Oveja extraviada
La alianza carece de figuras para la senaduría en Capital, de ahí la insistencia con "Chacho" Alvarez.
Parecería que en estos días el objetivo principal de virtualmente toda la clase política nacional consiste en persuadir a Carlos “Chacho” Alvarez a ser candidato a senador. Desde hace algunas semanas, radicales y frepasistas están insistiendo en que le sería fácil imponerse en la Capital Federal y que cualquier otro aliancista podría ser derrotado por un rival opositor, mientras que diversos operadores peronistas han estado aportando lo suyo atribuyendo su negativa a pereza o cobardía, con la esperanza de provocarlo para que acepte postularse. Sin embargo, hasta ahora el ex vicepresidente y jefe actual del Frepaso se ha mantenido en sus trece, aseverando con firmeza creciente que no tiene la menor intención de incorporarse a la Cámara que en su opinión simboliza mejor que ninguna otra la corrupción institucionalizada.
Puede que en algunos casos los motivos de los resueltos a candidatearlo sean meramente pragmáticos. La Alianza carece de figuras atractivas capaces de entusiasmar a “la gente”, de suerte que es natural que estrategas oficialistas hayan querido seducir a un político que ha sabido conservar la estima de una proporción notable de los habitantes de la Capital Federal. Con todo, si bien serían evidentes las ventajas tácticas para la Alianza de contar con Alvarez como aspirante a la senaduría porteña, políticos de todos los partidos saben que está en juego mucho más que una candidatura común. Entienden que de postularse, Alvarez confesaría, aunque sólo fuera tácitamente, que eran exagerados sus comentarios sobre la corrupción endémica en la clase política nacional y que, a pesar de todo lo ocurrido, sigue considerándose un “dirigente” criollo más que acepta subordinarse a las reglas no escritas del gremio. Se trataría de una forma de decirle a la ciudadanía que los reparos de “Chacho” contra los vicios políticos deberían interpretarse como una maniobra astuta, si bien excéntrica.
Al abandonar la vicepresidencia luego de haberse dado cuenta de que al presidente Fernando de la Rúa no le interesaba para nada combatir la corrupción, Alvarez afirmó que aquí “la política atraviesa una crisis terminal”, condición que, de más está decirlo, no modificaría “las rutinas electorales” sino una ruptura decididamente más drástica que la supuesta por una nueva ronda comicial, “un antes y un después, una verdadera partición de aguas”. Aunque en aquel momento muchos compartían la opinión del frepasista, a partir de entonces muy poco ha cambiado. La “crisis terminal” no obstante, la clase política nacional ya está preparándose para una “rutina electoral” confiada en que una vez más la ciudadanía le manifieste su apoyo, votando como siempre a los representantes de los movimientos tradicionales.
Así, pues, Alvarez se ve frente a un dilema muy espinoso. Si sigue negándose a ser un político común que participe plenamente tanto en las internas como en los torneos electorales, actuando en efecto como cómplice del orden que quisiera transformar, corre el peligro de ver debilitarse su influencia. En cambio, si decide volver al redil con el presunto propósito de continuar agitando en favor de reformas desde un escaño en el Senado nuevo, muchos ciudadanos lo tomarían por evidencia de su fracaso, llegando a la conclusión de que entiende que es inútil luchar contra la corrupción que se ha enquistado en el sistema político nacional. Por ahora, parecería que Alvarez, sabedor de que sería cuando menos prematuro darse por derrotado, está dispuesto a conformarse con el papel semiindependiente de dirigente partidario sin ningún puesto ejecutivo o legislativo formal, apostando a que tarde o temprano sus compatriotas se muestren dispuestos a obligar a los políticos a respetar pautas éticas un tanto más severas que las actualmente vigentes. En vista de las alternativas, es la opción más honorable. Alvarez se equivocó al creer que la ruptura entre “el antes” y “el después” se produciría a raíz del escándalo del Senado, pero si bien todo hace pensar que la lucha contra la corrupción sistemática y en gran escala que denunció en aquella ocasión será mucho más larga de lo que creía, para un dirigente de su estatura liderarla plantea un desafío que es mayor y más valioso que cualquiera vinculado con las elecciones legislativas de octubre.
Parecería que en estos días el objetivo principal de virtualmente toda la clase política nacional consiste en persuadir a Carlos “Chacho” Alvarez a ser candidato a senador. Desde hace algunas semanas, radicales y frepasistas están insistiendo en que le sería fácil imponerse en la Capital Federal y que cualquier otro aliancista podría ser derrotado por un rival opositor, mientras que diversos operadores peronistas han estado aportando lo suyo atribuyendo su negativa a pereza o cobardía, con la esperanza de provocarlo para que acepte postularse. Sin embargo, hasta ahora el ex vicepresidente y jefe actual del Frepaso se ha mantenido en sus trece, aseverando con firmeza creciente que no tiene la menor intención de incorporarse a la Cámara que en su opinión simboliza mejor que ninguna otra la corrupción institucionalizada.
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