Epinicio clintoniano

Para la mayoría de los dirigentes locales, el éxito económico de la gestión Clinton es difícil de digerir.

Redacción

Por Redacción

De todos los políticos vivientes, el presidente norteamericano Bill Clinton debe ser el más afortunado. No sólo ha conseguido sobrevivir a una serie de escándalos sexuales que hubieran hundido a cualquier candidato a la presidencia de los Estados Unidos. También ha visto coincidir su gestión con el período de expansión económica más prolongado de la historia de su país, lapso en el cual se ha fortalecido todavía más su hegemonía mundial. Por eso, era natural que su discurso de despedida ante el Partido Demócrata al entregar la antorcha a su candidato presidencial, el actual vicepresidente Al Gore, se haya asemejado a una arenga triunfalista pronunciada por un dictador totalitario, pero ocurre que a diferencia de los líderes autocráticos, al resumir los logros económicos anotados en el curso de su presidencia no tuvo que exagerar nada ni aludir a ninguna sorpresa desagradable que le impidiera tener el éxito previsto. Por supuesto, es posible que durante los meses finales de su gestión la economía norteamericana finalmente tropiece, pero aun así no faltarían los dispuestos a atribuirlo a la incertidumbre ocasionada por el alejamiento de un político que, conforme a las encuestas, no tendría dificultad alguna para ser reelegido en el caso de que la Constitución lo permitiera.

Como es lógico, Clinton negó que el crecimiento económico norteamericano, el cual se ha visto potenciado por una revolución tecnológica que parece destinada a continuar muchísimo tiempo más, incidiendo en la vida de todos los habitantes de la Tierra, fuera sólo una cuestión de buena suerte: según él, fue consecuencia de su propia sabiduría. Puesto que es habitual castigar a los presidentes cuando hay problemas aunque ellos no hayan sido los responsables de provocarlos, es legítimo que se atribuyan los méritos cuando todo va viento en popa. Sin embargo, en un país tan «liberal» como los Estados Unidos, la evolución de la economía depende en buena medida de factores ajenos a las decisiones de los dirigentes políticos, de modo que es probable que el aporte de Clinton haya tenido más que ver con su voluntad de dejar que el sistema siguiera funcionando sin trabas innecesarias que con cualquier medida determinada.

Para la mayoría abrumadora de los dirigentes locales, el éxito manifiesto de la economía de los Estados Unidos durante los casi ocho años de la gestión de Clinton ha sido un fenómeno difícil de digerir. Con la excepción casi solitaria de Carlos Menem, están comprometidos con principios y modalidades muy distintos de los que subyacen en el «modelo» norteamericano, el cual, a juicio de los pensadores radicales, es absurdamente arcaico y «neoconservador». En el contexto norteamericano, Clinton es un centrista; en el nuestro, sería considerado más «liberal», en el sentido latinoamericano de la palabra, que el presidente Fernando de la Rúa.

Algunos de los reparos de los políticos e intelectuales de nuestro país son razonables: a pesar de que Clinton se considere un «progresista», no cabe duda de que la sociedad estadounidense es más inequitativa que las europeas y que la brecha que separa a los ricos de los pobres se ha ensanchado a partir de comienzos de 1993. Sin embargo, también es evidente que las sociedades europeas propenden a acercarse cada vez más a las pautas propias de la superpotencia. De todos modos, por ahora los intentos de reproducir aquí el «modelo» creado por los Estados Unidos han servido para ampliar las diferencias ya existentes sin garantizar el dinamismo que a la larga contribuiría a reducirlas o, por lo menos, a hacer que resultaran menos dolorosas, pero en vista de las dimensiones de la máquina económica norteamericana y de su capacidad innovadora, parece inevitable que la Argentina se vea obligada a procurar imitarla. Si bien por muchos motivos las variantes europeas del «modelo» que supone son mucho más atractivas, ellas dependen en gran medida de la existencia de una administración pública incomparablemente más eficaz que la nuestra, razón por la cual todo esfuerzo por emprender un «rumbo» similar tendría resultados decepcionantes, cuando no perversos, de manera que es de prever que la influencia estadounidense seguirá aumentando.


De todos los políticos vivientes, el presidente norteamericano Bill Clinton debe ser el más afortunado. No sólo ha conseguido sobrevivir a una serie de escándalos sexuales que hubieran hundido a cualquier candidato a la presidencia de los Estados Unidos. También ha visto coincidir su gestión con el período de expansión económica más prolongado de la historia de su país, lapso en el cual se ha fortalecido todavía más su hegemonía mundial. Por eso, era natural que su discurso de despedida ante el Partido Demócrata al entregar la antorcha a su candidato presidencial, el actual vicepresidente Al Gore, se haya asemejado a una arenga triunfalista pronunciada por un dictador totalitario, pero ocurre que a diferencia de los líderes autocráticos, al resumir los logros económicos anotados en el curso de su presidencia no tuvo que exagerar nada ni aludir a ninguna sorpresa desagradable que le impidiera tener el éxito previsto. Por supuesto, es posible que durante los meses finales de su gestión la economía norteamericana finalmente tropiece, pero aun así no faltarían los dispuestos a atribuirlo a la incertidumbre ocasionada por el alejamiento de un político que, conforme a las encuestas, no tendría dificultad alguna para ser reelegido en el caso de que la Constitución lo permitiera.

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