El productor que hizo horticultura y fruticultura durante años en Valle Medio, hasta que encontró su cultivo ideal para poder planificar y crecer
De familia de chacareros en el Alto Valle que decidieron probar suerte e intentar ampliar su superficie productiva en Valle Medio, Enrique Villablanca probó con un montón de cultivos, pero finalmente se convenció que la pastura era lo mejor porque siempre te da una nueva chance frente a una temporada difícil.
Enrique Villablanca produce alfalfa en Valle Medio, en la localidad de Lamarque. Foto: Alejandro Carnevale.
Recorrer la chacra de Enrique Villablanca es vivenciar más de medio siglo de historia productiva del Valle Medio del río Negro en la zona de Lamarque.
En cada lote, en cada maquinaria y en cada decisión productiva aparecen las huellas de una familia que llegó a la región buscando una oportunidad y que terminó construyendo un proyecto ligado a la tierra. Hoy la alfalfa ocupa el centro de la escena, pero antes hubo verduras, viñedos, tomate para industria, tomate fresco, frutales, cerezas, maíz y servicios agrícolas.
“Mis padres llegaron acá más o menos en 1959. Venían del Alto Valle buscando una mayor extensión de tierra. Allá también eran productores, pero cuando pusieron un pie en esta zona descubrieron que tampoco era tan fácil conseguir campos”, cuenta Enrique a Río Negro Rural.
La familia logró adquirir 18 hectáreas que se repartieron entre el abuelo, el padre y un tío. Seis hectáreas para cada uno, en un Valle Medio con caminos de tierra y con una agricultura mucho más artesanal que la actual.
“Yo nací acá hace 66 años. En esa época no había nada de lo que hay hoy, la ruta era prácticamente una huella”, dice el productor.

La chacra familiar funcionaba como una unidad productiva de subsistencia. Se cultivaban verduras de estación, algo de ajo, arvejas y más tarde tomate para abastecer a las industrias que comenzaban a desarrollarse en la región. “Cosechábamos tomate con un tarrito de aceite de cinco litros. Íbamos con mis hermanos a ayudar a nuestros padres, era la forma de trabajar en aquellos años”, recuerda Villablanca.
Aquella experiencia temprana dejó una marca profunda, así como la observación del esfuerzo de sus padres. “No sobraba nada. No faltaba la comida, pero tampoco había grandes aspiraciones. La prioridad era llegar a fin de mes”, dice el productor.
El aprendizaje fuera de la chacra
A los 16 años Enrique decidió salir a buscar experiencia como empleado rural. Trabajó en el Alto Valle, en la zona de Cinco Saltos, El Chañar, Lago Pellegrini y Plottier. Hizo nivelaciones, desmontes y trabajos de maquinaria agrícola.

“Me fui porque quería aprender y también porque quería tener algo propio. Siempre tuve la idea de no depender de un empleo toda la vida”, reflexiona.
Esa experiencia resultó fundamental para lo que vendría después. Conoció distintos sistemas productivos, aprendió a manejar maquinaria y comenzó a entender que la agricultura era mucho más que sembrar y cosechar.
Al regresar a Lamarque empezó lentamente a construir su propio camino. “Había mucha tierra abandonada o poco aprovechada. Uno podía alquilar, trabajar a porcentaje o hacer mejoras para acceder a superficies mayores”.
El boom del tomate
La gran oportunidad apareció a comienzos de los años noventa. Una campaña excepcional de tomate fresco cambió el rumbo económico de su emprendimiento. “En 1993 tuve cuatro hectáreas de tomate que fueron extraordinarias, nunca más se volvió a repetir algo así. Con esas cuatro hectáreas hice una diferencia importante e invertí en maquinaria y tierra”.
Como suele ocurrir en el agro, el éxito generó entusiasmo. “Al año siguiente todos plantamos más tomate. Los productores, los profesionales que tenían chacras, los inversores. Todos hicieron lo mismo”. Esa combinación de sobreoferta unos años y problemas climáticos en otros provocó el derrumbe del negocio.
“Siempre traté de tener varias alternativas, si una actividad falla, la otra te sostiene”.
Enrique Villablanca, productor de Valle Medio.
“Hubo sobreproducción, cayó el precio y después aparecieron las tormentas, fue un desastre”, comenta Enrique de aquella traumática experiencia.
Aunque de ella saldría una enseñanza que Villablanca nunca olvidó durante toda su vida productiva: nunca apostar todo a una sola actividad.
Diversificar para sobrevivir
A partir de entonces comenzó una etapa de expansión basada en la diversificación. Incorporó frutales, cerezas, almendros y maíz, compró maquinaria y prestó servicios de nivelación y preparación de suelos. También alquiló campos y administró chacras de terceros, había energía para todo.

