Tentaciones autoritarias

Redacción

Por Redacción

Cuando los españoles comenzaban a acostumbrarse a vivir en democracia, muchos intelectuales hicieron suya la consigna, acuñada por el escritor Manuel Vázquez Montalbán: “Contra Franco estábamos mejor”. Tal actitud fue comprensible. Antes del desmantelamiento de la dictadura, pudieron ver todo en blanco y negro sin preocuparse por los matices, pero los problemas propios de sociedades democráticas raramente se prestan a la simplificación así supuesta. Asimismo, andando el tiempo les resultaba cada vez más difícil culpar a la dictadura por todas las deficiencias de su país. Por este motivo, no sólo en España y América Latina sino también en países de tradiciones políticas liberales, en el sentido recto de dicha palabra, quienes quisieran asumir posturas contundentes a menudo se sienten tentados a descalificar la democracia efectivamente existente, a tratarla como una forma de dictadura hábilmente disfrazada para engañar a los incautos, lo que en su opinión les brinda el derecho, cuando no el deber, de luchar contra ella a fin de instalar otra modalidad democrática que a su juicio sería más auténtica. En nuestro país, el que se ha visto traumatizado por décadas de frustraciones, la tentación de tomar “esta democracia” por una farsa fraudulenta es muy poderosa. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner y los “intelectuales orgánicos” que le son afines hablan y actúan como si aún se enfrentaran con la dictadura militar representada en la actualidad por “los oligarcas” del campo, los grandes empresarios y, desde luego, los medios de difusión que en ocasión los critican, que con habilidad extraordinaria se las hubiera arreglado para conservar el poder. Por su parte, los blancos de los dardos oficialistas reaccionan como si ya fueran víctimas de un sistema férreo de censura –de una dictadura– que no les permite manifestarse con libertad. Aunque es verdad que hay grupos que se afirman kirchneristas que procuran intimidar a los disidentes e integrantes del gobierno no han vacilado en subsidiar a medios amigos y boicotear a los considerados adversarios, la Argentina sigue siendo un país pluralista en que los interesados en hacerlo pueden expresar virtualmente cualquier opinión sin correr más riesgos que en las democracias consolidadas en que las presiones económicas y políticas son rutinarias. ¿Estamos en vísperas de un apagón intelectual a causa del autoritarismo que anida en ciertas vertientes del oficialismo kirchnerista? El escritor peruano Mario Vargas Llosa parece temerlo. En el discurso que pronunció para reinaugurar la Feria del Libro en la Capital Federal, el Premio Nobel de Literatura más reciente hizo una defensa vigorosa de la libertad de expresión que a su entender se ve amenazada aquí por “censores” y “energúmenos”, y reivindicó su derecho como “hombre libre” a criticar a quien se le antoja aun cuando se trate de la presidenta de la Argentina. Fue su forma de contestar a los integrantes de la agrupación oficialista “Carta Abierta” y, sobre todo, al director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, quien había juzgado “inoportuno” invitarlo a inaugurar la Feria del Libro. La iniciativa en tal sentido de González le mereció una andanada de críticas virulentas y fue desbaratada por la presidenta, pero calificarla de “censura” es un tanto exagerado ya que, como González sabe muy bien, le sería totalmente inútil tratar de amordazar al novelista “neoliberal” cuyas opiniones detesta. No se equivoca Vargas Llosa cuando dice que los “comisarios políticos han reemplazado en la vida moderna a los inquisidores de antaño”, pero por fortuna los paladines de la “corrección política” de inspiración mayormente izquierdista distan de ser tan peligrosos como los fanáticos religiosos de antaño o sus sucesores politizados en los regímenes totalitarios. Molestan mucho y, de tener la oportunidad, estarían más que dispuestos a encarcelar, o peor, a los disidentes, pero aunque hay muchos que piensan como ellos en todos los países del mundo, en las democracias, incluyendo a la Argentina, su poder es acotado. Si bien es necesario que los “hombres libres” se mantengan en estado de alerta –como dijo el presidente norteamericano Thomas Jefferson, el precio de la libertad es la vigilancia eterna–, no es demasiado probable que logren imponerse en nuestro país.


Cuando los españoles comenzaban a acostumbrarse a vivir en democracia, muchos intelectuales hicieron suya la consigna, acuñada por el escritor Manuel Vázquez Montalbán: “Contra Franco estábamos mejor”. Tal actitud fue comprensible. Antes del desmantelamiento de la dictadura, pudieron ver todo en blanco y negro sin preocuparse por los matices, pero los problemas propios de sociedades democráticas raramente se prestan a la simplificación así supuesta. Asimismo, andando el tiempo les resultaba cada vez más difícil culpar a la dictadura por todas las deficiencias de su país. Por este motivo, no sólo en España y América Latina sino también en países de tradiciones políticas liberales, en el sentido recto de dicha palabra, quienes quisieran asumir posturas contundentes a menudo se sienten tentados a descalificar la democracia efectivamente existente, a tratarla como una forma de dictadura hábilmente disfrazada para engañar a los incautos, lo que en su opinión les brinda el derecho, cuando no el deber, de luchar contra ella a fin de instalar otra modalidad democrática que a su juicio sería más auténtica. En nuestro país, el que se ha visto traumatizado por décadas de frustraciones, la tentación de tomar “esta democracia” por una farsa fraudulenta es muy poderosa. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner y los “intelectuales orgánicos” que le son afines hablan y actúan como si aún se enfrentaran con la dictadura militar representada en la actualidad por “los oligarcas” del campo, los grandes empresarios y, desde luego, los medios de difusión que en ocasión los critican, que con habilidad extraordinaria se las hubiera arreglado para conservar el poder. Por su parte, los blancos de los dardos oficialistas reaccionan como si ya fueran víctimas de un sistema férreo de censura –de una dictadura– que no les permite manifestarse con libertad. Aunque es verdad que hay grupos que se afirman kirchneristas que procuran intimidar a los disidentes e integrantes del gobierno no han vacilado en subsidiar a medios amigos y boicotear a los considerados adversarios, la Argentina sigue siendo un país pluralista en que los interesados en hacerlo pueden expresar virtualmente cualquier opinión sin correr más riesgos que en las democracias consolidadas en que las presiones económicas y políticas son rutinarias. ¿Estamos en vísperas de un apagón intelectual a causa del autoritarismo que anida en ciertas vertientes del oficialismo kirchnerista? El escritor peruano Mario Vargas Llosa parece temerlo. En el discurso que pronunció para reinaugurar la Feria del Libro en la Capital Federal, el Premio Nobel de Literatura más reciente hizo una defensa vigorosa de la libertad de expresión que a su entender se ve amenazada aquí por “censores” y “energúmenos”, y reivindicó su derecho como “hombre libre” a criticar a quien se le antoja aun cuando se trate de la presidenta de la Argentina. Fue su forma de contestar a los integrantes de la agrupación oficialista “Carta Abierta” y, sobre todo, al director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, quien había juzgado “inoportuno” invitarlo a inaugurar la Feria del Libro. La iniciativa en tal sentido de González le mereció una andanada de críticas virulentas y fue desbaratada por la presidenta, pero calificarla de “censura” es un tanto exagerado ya que, como González sabe muy bien, le sería totalmente inútil tratar de amordazar al novelista “neoliberal” cuyas opiniones detesta. No se equivoca Vargas Llosa cuando dice que los “comisarios políticos han reemplazado en la vida moderna a los inquisidores de antaño”, pero por fortuna los paladines de la “corrección política” de inspiración mayormente izquierdista distan de ser tan peligrosos como los fanáticos religiosos de antaño o sus sucesores politizados en los regímenes totalitarios. Molestan mucho y, de tener la oportunidad, estarían más que dispuestos a encarcelar, o peor, a los disidentes, pero aunque hay muchos que piensan como ellos en todos los países del mundo, en las democracias, incluyendo a la Argentina, su poder es acotado. Si bien es necesario que los “hombres libres” se mantengan en estado de alerta –como dijo el presidente norteamericano Thomas Jefferson, el precio de la libertad es la vigilancia eterna–, no es demasiado probable que logren imponerse en nuestro país.

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