Respaldo blindado
Si por motivos netamente políticos De la R��a no cumpliera su parte del acuerdo, el "blindaje" conseguido comenzará a agrietarse.
La voluntad de una lista de países encabezados por los Estados Unidos de respaldar, si bien por ahora con palabras, no con dinero contante y sonante, el llamado «blindaje» financiero que está tratando de construir el Ministerio de Economía con el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo y otras entidades del mismo tipo a fin de defendernos contra la furia de «los mercados», puede atribuirse a la conciencia de que hoy en día los inversores suelen sobrerreaccionar, colmando de dinero a un país un día para replegarse en pánico el siguiente, y que lo que a primera vista se parece a un pequeño desastre local podría tener repercusiones negativas en todo el planeta. Así las cosas, los países más ricos tienen motivos de sobra para intervenir a fin de impedir que los problemas políticos argentinos terminen poniendo en marcha un proceso similar al desatado por la devaluación imprevista de la moneda tailandesa, el cual, para asombro de muchos, sirvió para demostrar que el sistema financiero mundial puede verse gravemente afectado por la ruptura del eslabón más débil. En la actualidad, la Argentina disfruta del privilegio dudoso de ser considerada el país más vulnerable de todos, de ahí la decisión tanto de estadounidenses como de italianos y españoles de ayudarla en un momento muy difícil. Pero, claro está, se trata de una oportunidad, no de una solución permanente, y a menos que la clase política la aproveche, las instituciones y los países que están aportando al «blindaje» tendrán que pensar en otra forma de impedir que la crisis argentina cause estragos en el resto del mundo.
Por desgracia, en este ámbito los antecedentes de buena parte de la clase política nacional no motivan demasiado optimismo. Aunque últimamente ningún partido ha especulado en torno de las hipotéticas ventajas que le supondría la capacidad para amenazar con desencadenar una gran crisis financiera -tema éste que gozó de cierta popularidad durante el primer tramo de la gestión de Raúl Alfonsín-, no sorprendería que las posibilidades que en teoría brindaría esta forma un tanto extraña de chantaje comenzaran a los fascinados por esquemas «geopolíticos» grandiosos. Es de esperar que los así inclinados sepan resistirse a la tentación de afirmar que puesto que no es del interés de los países ricos permitir que la Argentina caiga en default o que se vea «obligada» a devaluar, convendría seguir demorando las reformas «de la segunda generación». Pero aun cuando ningún dirigente importante, ni siquiera Alfonsín o Eduardo Duhalde, intente resucitar este viejo planteo, no cabe duda de que la existencia misma de una garantía internacional «blindada» servirá para que muchos políticos lleguen a la conclusión de que la emergencia no es tan tremenda como habían supuesto.
Desde el punto de vista de los funcionarios del FMI, de los Estados Unidos y de los países de la Unión Europea, el dilema planteado por países como la Argentina no tiene una solución evidente. Entienden muy bien que los mercados pueden actuar de manera irracional, castigando con violencia devastadora a países que han hecho los deberes y pasando por alto los pecados mayores de otros. Por ser tan colosales los montos en juego, un movimiento relativamente menor de capitales puede significar la ruina de una economía pequeña que de otro modo continuaría prosperando. Sin embargo, los líderes de las naciones más solventes también son conscientes de que la voluntad de ir al rescate de países en dificultades a menudo da a sus dirigentes un buen pretexto para seguir negándose a instrumentar los cambios necesarios para alcanzar la estabilidad. Por cierto, no es del interés del resto del mundo ni de la Argentina misma que los gobernantes sigan resistiéndose a reducir el déficit fiscal, a eliminar una multitud de trabas burocráticas y a redactar leyes laborales un tanto más flexibles que las existentes, razón por la cual es de prever que, de difundirse la impresión de que por motivos netamente políticos el presidente Fernando de la Rúa no logrará cumplir su parte del acuerdo, el «blindaje» que su gobierno se ha conseguido comenzará a agrietarse, lo cual nos devolvería una vez más al borde del abismo por el cual hace muy poco el país pareció estar a punto de precipitarse.
La voluntad de una lista de países encabezados por los Estados Unidos de respaldar, si bien por ahora con palabras, no con dinero contante y sonante, el llamado "blindaje" financiero que está tratando de construir el Ministerio de Economía con el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo y otras entidades del mismo tipo a fin de defendernos contra la furia de "los mercados", puede atribuirse a la conciencia de que hoy en día los inversores suelen sobrerreaccionar, colmando de dinero a un país un día para replegarse en pánico el siguiente, y que lo que a primera vista se parece a un pequeño desastre local podría tener repercusiones negativas en todo el planeta. Así las cosas, los países más ricos tienen motivos de sobra para intervenir a fin de impedir que los problemas políticos argentinos terminen poniendo en marcha un proceso similar al desatado por la devaluación imprevista de la moneda tailandesa, el cual, para asombro de muchos, sirvió para demostrar que el sistema financiero mundial puede verse gravemente afectado por la ruptura del eslabón más débil. En la actualidad, la Argentina disfruta del privilegio dudoso de ser considerada el país más vulnerable de todos, de ahí la decisión tanto de estadounidenses como de italianos y españoles de ayudarla en un momento muy difícil. Pero, claro está, se trata de una oportunidad, no de una solución permanente, y a menos que la clase política la aproveche, las instituciones y los países que están aportando al "blindaje" tendrán que pensar en otra forma de impedir que la crisis argentina cause estragos en el resto del mundo.
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