Tambores de guerra

Redacción

Por Redacción

Tienen razón los norteamericanos cuando acusan al gobierno chino de manipular su moneda para reducir los precios de los productos que su país está exportando en cantidades crecientes, pero se equivocan si creen que la eventual revaluación del yuan serviría para solucionar sus propios problemas económicos. Éstos se deben al aumento excesivo de los costos de los derechos adquiridos por una multitud de empleados públicos y a las consecuencias previsibles de la voluntad de una serie de gobiernos de facilitar la compra de viviendas por millones de personas que no contaban con recursos suficientes como para hacerlo, o sea a la convicción generalizada de que a los norteamericanos les sería dado continuar gastando indefinidamente por encima de sus medios. Mal que les pese al presidente Barack Obama y el secretario del Tesoro, Timothy Geithner, es muy poco realista suponer que el éxito comercial de ciertos países se haya debido principalmente a las ventajas brindadas por una tasa de cambio “competitiva”. Si bien en el caso de China tal planteo parece legítimo, no lo es del todo en los del Japón y Alemania, países que año tras año disfrutan de superávits comerciales importantes merced a la calidad superior de los bienes que producen. Desde el punto de vista de los japoneses y alemanes, es un tanto absurdo pedirles hacer un aporte positivo a la economía internacional exportando menos. Asimismo, por compartir Alemania el euro con países tan crónicamente deficitarios como España, una eventual revaluación de su moneda tendría consecuencias nefastas para socios que ya se encuentran en dificultades muy graves. La ofensiva cambiaria norteamericana contra China ha alarmado no sólo a las autoridades del Japón y Alemania sino también a las de muchos otros países que temen que desate una “guerra de monedas” que sería seguida por el regreso del proteccionismo que, andando el tiempo, perjudicaría a virtualmente todos. En la reunión de los ministros de Finanzas del Grupo de los 20, con la participación de nuestro ministro de Economía Amado Boudou, que se celebró hace algunos días en Corea del Sur, Geithner procuró vanamente convencer a los demás de que en adelante no debería permitirse que los déficits y superávits comerciales de los distintos países superaran el 4% de sus respectivos Productos Brutos Internos. Tuvo que intentarlo porque en Estados Unidos muchos simpatizantes del gobierno de Obama creen que sus propios problemas estructurales pueden atribuirse en parte al mercantilismo chino y que por lo tanto la revaluación del yuan lo ayudaría a atenuarlos. Otra “solución” que parecen tener en mente los norteamericanos consistiría en inundar el mundo de dólares cada vez más baratos con la esperanza de que la inflación resultante les permita reducir drásticamente el valor de las reservas acumuladas por Pekín, posibilidad ésta que, por motivos evidentes, alarma a los chinos. Antes de estallar la crisis financiera del 2008, la economía internacional crecía a un ritmo impresionante gracias en buena medida a la voracidad al parecer insaciable de los consumidores de Estados Unidos y algunos países europeos que se endeudaron hasta el cuello para poder continuar comprando bienes. Como es natural, los productores más eficientes de dichos bienes, en primer lugar los chinos, japoneses y alemanes, aprovecharon la oportunidad que les fue brindada, pero ahora se ven acusados de causar los desequilibrios insostenibles que están amenazando la economía global por resistirse a consumir tanto como los norteamericanos. Se trata de un conflicto que no es meramente económico o financiero sino también cultural. Por un lado están los pueblos dispendiosos, encabezados por el norteamericano; por el otro están los ahorrativos que, para frustración de aquellos, no creen que sea una buena idea endeudarse demasiado. Para complicar todavía más el panorama, un sector muy significante de la sociedad norteamericana, el representado por el “Tea Party”, quisiera que su propio país adoptara nuevamente valores austeros que podrían calificarse de “chinos” o “alemanes”, mientras que en Europa los británicos, luego de disfrutar de una orgía consumista, acaban de emprender un ajuste que, en opinión de muchos, es el más duro que se ha visto desde la Segunda Guerra Mundial.


