Irresponsabilidad principista
Cuesta creer que la presidenta de la república, nada menos, haya afirmado con su contundencia habitual que, pase lo que pasare, no se le ocurrirá “ajustar a los argentinos” y “si quieren el ajuste que vengan ellos a gobernar”. Mal que le pese a Cristina Fernández de Kirchner, cuando el gasto público supera a los ingresos, tarde o temprano resulta necesario “ajustarlo”. Si por cobardía o por estupidez el gobierno se niega a hacerlo, “el mercado” se encargará de la tarea sin preocuparse en absoluto por los sentimientos de los perjudicados. Es lo que sucedió después del colapso de la convertibilidad. Puesto que los gobiernos de los presidentes Carlos Menem y Fernando de la Rúa no habían querido o podido sanear las cuentas fiscales, el país terminó experimentando un ajuste excepcionalmente brutal en que millones de personas se vieron despojadas de sus ahorros y millones más cayeron en la extrema pobreza. Fue con toda seguridad el “ajuste” más feroz de toda la historia nacional, lo que es mucho decir. Lo entienda o no Cristina, los peores crímenes económicos suelen ser los cometidos por omisión. Puede que aquellos gobernantes que se resisten a tomar medidas desagradables cuando las circunstancias las exigen se imaginen dechados de bondad humanitaria, pero la verdad es que son irresponsables a quienes no les importan las consecuencias de su propia desidia. Es debido a la negativa del gobierno kirchnerista a combatir la inflación no bien comenzó a manifestarse que día a día casi todos los argentinos están siendo “ajustados” sin piedad por el aumento constante, y según parece irrefrenable, de los precios de los bienes que necesitan para vivir. En el acto que se celebró el viernes pasado en Contraalmirante Cordero la presidenta se desenmascaró. Con franqueza asombrosa, dejó saber que está preparando para el gobierno próximo un desaguisado económico fenomenal a sabiendas de que le será sumamente difícil manejarlo. Por su forma de hablar, pareció estar pensando en elecciones adelantadas que le permitirían endosar a otros la responsabilidad de enfrentar los problemas que, con la ayuda de su marido y de personajes como el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, se las ha arreglado para crear. En efecto, como tantos otros populistas de los muchos que a través de los años lograron transformar la Argentina en un país netamente tercermundista, depauperando de por vida a por lo menos la mitad de sus habitantes, Cristina espera que “ellos”, los opositores, se vean obligados a reducir el gasto público y que como resultado pierdan el apoyo popular. El que su jugada cínica suponga “costos sociales” muy altos la tiene sin cuidado. Al fin y al cabo, apuesta a poder aprovecharlos. Gobernar nunca es fácil. Incluso en las sociedades más ricas y dinámicas es imposible satisfacer todas las demandas, por “legítimas” que sean. Al gobierno de turno le corresponde manejar la economía de tal manera que su voluntad natural de privilegiar a sectores determinados no desate una crisis en que pierdan virtualmente todos, pero parecería que los Kirchner creen que siempre y cuando puedan culpar a otros por los desastres que ellos mismos provoquen el destino del conjunto carece de importancia. Así, pues, se las han arreglado para aumentar muchísimo el gasto público e intensificar la presión impositiva llevándola a un nivel sin precedentes. A pesar del aumento explosivo del gasto público, los servicios públicos siguen siendo tan lamentables como ya es tradicional. Con todo, la política económica así supuesta podría justificarse si como resultado se hubieran reducido mucho los pavorosos índices de pobreza e indigencia, pero no hay ningún motivo para suponer que gracias a la gestión de los Kirchner la Argentina se haya transformado en un país más equitativo. Al contrario, por ser el “modelo” kirchnerista un ejemplo típico del “capitalismo de los amigos” tercermundista, un esquema corrupto y discriminatorio que está al servicio de una camarilla de políticos y empresarios cortesanos, se ha agravado todavía más la exclusión de quienes no forman parte de su extensa clientela. En efecto, lo único que han conseguido del gobierno los marginados son “los goles de domingo” que, de tomarse en serio la retórica febril del ex presidente Néstor Kirchner, constituyen una conquista social de significado histórico.
Cuesta creer que la presidenta de la república, nada menos, haya afirmado con su contundencia habitual que, pase lo que pasare, no se le ocurrirá “ajustar a los argentinos” y “si quieren el ajuste que vengan ellos a gobernar”. Mal que le pese a Cristina Fernández de Kirchner, cuando el gasto público supera a los ingresos, tarde o temprano resulta necesario “ajustarlo”. Si por cobardía o por estupidez el gobierno se niega a hacerlo, “el mercado” se encargará de la tarea sin preocuparse en absoluto por los sentimientos de los perjudicados. Es lo que sucedió después del colapso de la convertibilidad. Puesto que los gobiernos de los presidentes Carlos Menem y Fernando de la Rúa no habían querido o podido sanear las cuentas fiscales, el país terminó experimentando un ajuste excepcionalmente brutal en que millones de personas se vieron despojadas de sus ahorros y millones más cayeron en la extrema pobreza. Fue con toda seguridad el “ajuste” más feroz de toda la historia nacional, lo que es mucho decir. Lo entienda o no Cristina, los peores crímenes económicos suelen ser los cometidos por omisión. Puede que aquellos gobernantes que se resisten a tomar medidas desagradables cuando las circunstancias las exigen se imaginen dechados de bondad humanitaria, pero la verdad es que son irresponsables a quienes no les importan las consecuencias de su propia desidia. Es debido a la negativa del gobierno kirchnerista a combatir la inflación no bien comenzó a manifestarse que día a día casi todos los argentinos están siendo “ajustados” sin piedad por el aumento constante, y según parece irrefrenable, de los precios de los bienes que necesitan para vivir. En el acto que se celebró el viernes pasado en Contraalmirante Cordero la presidenta se desenmascaró. Con franqueza asombrosa, dejó saber que está preparando para el gobierno próximo un desaguisado económico fenomenal a sabiendas de que le será sumamente difícil manejarlo. Por su forma de hablar, pareció estar pensando en elecciones adelantadas que le permitirían endosar a otros la responsabilidad de enfrentar los problemas que, con la ayuda de su marido y de personajes como el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, se las ha arreglado para crear. En efecto, como tantos otros populistas de los muchos que a través de los años lograron transformar la Argentina en un país netamente tercermundista, depauperando de por vida a por lo menos la mitad de sus habitantes, Cristina espera que “ellos”, los opositores, se vean obligados a reducir el gasto público y que como resultado pierdan el apoyo popular. El que su jugada cínica suponga “costos sociales” muy altos la tiene sin cuidado. Al fin y al cabo, apuesta a poder aprovecharlos. Gobernar nunca es fácil. Incluso en las sociedades más ricas y dinámicas es imposible satisfacer todas las demandas, por “legítimas” que sean. Al gobierno de turno le corresponde manejar la economía de tal manera que su voluntad natural de privilegiar a sectores determinados no desate una crisis en que pierdan virtualmente todos, pero parecería que los Kirchner creen que siempre y cuando puedan culpar a otros por los desastres que ellos mismos provoquen el destino del conjunto carece de importancia. Así, pues, se las han arreglado para aumentar muchísimo el gasto público e intensificar la presión impositiva llevándola a un nivel sin precedentes. A pesar del aumento explosivo del gasto público, los servicios públicos siguen siendo tan lamentables como ya es tradicional. Con todo, la política económica así supuesta podría justificarse si como resultado se hubieran reducido mucho los pavorosos índices de pobreza e indigencia, pero no hay ningún motivo para suponer que gracias a la gestión de los Kirchner la Argentina se haya transformado en un país más equitativo. Al contrario, por ser el “modelo” kirchnerista un ejemplo típico del “capitalismo de los amigos” tercermundista, un esquema corrupto y discriminatorio que está al servicio de una camarilla de políticos y empresarios cortesanos, se ha agravado todavía más la exclusión de quienes no forman parte de su extensa clientela. En efecto, lo único que han conseguido del gobierno los marginados son “los goles de domingo” que, de tomarse en serio la retórica febril del ex presidente Néstor Kirchner, constituyen una conquista social de significado histórico.
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