Un aliado malquerido

Redacción

Por Redacción

La razón por la que el peronismo ha logrado sobrevivir a una larga serie de desastres que hubieran destruido cualquier otro movimiento político es muy sencilla: la mayoría entiende que ningún gobierno de otro signo sería capaz de impedir que sindicalistas como Hugo Moyano hicieran del país un aquelarre. Aunque los costos para la Argentina del pacto así supuesto han sido altísimos, en vista de la alternativa una parte muy importante del electorado lo ha aceptado como el mal menor. Así y todo, a menudo la relación de los distintos gobiernos peronistas con la rama sindical de su movimiento ha sido conflictiva. Por su naturaleza, los sindicatos son voraces y están programados para pedir cada vez más, mientras que incluso los gobiernos que dependen de su apoyo tienen que respetar ciertos límites. Parecería que a juicio de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner la CGT ya ha cruzado uno que es fundamental, de ahí la andanada que disparó contra los responsables de “someter de rehén al resto de la sociedad”, provocando, entre otras cosas, el desabastecimiento de combustible al bloquear refinerías. Desde el punto de vista de personajes como Hugo Moyano y su hijo Pablo, no hay ninguna contradicción entre pedir la reelección de Cristina por un lado y, por el otro, dedicarse a socavar su gestión organizando paros y reclamando aumentos salariales que podrían hacer estallar “el modelo” económico. La situación actual les conviene porque saben que virtualmente cualquier otro gobierno se negaría a convalidar los privilegios que les ha brindado un grado de impunidad importante a pesar de haberse visto vinculados con escándalos tan miserables como el supuesto por la “mafia de los medicamentos” adulterados, además de permitirles seguir acumulando dinero y poder. Lo que quieren los camioneros y sus socios es que el gobierno sea duro hacia los demás, sobre todo los empresarios, pero blando hacia ellos, pero parecería que a Cristina no le interesa demasiado el papel poco digno que le han reservado los Moyano, razón por la que les advirtió que “preferiría que, en lugar de apoyarme tanto pidiéndome para que sea presidenta de los argentinos, me apoyen de una manera más contundente tratando de que las cosas puedan solucionarse sin necesidad de presiones o de hechos que realmente crean demasiada conflictividad”. Asimismo, según se informa, les ha dicho que si no adoptan una actitud menos agresiva podría desistir de buscar la reelección. Sería lógico: si el precio de permanecer en el poder consiste en dar piedra libre a los Moyano, lo mejor sería dejar que otro se encargue de la tarea ingrata de asegurar un mínimo de gobernabilidad, acaso para intentar regresar cuatro años más tarde cuando –esperaría– los caciques camioneros ya no estén en condiciones de dinamitar su “proyecto” . De todas formas, en términos políticos, a esta altura oponerse frontalmente a la CGT no perjudicaría a Cristina. Aunque es de suponer que gracias a la relación complicada del gobierno con Moyano y compañía el país se ha ahorrado una puja salarial incontrolable, la convicción difundida de que la presidenta depende de la buena voluntad del sindicalismo no la ayuda electoralmente. El gobernador salteño Juan Manuel Urtubey dista de ser el único persuadido de que el jefe cegetista es un “piantavotos” y que por lo tanto Cristina se vería beneficiada si lograra domesticarlo para que no quedaran dudas en cuanto a quién lleva la voz cantante en el país. Si bien podría resultarle arriesgado enfrentarse con el líder prepotente de una corporación cuya afición a la violencia es notoria y que, para más señas, a través de su hijo ya ha amenazado con “parar el país” a menos que consiga lo que quiere, resignarse a ser su rehén sería mucho peor. Por cierto, en un momento en que la inflación está provocando estragos en los bolsillos de todos los trabajadores, a los sindicalistas más belicosos no les faltan pretextos para impulsar huelgas. En la actualidad, Cristina cuenta con la ventaja de que la mayoría supone que todos sus eventuales desafiantes electorales serían aún más débiles que ella frente a los Moyano, pero para confirmarlo le será necesario mostrar que no se permitirá dejarse presionar por quienes a juicio de una franja amplia de votantes plantean una amenaza intolerable a la paz social.


