Hermanos en armas
Nicolas Cage interpreta a un traficante de armas en este ácido thriller antibélico, que no ahorra trazos gruesos pero exhibe una riesgosa apuesta para tratar un tema polémico.
El suelo se encuentra regado con balas de diferente calibre. Sobre ellas está Yuri Orlov (Nicolas Cage), un traficante de armas cuya labor lo traslada desde EE.UU. hasta cualquier lugar del planeta en el que se este desarrollando un conflicto bélico. Como una carta de presentación, él mira a cámara en la primera escena y anuncia: «Hay más de 550 millones de armas en circulación en el mundo. O sea, un arma cada 12 personas en el planeta. La única pregunta es: ¿Cómo armamos a los otros 11?». Y éste es sólo el principio.
«El señor de la guerra» funciona como una autobiografía de Orlov, quien prácticamente permanece la totalidad del filme en pantalla, y relata su devenir desde el exilio de su familia ucraniana a la gran fábrica americana, en Little Odessa, hasta su escalada en el negocio armamentista. Desde la primera venta a un mafioso hasta su relación actual con las altas esferas del poder de diferentes países, sobre todo africanos (en los que la extrema pobreza contrasta con el poder bélico) y su tan amada Ucrania. Nada lo detiene y, obviamente, su moral dista bastante de ser la misma que la del resto. Porque, como él mismo asevera: «¿Cuántos vendedores de autos hablan de su trabajo? ¿O de cigarrillos? Sus productos matan más gente al año que los míos, al menos los míos tienen un seguro».
Su propia existencia se circunscribe al negocio y todo lo que desea lo compra, hasta el amor de la chica que adoraba en su adolescencia, ahora convertida en una modelo exitosa. Ava Fontaine (Bridget Moynahan) caerá rendida a sus pies, le dará un hijo y permanecerá a su lado hasta que los efectos de la doble vida de su marido pongan en peligro el palacio de mentiras en el que habitan. También será de la partida, Vitaly (Jared Leto), el hermano menor de Orlov, cuya juventud empapada de deseos y acosada por sus adicciones lo convertirá en socio, en un
principio, y en víctima, en el final, de una odisea en la que, hasta el ser humano más frío tendrá necesidad de reaccionar. Y ni siquiera el acoso del agente Valentine (Ethan Hawke) podrá batallar con los movimientos de un hombre cuya actividad es más vital para el gobierno americano que la del propio policía.
Mientras tanto, Yuri no dejará nunca de hablar de si mismo y de contarnos su vida, una decisión arriesgada del director Andrew Niccol, que, si bien goza de lógica en el contexto general, por momentos puede resultar agobiante para el espectador. Aunque es perfectamente comprensible para alguien como el traficante, capaz de vender lo que sea. En cierta forma, el realizador juega con la idea de que el personaje le está ofreciendo algo al público y, para que le compren, hará lo que sea. Lo mismo ocurre con la historia que, contada en formato de thriller y con un montaje excelente de Zach Staenberg, se toma li
cencias para exagerar situaciones, algunas casi inverosímiles, en su intento desbordado por establecer una posición pacifista. A pesar de eso, la ironía funciona aceitadamente y la cinta posee una gran valentía para enfrentar un tópico algo ríspido, poco abordado en el cine a nivel mundial y mucho menos en Hollywood, con una carga de denuncia explícita imposible de refutar. Los rubros técnicos apoyan la concepción original con profesionalismo, especialmente la fotografía de Amir Mokri y la música de Antonio Pinto. Pero es, sin lugar a dudas, Nicolas Cage quien se lleva todos los laureles (también es productor) entregando una criatura tan soberbia como aborrecible que lo aleja de sus últimos papeles como héroe de acción. A su lado, se desenvuelve un elenco sin fisuras en el que brillan Jared Leto como el hermano adicto e Ian Holm como un veterano competidor.
La anécdota no jugará con el cierre esperanzado al que nos tienen acostumbrados las producciones hollywoodenses y mucho menos con un mensaje moralista tranquilizador. Yuri está en una rueda que gira constantemente y bajarse no es una opción. Al fin y al cabo, como él dispara, a modo de defensa: «No es nuestra lucha». Y cuando la utópica paz arribe con su paloma blanca para arruinarle los negocios, siempre habrá alguien deseoso en otro lugar de recibir lo que ofrece. La historia comenzará otra vez sin importar demasiado sus consecuencias. (A.L.)
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