afirmarse víctima de periodistas de "otras religiones" que, opinaba, lo atacaban por su condición de "católico practicante y ferviente", desde el punto de vista de la DAIA ensañarse con él por haber formulado declaraciones tan estúpidas en una entrevista televisiva podría resultar contraproducente al hacer pensar no sólo a otros ultramontanos igualmente "fervientes" sino también a muchos católicos "normales" que realmente es el blanco de una campaña persecutoria impulsada por motivos religiosos o políticos. Asimismo, que el abogado patrocinante de la querella legal que la DAIA ha iniciado contra Moneta sea el titular del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo, Eugenio Zaffaroni, un antimenemista conocido, no contribuirá en absoluto a eliminar la sospecha de que en el fondo se trata de una "campaña" destinada a desprestigiar todavía más, si tal faena fuera concebible, a un personaje que para muchos es una suerte de menemista emblemático. Dadas las circunstancias, hubiera sido mejor que la Iglesia Católica misma se encargara de poner a Moneta en su lugar y que de haberse decidido llevar el asunto a la Justicia los responsables de hacerlo no figuraran entre quienes tendrían sus motivos para querer ver humillado a un financista de trayectoria sinuosa que durante años fue calificado como el "banquero favorito de Carlos Menem".
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