Una dieta política
Si Ruckauf está convencido de la disolución de los senados provinciales, quiere decir que el corporativismo político es más débil de lo que muchos suponen
Para disgusto de sus congéneres, el gobernador bonaerense Carlos Ruckauf ha propuesto eliminar todos los senados provinciales, lo cual, como afirma, contribuiría a reducir los costos a todas luces delirantes de la política. No es que el precandidato presidencial quisiera diezmar a la clase política nacional, privando a sus miembros de oportunidades para prosperar -hasta ahora por lo menos, ha hecho gala de su voluntad de mantener abiertas todas las “cajas” políticas existentes-, es que entiende muy bien que la ciudadanía en su conjunto finalmente se ha dado cuenta de que los “dirigentes” se las han arreglado para crear una cantidad absurdamente excesiva de puestos electivos que les permiten vivir muy bien y, lo que es peor, que los han aprovechado para repartir privilegios entre sus familiares y amigos. Hasta hace poco, la ciudadanía, consciente de que en el pasado las protestas contra la rapacidad de los “políticos civiles” habían servido para justificar golpes militares, ha sido reacia a quejarse de la corrupción en gran escala que siempre ha sido una característica llamativa del orden político local, pero por fortuna el clima se ha modificado últimamente a raíz de la exasperante crisis económica. Al parecer convencido de que el movimiento en favor de reformas políticas drásticas cobrará cada vez más fuerza en los próximos años porque ya es imposible frenarlo, Ruckauf cree que le convendría más estar entre sus líderes.
Se trata de una señal muy positiva: si un personaje tan pragmático como el gobernador bonaerense está convencido de que el cambio es inevitable, esto quiere decir que el corporativismo político es más débil de lo que muchos suponen. De más está decir que dista de ser el único que ha llegado a la conclusión que la eliminación de organismos legislativos superfluos resultaría beneficiosa. Comparte esta opinión el ex vicepresidente Carlos “Chacho” Alvarez. Asimismo, otros, más ambiciosos, están proponiendo la regionalización, o sea, la fusión de varios parlamentos provinciales en uno para que no haya más de cinco o seis entidades legislativas en todo el país. Si tomamos en cuenta la experiencia de países federales extranjeros como Estados Unidos y Alemania en los que las jurisdicciones regionales son por lo común mayores en cuanto al número de habitantes que la mayoría de las argentinas pero que, su opulencia no obstante, se sienten constreñidas a invertir muchísimo menos en “política”, una reforma de esta clase sería no meramente lógica sino imprescindible.
Como es natural, los comprometidos con el statu quo hacen hincapié en la identidad histórica de las provincias nacionales, pero en una etapa en la que abundan los que parecen creer que el país mismo corre peligro de resultar inviable debido a sus problemas estructurales, los remedios propuestos tienen que corresponder a la magnitud de la crisis. Además, el hecho de que a comienzos del siglo XXI el ingreso per cápita de algunas provincias se asemeja al habitual en zonas pobres de Africa es evidencia suficiente de que el esquema actual ha fracasado por completo. En cuanto a los costos institucionales de los municipios, en comparación con sus equivalentes de otras partes del mundo, éstos suelen ser aberrantes: en muchos países desarrollados los ediles no reciben sueldo alguno, mientras que aquí miles perciben dietas llamativamente generosas que pocos podrían ganar en el sector privado.
Los políticos tradicionales siempre han defendido su propio bienestar dando por descontado que encarnan la democracia, pretensión que durante mucho tiempo les permitió continuar apropiándose de una proporción exagerada de los recursos del país, pero gracias a la falta de interés en “alternativas” autoritarias la ciudadanía ya no está dispuesta a soportar los abusos sistemáticos de sus representantes. En otras palabras, está comenzando a reaccionar frente a la conducta de los “dirigentes” de la misma manera que norteamericanos y europeos, que han sabido limitar las aspiraciones económicas de legisladores y jefes partidarios sin por eso oponerse a la democracia. Por cierto, a nadie en su sano juicio se le ocurriría afirmar que la democracia argentina es superior a la norteamericana, alemana o británica porque aquí tantos políticos y jueces se han convertido en millonarios.
Para disgusto de sus congéneres, el gobernador bonaerense Carlos Ruckauf ha propuesto eliminar todos los senados provinciales, lo cual, como afirma, contribuiría a reducir los costos a todas luces delirantes de la política. No es que el precandidato presidencial quisiera diezmar a la clase política nacional, privando a sus miembros de oportunidades para prosperar -hasta ahora por lo menos, ha hecho gala de su voluntad de mantener abiertas todas las “cajas” políticas existentes-, es que entiende muy bien que la ciudadanía en su conjunto finalmente se ha dado cuenta de que los “dirigentes” se las han arreglado para crear una cantidad absurdamente excesiva de puestos electivos que les permiten vivir muy bien y, lo que es peor, que los han aprovechado para repartir privilegios entre sus familiares y amigos. Hasta hace poco, la ciudadanía, consciente de que en el pasado las protestas contra la rapacidad de los “políticos civiles” habían servido para justificar golpes militares, ha sido reacia a quejarse de la corrupción en gran escala que siempre ha sido una característica llamativa del orden político local, pero por fortuna el clima se ha modificado últimamente a raíz de la exasperante crisis económica. Al parecer convencido de que el movimiento en favor de reformas políticas drásticas cobrará cada vez más fuerza en los próximos años porque ya es imposible frenarlo, Ruckauf cree que le convendría más estar entre sus líderes.
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