El rating de la vergüenza

Redacción

Por Redacción

La televisión argentina no deja de sorprendernos. Durante los últimos diez años fuimos testigos del despliegue más impresionante de creatividad, impulsado tal vez, por la necesidad de competir en un mercado cada vez menos exigente, y cuyo único requisito pareciera ser la exposición constante de la vulgaridad en su estado más puro.

En la década del «90 la televisión argentina encontró el momento preciso para exhibir, casi en la totalidad de su contenido, una programación mediante la cual pudiera advertirse un quiebre definitivo y el advenimiento de una nueva era, estrictamente representativa del nefasto período socio-cultural en el que aún naufragamos.

Las telenovelas fueron remplazadas por los talk shows: aparentes recreaciones de la vida real en foros adaptados para intentar en tan sólo una hora, conmover a la audiencia a través de situaciones tan íntimas y corrientes como falsas.

El «en vivo» logró mayor protagonismo y de esta manera la realidad llegó a los hogares con la autenticidad a la que el público debió adaptarse. Pero también tuvieron su oportunidad los programas de entretenimiento, y en esa materia Telefé se mantuvo a la vanguardia, transformando su señal en una expresión de absoluta frivolidad, puesta de manifiesto mediante la mismísima actitud de quienes posaron ante las cámaras durante los últimos diez años.

Algunos se anticiparon a bautizarla como: La Era Tinelli. Otros, entre los cuales me incluyo, preferimos pararnos en la vereda del escepticismo y resistirnos a creer en verdades creadas en el seno mismo de la máquina publicitaria controlada por esos mentores de genialidades inexistentes. Y qué mejor momento que el presente para desmitificar de una vez por todas a ese grupo de marionetas alimentadas por una porción de la sociedad que, cegada por un incontrolable aluvión de ignorancia, representan el rating de la vergüenza.

La era de la estupidez

Tímidamente la televisión argentina se quitó de encima los resabios de los años de plomo para darle la bienvenida al destape que, con la democracia restaurada, devolvió a los medios la libre expresión.

Sin embargo esa libertad tan cara y anhelada significó apenas una excusa para que la pantalla chica nacional encontrase un nuevo camino que de la mano de Marcelo Tinelli, comenzó a recorrer.

Diez años de estupidez sin tapujos, postulando las peores miserias aplaudidas hasta el cansancio. Una década entera en la que la risa fácil, el exhibicionismo y la hipocresía, fueron la esencia toda de la televisión.

El fenómeno popular producido por Tinelli y los anti-intelectuales e ignaros de eterna adolescencia que lo rodearon, fue apoyado masivamente por segmentos de todas las clases sociales existentes, aporte que resultó determinante para lo que hoy es un hecho.

La inagotable actitud adolescente de esos jóvenes de cuarenta años cuyo logro más brillante residió en la cargada cobarde, en la cámara oculta y en la constante adoración de un ser supremo llamado Marcelo, gestó la conformación de una generación «tinelera», incapaz de pensar por sí sola y embelesada por la estética del color y la música de moda.

Gran engaño

Vivimos en una sociedad siempre dispuesta a idolatrar a cualquier individuo que se coloque delante de una cámara de televisión, aunque tan solo fuere para hacer morisquetas, comer un alfajor, reír o llorar.

Los méritos de quienes hacen la televisión carecen de relevancia, pero la seducción que la pantalla produce no tiene límites.

Por ello asistimos hoy a lo que ingenuamente Telefé denomina «La Vida Real en T.V.» (como si en la vida todo fuese recostarse al borde de una pileta y hablar idioteces las 24 horas del día).

Gran Hermano, singular proyecto televisivo nacido en Alemania en 1998 y traído a estas tierras por el canal de las pelotas, es la mentira menos ingeniosa que la pantalla chica se atrevió a mostrar. Escuchar la opinión de sus hacedores resulta al menos llamativa. Ser testigo de los elogios que dispensan a la exhibición gratuita e inútil merece verdadera atención. «Los chicos que están conviviendo en la casa nos están dando un verdadero ejemplo de solidaridad y valor», decía Raúl Portal una y otra vez, al tiempo que manifestaba su emoción por el rating alcanzado por el programa.

Es inevitable hallar en cada una de las personas que habitan la casa de Gran Hermano, cierta afinidad con el espíritu tinelero.

Esos chicos (adultos), hijos directos de la era Tinelli, muestran las actitudes propias de un eterno adolescente: hacen morisquetas, ríen y lloran, y actúan tal como son, dejando al descubierto las evidentes consecuencias del consumo de una droga sumamente peligrosa llamada televisión.


La televisión argentina no deja de sorprendernos. Durante los últimos diez años fuimos testigos del despliegue más impresionante de creatividad, impulsado tal vez, por la necesidad de competir en un mercado cada vez menos exigente, y cuyo único requisito pareciera ser la exposición constante de la vulgaridad en su estado más puro.

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