“Siempre traté de tener varias alternativas, si una actividad falla, la otra te sostiene”, resume .
No era una estrategia teórica, era una necesidad. “Una pedrada te puede dejar sin fruta. Una helada te puede arruinar una temporada completa. El riesgo climático siempre está”, dice, y la realidad terminó dándole la razón.
Los frutales sufrieron heladas, las cerezas enfrentaron altos costos de cosecha y logística, y los mercados se volvieron cada vez más complejos. “Con la cereza llegaba un momento en que entre la cosecha, el frío y el transporte no quedaba nada. Era mucho riesgo para muy poco margen e incluso a veces daba pérdidas”.
La elección de la alfalfa
La respuesta apareció en los propios campos. Primero como complemento y después como actividad principal. “Fui incorporando pasturas de a poco. Empecé a ver que era un cultivo mucho más estable”.
La comparación con la fruticultura era inevitable. “Con la fruta tenés que cosechar sí o sí, enfriar, embalar, vender rápido. Son productos perecederos, con la alfalfa es diferente”.
“Fui incorporando pasturas de a poco. Empecé a ver que era un cultivo mucho más estable”.
Enrique Villablanca, productor de Valle Medio.
Y resume esa diferencia en una frase contundente: “Con el pasto no necesitás cámara de frío, si no es tan bueno en calidad igual lo vas a vender, más barato pero tiene salida, no se pierde la producción”.
La resiliencia del cultivo terminó de convencerlo. “Una vez me agarró una pedrada importante. A los treinta días estaba cortando otra vez. Ahí dije: esto funciona”.
Un negocio de márgenes ajustados, pero previsibles
Villablanca no idealiza la actividad y aclara que la alfalfa no genera rentabilidades extraordinarias. “No son márgenes grandes. Nadie se va a hacer millonario con esto”. Sin embargo, destaca una ventaja decisiva. “Son márgenes más seguros, no te liquida en una temporada mala”. La clave, según explica, es el volumen.
Durante años llegó a manejar 300 hectáreas entre producción propia, alquileres y servicios, aunque hoy ronda las 150 hectáreas. “Tenés que hacer volumen, porque formás clientes y hay que cumplirles”. La estrategia permitió consolidar mercados estables y relaciones comerciales de largo plazo.
Cómo se produce alfalfa en el Valle Medio
El sistema productivo tiene sus particularidades. Las mejores fechas de implantación son entre febrero y abril, aunque también pueden realizarse siembras de primavera.

Las variedades modernas permiten alcanzar hasta seis cortes anuales. “Los primeros cortes arrancan en octubre y después cada treinta días aproximadamente”.
El manejo depende de factores como temperatura, fertilidad, humedad y calidad del suelo. “La alfalfa tiene un ciclo bastante definido. Crece, desarrolla hojas y empieza a florecer. Cuando aparece un determinado porcentaje de floración es momento de cortar”.
Los rendimientos varían según el terreno. “Los promedios pueden estar entre 600 y 700 fardos por hectárea, pero depende mucho del suelo”. Y allí aparece una de las características del Valle Medio. “En pocos metros podés tener un suelo excelente y otro lleno de piedra, eso cambia totalmente los rindes de la producción”.
Fertilidad y tecnología
La incorporación de tecnología que realizó Villablanca fue constante. Actualmente utiliza variedades resistentes a glifosato y trabaja intensamente sobre la fertilización fosforada.
“La alfalfa produce nitrógeno, pero consume mucho fósforo. Si no le devolvés fósforo al suelo, la producción cae”.
Por eso realiza aplicaciones periódicas para sostener los niveles productivos. También mejoró la nivelación de los lotes y optimizó el riego gravitacional. “Una buena nivelación hace una diferencia enorme. Te permite distribuir mejor el agua y aprovechar cada hectárea”.
El mercado forrajero
La producción de Villablanca se comercializa principalmente en forma de fardos. A diferencia de otros productores, optó por especializarse en ese segmento. “El fardo tiene un mercado más estable y permite trabajar sobre calidad”.
Gran parte de la producción se dirige a forrajerías y distribuidores. “Tengo clientes en Tierra del Fuego, en Buenos Aires y en distintos lugares del país”. Recuerda incluso operaciones de gran volumen hacia Mar del Plata, con un cliente que llegó a llevar 40.000 fardos por temporada”.
“El fardo tiene un mercado más estable y permite trabajar sobre calidad”.
Enrique Villablanca, productor de Valle Medio.
La logística fue una pieza clave para competir desde la Patagonia. “Buscábamos camiones que regresaban vacíos desde el sur, eso permitía conseguir tarifas razonables”.
Una vida construida a fuerza de trabajo
Después de décadas de actividad, Villablanca no atribuye los logros a golpes de suerte. Prefiere hablar de esfuerzo, reinversión y perseverancia. La ampliación de la superficie productiva, la compra de maquinaria y los emprendimientos familiares surgieron de la misma fuente. “Todo fue a base de trabajo, ahorro y producción”.
Mientras recorre los galpones donde se almacenan cientos de fardos, vuelve a una idea que resume toda su trayectoria. “Laburando y siendo ordenado se puede avanzar. En Argentina todavía hay posibilidades”, finalizó el productor.
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Recorrer la chacra de Enrique Villablanca es vivenciar más de medio siglo de historia productiva del Valle Medio del río Negro en la zona de Lamarque.
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