Cosa nuestra

Con el nepotismo, amiguismo y ‘ñoquis’ en Río Negro y otras provincias, puede entenderse lo extraordinariamente difícil que es reducir el gasto público.

Redacción

Por Redacción

La democracia o, cuando menos, la costumbre de celebrar elecciones libres a intervalos regulares ya parece haberse consolidado en nuestro país, pero, por desgracia, se trata de una versión bastante enclenque del único sistema político que merece ser tomado en cuenta. Ya que los enemigos externos – por llamarlos así -, de la democracia han sido derrotados, ha llegado el momento de enfrentarse con los internos, pero puesto que éstos no son tan visibles como los militares o guerrilleros, identificarlos no siempre es fácil. Se trata de aquellos individuos, y son muchos, que creen que democracia y política son sinónimos y que aprovechan su militancia para perseguir fines meramente personales. Algunos son corruptos según cualquier definición de la palabra: roban. Por fortuna, sólo se trata de una minoría criminal a la cual nadie pensaría reivindicar. Sin embargo, hay otros que sin exactamente “enriquecerse ilícitamente” se han habituado a repartir puestos en el Estado entre sus parientes, amigos y colaboradores personales para que los contribuyentes terminen financiando sus actividades políticas. Estos no se consideran corruptos y se sentirían asombrados si alguien cuestionara su compromiso con la democracia, pero, lo entiendan o no, están entre los responsables de los problemas del país.

Demás está decir que abundan en Río Negro. Hace algunos días, publicamos una lista forzosamente abreviada de los muchos punteros, “dirigentes” partidarios y, claro está, cónyuges, hermanos, hijos y así por el estilo que deben su puesto de trabajo y por lo tanto su ingreso a su relación personal con políticos influyentes. Como quiera que se trata de una tradición ya antigua, hay “capas geológicas” de funcionarios así seleccionados. Es de suponer que algunos cumplen sus deberes con asiduidad encomiable, pero aunque todos se destacaran por su talento, capacidad, vigor y sentido de servicio, su aporte colectivo no sería suficiente como para justificar el sistema del cual forman parte. Este sistema es estructuralmente perverso por basarse en lazos personales. ¿Puede un padre “traicionar” a un hijo o un marido a su señora esposa cuando cometen un error significante? Desde luego que no. Asimismo, cuando es necesario tomar en cuenta los intereses del partido, es natural que los funcionarios apliquen criterios ajenos a los supuestos por el bien público.

Río Negro no es peor en este sentido que las demás provincias. En comparación con algunas del Noroeste es un dechado de objetividad meritocrática. Puede entenderse, pues, lo extraordinariamente difícil que es para el gobierno nacional – el mismo viciado por el nepotismo, el amiguismo y la plaga supuesta por los ñoquis – reducir el gasto público a dimensiones más manejables. Si bien todo “dirigente” que se precie protesta contra los recortes planteados afirmando que perjudicarían a los pobres, la verdad es que la indignación que exteriorizan se debe a que entre “las víctimas del ajuste” estarían sus propios parientes y amigos, de suerte que los intentos de racionalizar el gasto público incidirían, aunque fuera de manera indirecta, en su propio nivel de vida y en su propio poder político.

Además de propender a transformar el Estado, trátese del nacional, provincial o municipal, en una extensa malla de clanes familiares que, como es lógico, se guían conforme a las normas apropiadas para esta clase de organismo social, esta cultura política es injusta por antonomasia porque discrimina sistemáticamente contra todos aquellos que carecen de la suerte de tener parientes influyentes o no quieren ser mercenarios de la política. El resultado es conocido: el Estado argentino no sirve para nada, ni siquiera puede recaudar impuestos, sin duda porque hacerlo vulneraría intereses políticos importantes; no está en condiciones de manejar programas sociales eficientes, los cuales privarían a los caciques partidarios de sus instrumentos favoritos; no sabe administrar justicia, porque la Justicia politizada no puede ser más que una parodia. Mal que les pese a quienes creen encarnar la democracia, la ciudadanía ha tomado conciencia de los abusos que se cometen en su nombre y protestará con énfasis cada vez mayor hasta que la “clase política” finalmente se resigne a representar a toda la comunidad.


La democracia o, cuando menos, la costumbre de celebrar elecciones libres a intervalos regulares ya parece haberse consolidado en nuestro país, pero, por desgracia, se trata de una versión bastante enclenque del único sistema político que merece ser tomado en cuenta. Ya que los enemigos externos - por llamarlos así -, de la democracia han sido derrotados, ha llegado el momento de enfrentarse con los internos, pero puesto que éstos no son tan visibles como los militares o guerrilleros, identificarlos no siempre es fácil. Se trata de aquellos individuos, y son muchos, que creen que democracia y política son sinónimos y que aprovechan su militancia para perseguir fines meramente personales. Algunos son corruptos según cualquier definición de la palabra: roban. Por fortuna, sólo se trata de una minoría criminal a la cual nadie pensaría reivindicar. Sin embargo, hay otros que sin exactamente “enriquecerse ilícitamente” se han habituado a repartir puestos en el Estado entre sus parientes, amigos y colaboradores personales para que los contribuyentes terminen financiando sus actividades políticas. Estos no se consideran corruptos y se sentirían asombrados si alguien cuestionara su compromiso con la democracia, pero, lo entiendan o no, están entre los responsables de los problemas del país.

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