Tienen razón los norteamericanos cuando acusan al gobierno chino de manipular su moneda para reducir los precios de los productos que su país está exportando en cantidades crecientes, pero se equivocan si creen que la eventual revaluación del yuan serviría para solucionar sus propios problemas económicos. Éstos se deben al aumento excesivo de los costos de los derechos adquiridos por una multitud de empleados públicos y a las consecuencias previsibles de la voluntad de una serie de gobiernos de facilitar la compra de viviendas por millones de personas que no contaban con recursos suficientes como para hacerlo, o sea a la convicción generalizada de que a los norteamericanos les sería dado continuar gastando indefinidamente por encima de sus medios. Mal que les pese al presidente Barack Obama y el secretario del Tesoro, Timothy Geithner, es muy poco realista suponer que el éxito comercial de ciertos países se haya debido principalmente a las ventajas brindadas por una tasa de cambio “competitiva”. Si bien en el caso de China tal planteo parece legítimo, no lo es del todo en los del Japón y Alemania, países que año tras año disfrutan de superávits comerciales importantes merced a la calidad superior de los bienes que producen. Desde el punto de vista de los japoneses y alemanes, es un tanto absurdo pedirles hacer un aporte positivo a la economía internacional exportando menos. Asimismo, por compartir Alemania el euro con países tan crónicamente deficitarios como España, una eventual revaluación de su moneda tendría consecuencias nefastas para socios que ya se encuentran en dificultades muy graves. La ofensiva cambiaria norteamericana contra China ha alarmado no sólo a las autoridades del Japón y Alemania sino también a las de muchos otros países que temen que desate una “guerra de monedas” que sería seguida por el regreso del proteccionismo que, andando el tiempo, perjudicaría a virtualmente todos. En la reunión de los ministros de Finanzas del Grupo de los 20, con la participación de nuestro ministro de Economía Amado Boudou, que se celebró hace algunos días en Corea del Sur, Geithner procuró vanamente convencer a los demás de que en adelante no debería permitirse que los déficits y superávits comerciales de los distintos países superaran el 4% de sus respectivos Productos Brutos Internos. Tuvo que intentarlo porque en Estados Unidos muchos simpatizantes del gobierno de Obama creen que sus propios problemas estructurales pueden atribuirse en parte al mercantilismo chino y que por lo tanto la revaluación del yuan lo ayudaría a atenuarlos. Otra “solución” que parecen tener en mente los norteamericanos consistiría en inundar el mundo de dólares cada vez más baratos con la esperanza de que la inflación resultante les permita reducir drásticamente el valor de las reservas acumuladas por Pekín, posibilidad ésta que, por motivos evidentes, alarma a los chinos. Antes de estallar la crisis financiera del 2008, la economía internacional crecía a un ritmo impresionante gracias en buena medida a la voracidad al parecer insaciable de los consumidores de Estados Unidos y algunos países europeos que se endeudaron hasta el cuello para poder continuar comprando bienes. Como es natural, los productores más eficientes de dichos bienes, en primer lugar los chinos, japoneses y alemanes, aprovecharon la oportunidad que les fue brindada, pero ahora se ven acusados de causar los desequilibrios insostenibles que están amenazando la economía global por resistirse a consumir tanto como los norteamericanos. Se trata de un conflicto que no es meramente económico o financiero sino también cultural. Por un lado están los pueblos dispendiosos, encabezados por el norteamericano; por el otro están los ahorrativos que, para frustración de aquellos, no creen que sea una buena idea endeudarse demasiado. Para complicar todavía más el panorama, un sector muy significante de la sociedad norteamericana, el representado por el “Tea Party”, quisiera que su propio país adoptara nuevamente valores austeros que podrían calificarse de “chinos” o “alemanes”, mientras que en Europa los británicos, luego de disfrutar de una orgía consumista, acaban de emprender un ajuste que, en opinión de muchos, es el más duro que se ha visto desde la Segunda Guerra Mundial.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora