Blindaje agujereado
El país seguirá perdiendo terreno, a menos que De la Rúa emprenda reformas más ambiciosas.
Aun antes de que los países e instituciones dispuestos a aportar al “blindaje” financiero comenzaran a comprometerse con el paquete de ayuda así denominado, tanto el gobierno como la oposición se habían puesto a hablar de la mejor forma de aprovechar los más de 20.000 millones de dólares que estarían en juego, actitud que, claro está, asustó a los muchos “ortodoxos” que atribuyen los problemas del país a su costumbre al parecer incorregible de tratar de vivir por encima de sus ingresos. En vista de la trayectoria de la Argentina, sus reparos pueden justificarse, pero a pesar de sus quejas todo hace pensar que ha triunfado la tesis de quienes creen que sólo se trata de un gran préstamo que servirá para que la Argentina finalmente se despierte de la modorra en la que cayó después de ser golpeada por el “efecto tequila”. En principio, tal actitud parece razonable, y es fácil reivindicarla aludiendo a la necesidad de estimular la producción y a lo insensato que sería seguir sometiendo una economía ya esquelética a una dieta de hambre. Asimismo, de iniciarse un período de crecimiento vigoroso, se atenuarían los problemas fiscales que tanto obsesionan al gobierno y también la sensación de fracaso irremediable que se ha apoderado de buena parte del país, lo cual -insisten los optimistas- sería más que suficiente como para poner en marcha un ciclo virtuoso signado por el crecimiento y, ¿quién sabe?, por más justicia social. Sin embargo, ocurre que la misma lógica ha estado en la raíz de una serie prolongada de frustraciones y no hay motivos para creer que en esta ocasión el desenlace será distinto.
Desde hace un par de meses, el gobierno ha estado usando la idea del “blindaje” para presionar a la oposición peronista y a los disidentes en sus propias filas advirtiéndoles que, a menos que convalidaran los ajustes más recientes, el país podría precipitarse por un abismo sin que nadie levantara un dedo para ayudarlo. Pero en su esfuerzo por socavar la voluntad de sus contrincantes de luchar contra el planteo oficial, el gobierno ya no hace hincapié como antes en sus preferencias fiscalistas; por el contrario, da a entender que, siempre y cuando se confirme definitivamente el “blindaje”, en adelante su estrategia será mucho menos restrictiva. Así, pues, es de prever que a ojos de muchos aliancistas y de casi todos los opositores declarados, los créditos que conforman el “blindaje” pronto se transformarán en otra fuente de recursos para pagar los gastos corrientes, dejando a su juicio de constituir el fondo de defensa contra las eventuales corridas financieras que pondrían en riesgo la Convertibilidad provocadas por la incertidumbre en cuanto a la capacidad del país para honrar sus obligaciones que se han propuesto sus artífices.
Mal que nos pese, parece evidente que el país continuará perdiendo terreno en comparación con los más avanzados, a menos que sus gobernantes emprendan reformas decididamente más ambiciosas que las propuestas por el presidente Fernando de la Rúa y sus colaboradores. También lo es que la clase política hará cuanto pueda por desbaratarlas mientras no se produzca una crisis caótica que la obligue a modificar su conducta. Antes de que empezara a consolidarse el “blindaje” financiero, parecía que el país se acercaba rápidamente a una suerte de megacrisis, pero últimamente los temores en tal sentido se han reducido. Que ello haya sucedido puede considerarse motivo de alivio -después de todo, no hay garantía alguna de que la dirigencia política reaccionaría frente a una grave crisis socioeconómica impulsando cambios positivos-, pero aun así el que el resto del mundo haya decidido organizar una operación de rescate significa que los políticos podrán postergar una vez más las reformas que tantos creen urgentes. Puede que para los países ricos tal detalle carezca de importancia porque, al fin y al cabo, desde su punto de vista el “blindaje” servirá para impedir que se produzca un colapso argentino que tendría secuelas sumamente negativas en América Latina primero y después, sería de temer, en todos los mercados del planeta. Para nosotros, en cambio, sí es importante porque lo que está en juego no es meramente la estabilidad de las finanzas internacionales sino también el futuro del país.
Aun antes de que los países e instituciones dispuestos a aportar al “blindaje” financiero comenzaran a comprometerse con el paquete de ayuda así denominado, tanto el gobierno como la oposición se habían puesto a hablar de la mejor forma de aprovechar los más de 20.000 millones de dólares que estarían en juego, actitud que, claro está, asustó a los muchos “ortodoxos” que atribuyen los problemas del país a su costumbre al parecer incorregible de tratar de vivir por encima de sus ingresos. En vista de la trayectoria de la Argentina, sus reparos pueden justificarse, pero a pesar de sus quejas todo hace pensar que ha triunfado la tesis de quienes creen que sólo se trata de un gran préstamo que servirá para que la Argentina finalmente se despierte de la modorra en la que cayó después de ser golpeada por el “efecto tequila”. En principio, tal actitud parece razonable, y es fácil reivindicarla aludiendo a la necesidad de estimular la producción y a lo insensato que sería seguir sometiendo una economía ya esquelética a una dieta de hambre. Asimismo, de iniciarse un período de crecimiento vigoroso, se atenuarían los problemas fiscales que tanto obsesionan al gobierno y también la sensación de fracaso irremediable que se ha apoderado de buena parte del país, lo cual -insisten los optimistas- sería más que suficiente como para poner en marcha un ciclo virtuoso signado por el crecimiento y, ¿quién sabe?, por más justicia social. Sin embargo, ocurre que la misma lógica ha estado en la raíz de una serie prolongada de frustraciones y no hay motivos para creer que en esta ocasión el desenlace será distinto.
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