El peor resultado

Ya puede preverse que el próximo presidente de EE. UU. se verá obligado a hacer frente a una implacable hostilidad de la oposición.

Redacción

Por Redacción

Aunque todo hizo pensar que sería muy escasa la diferencia de votos entre el candidato demócrata Al Gore y su rival republicano, George W. Bush, nadie previó que el resultado de los comicios presidenciales estadounidenses terminaría dependiendo ya de los votos enviados por correo por floridanos en el exterior, ya de una serie de acciones legales emprendidas por el presunto perdedor y sus simpatizantes. Si sólo fuera cuestión de la demora exigida por la necesidad de computar los votos postales, la exigüidad de la ventaja del eventual triunfador carecería de importancia: conforme a las reglas, un solo sufragio sería suficiente. Tampoco plantearía problemas graves el que por primera vez desde el siglo XIX, Gore, el favorecido por el voto popular nacional, pareciera destinado a perder en el Colegio Electoral: de haberlo querido, los demócratas podrían haber cuestionado el sistema mucho antes, pero no lo hicieron por suponer que de producirse dicha «contradicción», ellos serían los beneficiados. Lo que sí está provocando muchísimo malestar, en cambio, es la convicción ya generalizada de que si Bush triunfa será gracias al fraude y a actos intimidatorios que impidieron a grupos de ciudadanos negros, los cuales casi siempre votan en favor de los demócratas, acercarse al cuarto oscuro. Para colmo, ocurre que el gobernador de Florida es su propio hermano.

Si bien el fraude es frecuente en las elecciones norteamericanas, pocos creen que haya incidido de forma decisiva en las contiendas presidenciales, razón por la cual tanto los dirigentes demócratas como los republicanos han preferido pasarlo por alto. En esta ocasión, empero, en que los dos candidatos con posibilidades de ganar, separados por apenas trescientos votos luego del primer recuento, las irregularidades denunciadas no pueden ser minimizadas como si sólo se tratara de manifestaciones folclóricas propias de épocas ya casi superadas. Dejar el asunto en manos de abogados o jueces locales sería antipático, pero también lo sería que el destino de la nación más poderosa del planeta fuera decidido por un puñado de operadores deshonestos.

En los EE. UU., la diferencia de votos no suele influir en la gestión posterior de los primeros mandatarios: como en el fútbol, deporte en que una victoria por penales lograda en el partido final será festejada con el mismo fervor que merecería un resultado mucho más impresionante, lo único que realmente importa es el triunfo. Sin embargo, desafortunadamente para los norteamericanos y también para muchos otros, ya puede preverse que el próximo presidente, trátese de Bush o, lo que parece ligeramente menos probable, de Gore, se vea obligado a hacer frente a la hostilidad implacable de una oposición convencida de que carece de todo derecho a estar en la Casa Blanca. Lo que es peor, el rencor así estimulado podría envenenar las relaciones políticas, económicas y laborales en el resto de la sociedad norteamericana, lo cual llevaría a situaciones conflictivas comparables con las causadas por la Guerra de Vietnam. Así las cosas, es comprensible que los enemigos de los Estados Unidos ya hayan comenzado a celebrar lo que para ellos ha sido un regalo del cielo totalmente inesperado, en la forma de lo que a su entender constituye evidencia contundente de que la democracia norteamericana es una farsa.

Preocupados por la caja de Pandora que se ha abierto, diversos dirigentes estadounidenses han estado planteando distintas salidas. Según algunos demócratas, a Gore le convendría reconocer el presunto triunfo de Bush porque para los Estados Unidos la alternativa serían años de enfrentamientos estériles acompañados, tal vez, por una repentina desmejora económica. Según otros, el eventual presidente debería formar un gobierno bipartidario a fin de asegurar «la unidad nacional». Por desgracia, ni estos arreglos ni ningún otro servirían para contestar lo que para casi todos es la pregunta fundamental: ¿quién fue el auténtico ganador de las elecciones del 7 de noviembre? Tal como están las cosas, no lo sabremos jamás: incluso si se celebraran nuevas elecciones en los distritos más disputados de Florida, no habría seguridad alguna de que los convocados no vayan a cambiar de parecer debido a lo mucho que ha sucedido a partir de la primera votación.


Aunque todo hizo pensar que sería muy escasa la diferencia de votos entre el candidato demócrata Al Gore y su rival republicano, George W. Bush, nadie previó que el resultado de los comicios presidenciales estadounidenses terminaría dependiendo ya de los votos enviados por correo por floridanos en el exterior, ya de una serie de acciones legales emprendidas por el presunto perdedor y sus simpatizantes. Si sólo fuera cuestión de la demora exigida por la necesidad de computar los votos postales, la exigüidad de la ventaja del eventual triunfador carecería de importancia: conforme a las reglas, un solo sufragio sería suficiente. Tampoco plantearía problemas graves el que por primera vez desde el siglo XIX, Gore, el favorecido por el voto popular nacional, pareciera destinado a perder en el Colegio Electoral: de haberlo querido, los demócratas podrían haber cuestionado el sistema mucho antes, pero no lo hicieron por suponer que de producirse dicha "contradicción", ellos serían los beneficiados. Lo que sí está provocando muchísimo malestar, en cambio, es la convicción ya generalizada de que si Bush triunfa será gracias al fraude y a actos intimidatorios que impidieron a grupos de ciudadanos negros, los cuales casi siempre votan en favor de los demócratas, acercarse al cuarto oscuro. Para colmo, ocurre que el gobernador de Florida es su propio hermano.

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