Elecciones en EE. UU.: lo que se juega y la duda
De una edición anticipada de la «New York Review» correspondiente a noviembre (vol. 55, No. 17) vamos a glosar, eligiéndola dentro de catorce colaboraciones de personalidades convocadas para opinar sobre las elecciones, la nota que suscribe Ronald Dworkin. Nuestra opción por la suya obedece a dos razones. En primer lugar, porque se trata de un análisis distinto de los habituales en cuanto trata con total libertad de opinión una matriz de problemas. La segunda razón es que Dworkin, un filósofo y eticista político del mayor nivel internacional, está relacionado con nuestro país a través de su participación repetida en seminarios de la SADAF (Sociedad Argentina de Análisis Filosófico), un foro que cuenta entre sus fundadores a hombres públicos como Carlos Nino y Eduardo Rabossi, quienes fueron sus amigos. (Recordemos que uno y otro integraron el Consejo para la Consolidación de la Democracia y la Conadep).
No podemos aquí hacer otra cosa que resumir lo que expresa Dworkin en su contribución al título «A fateful election: what´s stake» («Una elección fatal. Qué es lo que está en juego») que, como señalamos, incluye análisis de varias personalidades identificadas en variantes del pensamiento progresista. Veamos abreviadamente sus propias expresiones.
De acuerdo con el campo profesional de su competencia (es profesor de Jurisprudencia en la New York University School of Law y lo ha sido en la de Oxford), las reflexiones de Dworkin se centran en la justicia. En su criterio, la elección de John McCain sería un desastre para la Constitución. Comenta que los conservadores han trabajado por décadas para capturar la Suprema Corte con una mayoría que sería en cada caso confiable para servir sus ortodoxias culturales, religiosas y económicas. Hasta ahora no lo han logrado, pero si gana McCain, sus primeras designaciones llevarían probablemente a crear una mayoría sólida como una roca por una generación o más. (Ello debido a que cinco de los nueve miembros actuales de la Corte rondan en edad en los setenta años). No se pueden predecir todos los importantes asuntos constitucionales que se dirimirían en ese largo período. Pero es verosímil, en su opinión, que una firme mayoría ultraconservadora barrería toda protección constitucional para el aborto, facilitaría un papel significativamente mayor de la religión en las escuelas públicas, pondría fin a cualquier forma de acción afirmativa en empleo o educación y ampliaría los alcances de la pena de muerte.
El análisis sostiene que todavía más preocupante que todo eso es que probablemente una Corte, con mayoría determinada por nuevas designaciones de McCain, aceptaría los más extravagantes reclamos de más poder presidencial que ha formulado la administración de Bush: la llamada «doctrina ejecutiva unitaria» levantada por el vicepresidente Cheney, que permite poderes presidenciales dictatoriales sobre todas las funciones ejecutivas, incluyendo la potestad de declarar la guerra, espiar a ciudadanos y detener y torturar a prisioneros, ignorando toda restricción del Legislativo.
Opina el autor que la promesa de Obama es tan grande como la amenaza de McCain. Su color y antecedentes refutarían los cargos de arrogancia racial que se les hacen a los estadounidenses. La notable y aparentemente casi unánime atracción que tiene en el extranjero -una simpatía que los republicanos aislacionistas desdeñan- podría ayudar inmediatamente a redimir el prestigio internacional del país, notoriamente empañado. Posee una llamativa inteligencia y un don de combinar claridad y fuerte sentimiento en sus escritos y discursos, y él usa esas cualidades para exponer y explicar la complejidad de los asuntos antes que esconderla bajo eslóganes. En relación con el cargo de falta de experiencia dice que, por lo contrario, entre políticos prominentes él tiene la experiencia que cuenta más en un mundo amenazante e interdependiente: la experiencia crucial de la empatía. Ha vivido y ha sido pobre tanto en ambientes domésticos como extranjeros, capitalizando una experiencia que pocos políticos del país pueden siquiera imaginar.
«Necesitamos desesperadamente -declara- por sobre todas las cosas un renacimiento de la ley y el orden internacional. La administración Bush ha casi destruido la ley internacional; ha rebajado la moral de la República, tanto como su moneda fiscal. América no puede hacer frente a la creciente amenaza terrorista efectivamente o a los igualmente amenazantes peligros de la degradación climática, a menos que el mundo pueda crear instituciones y doctrinas de ley internacional con poder y autoridad genuinos. Ése es un objetivo extremadamente difícil, pero no imposible desde que otras grandes potencias actuales tienen los mismos incentivos que tiene Estados Unidos para recuperar la ley en el ámbito internacional».
Ese magno proyecto no puede siquiera empezar, está claro, sin un cambio radical en la conciencia de los estadounidenses, que deberían entender que no siguen siendo los que dan la ley al mundo sino socios que deben aceptar el compromiso y el riesgo con los otros. McCain corporiza la ilusión de que Estados Unidos es un poder suficiente como para marchar solo. Pero eso no es así. «Necesitamos -sostiene- un presidente que tenga la inteligencia, claridad y energía como para disipar esa ilusión». La elocuencia de Obama está entre sus más importantes calificaciones porque puede despertar la inspiración de cambio mental que las democracias necesitan en tiempos de crisis, que fue lo que Lincoln brindó al país en su discurso de Gettysburg y Roosevelt cuando puso fin a la parálisis económica.
Esas razones por las que Barack Obama debería ser presidente hacen todavía más grandes los riesgos de la elección. La economía está cerca de una catástrofe, el desempleo y el cierre de negocios se incrementan, las políticas con el exterior y las militares se han comprobado desastrosas, el presidente es despreciado, el candidato republicano se desgañita y miente. Así las cosas, hasta un mediocre candidato demócrata triunfaría fácilmente. Pero hay una incógnita que le preocupa: la influencia del racismo oculto en la conciencia de muchos de sus compatriotas. (Un factor que le hizo repetir al periodista Beppe Severgnini en sus últimas notas del «Corriere» italiano sobre la actual euforia de triunfo de los partidarios de Obama, «Se non lo vedo, non ci credo»)
La nota de Dworkin cierra con una reflexión esperanzada y al mismo tiempo amarga: «Si un candidato notable como Obama pierde, esto podría ser sólo por una razón. Los estadounidenses podemos hacer algo grande en noviembre. O podemos hacer algo absolutamente terrible y vivir entonces con la vergüenza de nuestro estúpido y autodestructivo prejuicio racial todavía por otra generación».
Héctor Ciapuscio (*)
Especial para «Río Negro»
(*) Doctor en Filosofía
De una edición anticipada de la "New York Review" correspondiente a noviembre (vol. 55, No. 17) vamos a glosar, eligiéndola dentro de catorce colaboraciones de personalidades convocadas para opinar sobre las elecciones, la nota que suscribe Ronald Dworkin. Nuestra opción por la suya obedece a dos razones. En primer lugar, porque se trata de un análisis distinto de los habituales en cuanto trata con total libertad de opinión una matriz de problemas. La segunda razón es que Dworkin, un filósofo y eticista político del mayor nivel internacional, está relacionado con nuestro país a través de su participación repetida en seminarios de la SADAF (Sociedad Argentina de Análisis Filosófico), un foro que cuenta entre sus fundadores a hombres públicos como Carlos Nino y Eduardo Rabossi, quienes fueron sus amigos. (Recordemos que uno y otro integraron el Consejo para la Consolidación de la Democracia y la Conadep).
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