La razón por la que el peronismo ha logrado sobrevivir a una larga serie de desastres que hubieran destruido cualquier otro movimiento político es muy sencilla: la mayoría entiende que ningún gobierno de otro signo sería capaz de impedir que sindicalistas como Hugo Moyano hicieran del país un aquelarre. Aunque los costos para la Argentina del pacto así supuesto han sido altísimos, en vista de la alternativa una parte muy importante del electorado lo ha aceptado como el mal menor. Así y todo, a menudo la relación de los distintos gobiernos peronistas con la rama sindical de su movimiento ha sido conflictiva. Por su naturaleza, los sindicatos son voraces y están programados para pedir cada vez más, mientras que incluso los gobiernos que dependen de su apoyo tienen que respetar ciertos límites. Parecería que a juicio de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner la CGT ya ha cruzado uno que es fundamental, de ahí la andanada que disparó contra los responsables de “someter de rehén al resto de la sociedad”, provocando, entre otras cosas, el desabastecimiento de combustible al bloquear refinerías. Desde el punto de vista de personajes como Hugo Moyano y su hijo Pablo, no hay ninguna contradicción entre pedir la reelección de Cristina por un lado y, por el otro, dedicarse a socavar su gestión organizando paros y reclamando aumentos salariales que podrían hacer estallar “el modelo” económico. La situación actual les conviene porque saben que virtualmente cualquier otro gobierno se negaría a convalidar los privilegios que les ha brindado un grado de impunidad importante a pesar de haberse visto vinculados con escándalos tan miserables como el supuesto por la “mafia de los medicamentos” adulterados, además de permitirles seguir acumulando dinero y poder. Lo que quieren los camioneros y sus socios es que el gobierno sea duro hacia los demás, sobre todo los empresarios, pero blando hacia ellos, pero parecería que a Cristina no le interesa demasiado el papel poco digno que le han reservado los Moyano, razón por la que les advirtió que “preferiría que, en lugar de apoyarme tanto pidiéndome para que sea presidenta de los argentinos, me apoyen de una manera más contundente tratando de que las cosas puedan solucionarse sin necesidad de presiones o de hechos que realmente crean demasiada conflictividad”. Asimismo, según se informa, les ha dicho que si no adoptan una actitud menos agresiva podría desistir de buscar la reelección. Sería lógico: si el precio de permanecer en el poder consiste en dar piedra libre a los Moyano, lo mejor sería dejar que otro se encargue de la tarea ingrata de asegurar un mínimo de gobernabilidad, acaso para intentar regresar cuatro años más tarde cuando –esperaría– los caciques camioneros ya no estén en condiciones de dinamitar su “proyecto” . De todas formas, en términos políticos, a esta altura oponerse frontalmente a la CGT no perjudicaría a Cristina. Aunque es de suponer que gracias a la relación complicada del gobierno con Moyano y compañía el país se ha ahorrado una puja salarial incontrolable, la convicción difundida de que la presidenta depende de la buena voluntad del sindicalismo no la ayuda electoralmente. El gobernador salteño Juan Manuel Urtubey dista de ser el único persuadido de que el jefe cegetista es un “piantavotos” y que por lo tanto Cristina se vería beneficiada si lograra domesticarlo para que no quedaran dudas en cuanto a quién lleva la voz cantante en el país. Si bien podría resultarle arriesgado enfrentarse con el líder prepotente de una corporación cuya afición a la violencia es notoria y que, para más señas, a través de su hijo ya ha amenazado con “parar el país” a menos que consiga lo que quiere, resignarse a ser su rehén sería mucho peor. Por cierto, en un momento en que la inflación está provocando estragos en los bolsillos de todos los trabajadores, a los sindicalistas más belicosos no les faltan pretextos para impulsar huelgas. En la actualidad, Cristina cuenta con la ventaja de que la mayoría supone que todos sus eventuales desafiantes electorales serían aún más débiles que ella frente a los Moyano, pero para confirmarlo le será necesario mostrar que no se permitirá dejarse presionar por quienes a juicio de una franja amplia de votantes plantean una amenaza intolerable a la paz social.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora