Morir buscando salud: cuando el marketing reemplaza al ladrillo

Grandes complejos deportivos no ahorran esfuerzo a la hora de fijar tarifas por los servicios que prestan, pero cuando se trata de infraestructura básica, la inversión es avara.

Por Marcelo Antonio Angriman

El sábado 6 de junio de 2026, la muerte decidió vestirse con el ropaje de lo absurdo y lo incomprensible. En un gimnasio de cadena de Bahía Blanca, Roberto Cafasso, un reconocido abogado de 69 años con una vasta trayectoria, interrumpió su rutina en la máquina elíptica en un entrepiso.

Al bajarse , buscó un punto de apoyo y se recostó sobre un banner plástico. El mismo cedió cayendo al vacío desde varios metros, apagando así su vida de manera intempestiva.

Resulta de una obviedad patética señalar lo paradójico del suceso. Uno acude a estos lugares de bienestar moderno, persiguiendo un fin inequívocamente salutífero. Caminamos, corremos o pedaleamos para alejarnos de la quietud que nos acerca a la muerte. Cruzar el umbral de un gimnasio implica, desde la lógica del consumidor, ponerse a resguardo.

Por eso, que la muerte te espere agazapada detrás de una lona publicitaria, transformando un ejercicio aeróbico en una caída libre mortal, es un artero desatino, difícil de digerir.

El hecho desnuda, en primer lugar, la alarmante preeminencia del negocio por sobre la seguridad. Estamos hablando de grandes complejos deportivos que no escatiman esfuerzo a la hora de fijar tarifas por los servicios que prestan.

Sin embargo, cuando se trata de la infraestructura básica, la inversión se vuelve avara. Levantar una pared sólida, colocar una baranda reglamentaria de hierro o asegurar un cerramiento real en un entrepiso de uso público no representa un costo considerable.

En el caso en cuestión el ladrillo cedió por el marketing y el cemento por la cosmética visual. Pero tal lógica es solo una de las caras de la moneda, la otra es la indolencia estatal en su letargo burocrático.

El deber de policía en materia de habilitaciones y controles periódicos no puede ser una mera formalidad de sellos. No alcanza con visar un expediente al inicio de una actividad comercial para luego abandonar el lugar a su suerte. Si el Estado abdica de su rol de garante de la seguridad pública, las habilitaciones se transforman en una burda parodia de legalidad.

La Justicia penal y civil determinará las responsabilidades del caso, pero ya existen antecedentes en la región en este último fuero. Como bien lo ha establecido la Cámara Civil de Neuquén en el precedente “S.R.A. c/ L.W.A s/Daños y Perjuicios. MJ-JU-120768- AR”, la relación entre el titular de un gimnasio y quien utiliza sus instalaciones es una típica relación de consumo.

De ella se deriva, un deber accesorio de seguridad de naturaleza objetiva. Quien explota un establecimiento de este tipo no solo debe proveer las máquinas, sino garantizar que el usuario saldrá sano y salvo del recinto. El factor de atribución es la garantía de indemnidad que pesa sobre el proveedor, y ese deber no admite excusas.

En “El decálogo del Profesor activo” ( Editorial Universidad Nacional del Comahue Pàg.46), hicimos hincapié en la urgente necesidad de estructurar lo que se denomina la «cultura del cuidado». El art. 1710 CCYC consagra un deber genérico de prevención que obliga a toda persona y organización a actuar de buena fe para evitar la producción de un daño. Un mapa de riesgos implica auditar cada rincón: medir la resistencia de los cerramientos, evaluar las zonas de ventilación, señalizar los desniveles y desterrar cualquier trampa visual.

En definitiva, se trata de prestigiar la seguridad como paso previo al negocio. No podemos permitir que las instituciones destinadas a promover la salud sigan funcionando bajo una mirada que separa el rendimiento económico de la protección humana.

Como suelo reiterar para llegar al músculo no hay vuelos directos; primero hay que hacer escala en la inteligencia y en la emoción. Del mismo modo, para que un gimnasio sea un verdadero sitio de salud, no bastan los espejos ni las máquinas sofisticadas. Si no entendemos que la prevención es el piso sobre el cual se apoya el movimiento, seguiremos dejando que la indolencia decida nuestras vidas.

El tren de la conciencia preventiva está en la estación y ya han tocado las últimas campanadas. Quien tenga oídos, que escuche, antes de que el próximo vagón de la desidia nos vuelva a arrastrar irremediablemente hacia el abismo.

*Abogado. Prof. Nacional de Educación Física. Docente Universitario. angrimanmarcelo@gmail.com


El sábado 6 de junio de 2026, la muerte decidió vestirse con el ropaje de lo absurdo y lo incomprensible. En un gimnasio de cadena de Bahía Blanca, Roberto Cafasso, un reconocido abogado de 69 años con una vasta trayectoria, interrumpió su rutina en la máquina elíptica en un entrepiso.

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