Relaciones “intensas”

Para decepción de muchos militantes, en el fondo la política exterior de la Alianza es muy similar a la puesta en marcha por Menem. A EE. UU. no hay otra opción que aceptarlo.

Redacción

Por Redacción

El que el presidente electo de los Estados Unidos, George W. Bush, haya enviado al presidente Fernando de la Rúa una misiva muy amable, en la cual, además de agradecerle el mensaje de felicitaciones que le fue mandado no bien se confirmó su triunfo en las elecciones de noviembre, manifiesta su deseo de que la relación de su país con la Argentina siga “creciendo”, no significa mucho. Después de todo, en ocasiones como éstas cualquier síntoma de frialdad o incluso una alusión a eventuales diferencias de enfoque serían suficientes como para desatar una pequeña crisis. Lo que sí puede considerarse importante, en cambio, es la reacción, según algunos “eufórica”, de la cúpula aliancista por haber recibido un mensaje a su entender excepcionalmente cordial. Aunque antes de iniciar su gestión De la Rúa brindaba la impresión de querer profundizar la relación con la Unión Europea en desmedro de los vínculos con los Estados Unidos, ya habrá comprendido que por ahora cuando menos Bruselas no constituye una alternativa a Washington.

De todos modos, mientras que en otros tiempos un gobierno radical hubiera intentado mantenerse distante por razones “principistas” de un futuro mandatario republicano como Bush, el encabezado por De la Rúa da por descontado que no le serviría para nada sermonear al próximo líder estadounidense sobre la malignidad de sus políticas económicas o de sus presuntas proclividades imperialistas. Hace quince años, el presidente Raúl Alfonsín se dio el lujo de intentar instruir a su homólogo Ronald Reagan acerca de tales temas, asegurando de esta manera que la relación entre su gobierno y Washington se vería plagada de malentendidos que no nos beneficiarían: mientras que, con Margaret Thatcher, el presidente norteamericano lideraba la “revolución neoliberal” que estaba transformando la economía del planeta y destruiría la Unión Soviética, la corriente representada por su colega argentino estaba por desatar una catástrofe hiperinflacionaria.

Aunque como persona De la Rúa no tiene mucho en común con Bush, en términos ideológicos está aún más lejos de Alfonsín. Además, sabe muy bien que nos guste o no el “rumbo” que ha tomado el mundo gracias en buena medida al dinamismo extraordinario de los Estados Unidos a partir de la gestión de Reagan, no nos queda más opción que la de aceptarlo, porque cualquier intento de rebelarse, oponiéndonos sistemáticamente a las iniciativas norteamericanas o negándonos a ordenar las finanzas nacionales por motivos “éticos”, resultaría contraproducente. Puede que por razones de imagen el gobierno de De la Rúa trate a veces de diferenciarse de la superpotencia, pero sorprendería que, como el alfonsinista, procurara erigirse en un polo opositor.

Para decepción de muchos militantes, en el fondo la política exterior de la Alianza es muy similar a la puesta en marcha por Carlos Menem cuando rompió drásticamente con la tradición antinorteamericana tanto del país como del movimiento peronista, cambio que subrayó “sobreactuando” el papel del aliado más fiel de Washington. Si bien a juicio de muchos políticos la estrategia así emprendida fue indigna, además de inútil, no cabe duda de que ha resultado ventajosa. Por cierto, parece indiscutible que de haber conservado la Argentina su fama de ser un país propenso a hacer gala de su desprecio por el liderazgo internacional norteamericano y reacio por principio a respetar las reglas propias del orden capitalista, la inquietud generada por su imprevisibilidad hubiera tenido consecuencias económicas nada agradables.

Entre otras cosas, Menem se las arregló para convertirse en “amigo” del presidente George Bush, el padre del hombre que el 20 de este mes reemplazará a Bill Clinton, y por lo tanto disfruta de una buena relación personal con el próximo mandatario estadounidense. Por fortuna, De la Rúa y sus colaboradores han reaccionado insistiendo en que la “amistad” de su archienemigo con los Bush no será óbice para que sea excelente la relación de la Argentina con el país que es por un amplio margen el más poderoso, rico e influyente del mundo. Claro, no será una cuestión de relaciones “carnales”. Conforme al canciller Adalberto Rodríguez Giavarini, las relaciones “van a ser más intensas”, es decir, aún más amistosas que antes y, es de suponer, aún más íntimas.


El que el presidente electo de los Estados Unidos, George W. Bush, haya enviado al presidente Fernando de la Rúa una misiva muy amable, en la cual, además de agradecerle el mensaje de felicitaciones que le fue mandado no bien se confirmó su triunfo en las elecciones de noviembre, manifiesta su deseo de que la relación de su país con la Argentina siga “creciendo”, no significa mucho. Después de todo, en ocasiones como éstas cualquier síntoma de frialdad o incluso una alusión a eventuales diferencias de enfoque serían suficientes como para desatar una pequeña crisis. Lo que sí puede considerarse importante, en cambio, es la reacción, según algunos “eufórica”, de la cúpula aliancista por haber recibido un mensaje a su entender excepcionalmente cordial. Aunque antes de iniciar su gestión De la Rúa brindaba la impresión de querer profundizar la relación con la Unión Europea en desmedro de los vínculos con los Estados Unidos, ya habrá comprendido que por ahora cuando menos Bruselas no constituye una alternativa a Washington.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora