Un ejemplo pésimo
Desde ahora, cuando de elecciones se trate, no les será fácil a los norteamericanos cumplir un papel docente.
Aún no se sabe quién ha ganado las elecciones norteamericanas, pero ya es evidente que la democracia ha perdido. Puede que en los Estados Unidos mismos los costos en tal sentido de la lucha poselectoral entre el vicepresidente Al Gore y el gobernador de Texas George Bush no sean excesivos por tratarse de una nación de cultura profundamente democrática, pero en muchas otras partes del mundo, en las que las elecciones libres siguen siendo una novedad recién introducida, serán con toda seguridad muy grandes. Después de todo, en los países antes dominados por Moscú y en Africa, América Latina y Asia, la democracia estadounidense ha sido considerada un modelo que a los demás les convendría intentar imitar, porque en opinión de muchos constituye un factor que ha contribuido notablemente al poder y a la prosperidad de la superpotencia. Pero luego del espectáculo nada edificante brindado por los políticos y funcionarios de Florida, es poco probable que muchos sigan pensando así.
Según parece, ambos candidatos más sus respectivos equipos dan por descontado que de no haber sido por la confusión ocasionada por boletas extrañas y, quizás, por maniobras destinadas a impedir que votaran algunos ciudadanos negros, Gore hubiera triunfado en Florida por un escaso margen. Por cierto, de otro modo serían inexplicables los esfuerzos realmente extraordinarios del entorno de Bush por frenar cuanto antes el conteo manual de los votos en ciertos distritos clave, empresa en la cual han disfrutado del apoyo entusiasta de funcionarios que, por casualidad, han resultado ser partidarios activos del republicano. Asimismo, los recuentos que ya se han realizado han servido para reducir de forma llamativa la ventaja inicialmente atribuida a Bush, de suerte que es lógico suponer que si continuaran sin interferencia, el resultado final favorecería al candidato del Partido Demócrata.
En otras palabras, es razonable creer que los republicanos no quieren que sea revelada la verdad sobre los votos de los cuales depende la elección del próximo presidente del país más poderoso de la Tierra y que están dispuestos a recurrir a cualquier expediente jurídico que a su entender serviría para mantenerla oculta. Igualmente negativa ha sido la actitud de los muchos, tanto demócratas como republicanos, que han estado afirmando que Gore debería aceptar su presunta derrota porque de lo contrario podría producirse una crisis constitucional prolongada que incidiría en «los mercados». Ocurre que en muchísimos países de tradiciones democráticas más precarias que las estadounidenses, abundan los políticos, por lo común oficialistas, que también están acostumbrados a afirmarse convencidos de que por razones prácticas siempre es «necesario» anteponer la estabilidad del sistema a la honestidad y que por lo tanto es antipatriótico protestar contra el fraude electoral. No hay que decir que quienes piensan de este modo se habrán sentido gratificados al enterarse de que muchos norteamericanos eminentes, entre ellos moderados notorios, comparten plenamente su punto de vista.
Desde 1989, el año de la defunción de la amenaza comunista, los líderes de los Estados Unidos están tratando de convencer a los dirigentes de países menos desarrollados de la importancia de celebrar elecciones libres y limpias, y de respetar sin chistar la voluntad del electorado. De haberse producido el año pasado en Paraguay, digamos, un embrollo similar a aquel que sigue su curso en Florida, el embajador estadounidense en Asunción hubiera intentado instruir a los protagonistas sobre lo imprescindible que es permitir que el escrutinio sea controlado por funcionarios imparciales, no por políticos comprometidos con uno de los candidatos. A partir de ahora, empero, cuando de elecciones se trate, no les será tan fácil a los norteamericanos cumplir un papel docente, lo cual supone que en muchos países los habituados al fraude no tendrán demasiados motivos para preocuparse por la opinión extranjera. Al fin y al cabo, no les costaría mucho probar que los comicios locales han sido por lo menos tan prolijos como los celebrados el 7 de noviembre en Florida y que, por verosímiles que sean las denuncias de fraude, convendría pasarlas por alto por razones idénticas a las formuladas por respetabilísimos estadistas norteamericanos.
Aún no se sabe quién ha ganado las elecciones norteamericanas, pero ya es evidente que la democracia ha perdido. Puede que en los Estados Unidos mismos los costos en tal sentido de la lucha poselectoral entre el vicepresidente Al Gore y el gobernador de Texas George Bush no sean excesivos por tratarse de una nación de cultura profundamente democrática, pero en muchas otras partes del mundo, en las que las elecciones libres siguen siendo una novedad recién introducida, serán con toda seguridad muy grandes. Después de todo, en los países antes dominados por Moscú y en Africa, América Latina y Asia, la democracia estadounidense ha sido considerada un modelo que a los demás les convendría intentar imitar, porque en opinión de muchos constituye un factor que ha contribuido notablemente al poder y a la prosperidad de la superpotencia. Pero luego del espectáculo nada edificante brindado por los políticos y funcionarios de Florida, es poco probable que muchos sigan pensando así.
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