Empezaron con una rotisería, atravesaron sequías y nunca dejaron de reinvertir: hoy desarrollan un modelo ganadero en casi 8.000 hectáreas de la Patagonia
Comenzaron hace más de tres décadas con un pequeño comercio dedicado a la venta de pollo, que terminó convirtiéndose en una empresa familiar que integra producción agrícola, ganadería de ciclo completo y turismo. Oscar y Gustavo apostaron siempre a reinvertir y hoy manejan un sistema donde la cría se desarrolla en secano y la recría y terminación se sostienen con la producción bajo riego del Idevi.
La camioneta avanza lentamente por los caminos internos del establecimiento. Durante la recorrida con RÍO NEGRO RURAL, Oscar Rama va deteniéndose en cada lote, cada corral y cada cultivo para explicar cómo funciona el sistema productivo que construyó junto a su hermano Gustavo y su familia. Habla de maíz, de vacas, de sequías, de tecnología y de los proyectos que todavía quiere concretar.
«Para llamarme productor todavía me falta mucho», la frase sorprende, junto a su hermano Gustavo y su familia construyó un sistema que hoy integra cerca de 8.000 hectáreas de secano, más de 250 hectáreas bajo riego en el Valle de Viedma, un rodeo de alrededor de 1.800 cabezas, entre ellas unas 650 vacas madre, y un esquema de producción de ciclo completo que abarca desde la cría hasta la terminación. Sin embargo, insiste en que todavía aprende todos los días y que el campo es una actividad en la que nunca se deja de incorporar conocimientos.
Durante toda la recorrida hay una constante. Casi nunca habla en primera persona. «Cuando digo ‘nosotros’ es porque siempre estuvo mi hermano Gustavo, mis hijos y toda la familia», aclara antes de comenzar a contar una historia que empezó mucho antes de que existieran los corrales, el feedlot o las chacras bajo riego del Idevi
Un nuevo comienzo lejos de Bahía Blanca
La vida de Oscar cambió demasiado temprano. Tenía apenas 17 años cuando falleció su padre, Don Osvaldo, una figura que todavía aparece una y otra vez en sus recuerdos y que, sin saberlo, terminaría dejando su nombre en uno de los emprendimientos familiares más importantes.
Al año siguiente decidió empezar de nuevo. Con apenas 18 años dejó Bahía Blanca y llegó a Viedma acompañado por un primo. Tiempo después regresó a buscar a quien era su novia desde hacía una década y juntos comenzaron una nueva vida en la capital rionegrina.

«Me vine recién casado y acá armamos la familia», resumió. Con su esposa llevan más de cuatro décadas compartiendo el mismo proyecto de vida. Tuvieron tres hijos, que crecieron prácticamente entre los mostradores del negocio familiar y hoy continúan vinculados a las distintas empresas.
Reconoce, incluso entre risas, que intentó despertarles la misma pasión por el campo que él siente desde chico. «Quise traer alguno para trabajar más acá, pero el corazón de ellos está en Zatti Pollo», dice sin resignación, entendiendo que cada generación encuentra su propio lugar.
«Hay gente que empezó con nosotros hace más de treinta años. Algunos ya se están jubilando y ahora trabajan sus hijos. Ya no son empleados, son parte de la familia».
La frase no suena protocolar. Durante toda la recorrida saluda a cada trabajador por su nombre, pregunta cómo avanzan las tareas y explica con orgullo que buena parte del crecimiento fue posible gracias a ese equipo que conoce cada rincón del establecimiento.
Zatti Pollo, el origen de una empresa familiar
Aunque hoy el campo ocupa gran parte de sus días, la historia comenzó muy lejos de la ganadería.
Junto con Gustavo, abrió un pequeño negocio dedicado a la venta de pollo fresco. Con el tiempo incorporaron comidas elaboradas y así nació Zatti Pollo, una firma que fue creciendo hasta convertirse en una referencia para los vecinos de Viedma.
Oscar recuerda aquellos años como una etapa de muchísimo trabajo, pero también de aprendizaje. La prioridad nunca fue gastar lo que el negocio generaba, sino reinvertirlo. «Nunca vivimos del campo. Todo lo que iba dejando el negocio lo volvíamos a invertir», explicó.
Ese concepto terminaría marcando el ADN de la empresa. No hubo grandes inversiones de golpe ni expansiones aceleradas. Cada nuevo paso surgía gracias al resultado del anterior. Primero crecieron los locales comerciales. Después aparecieron las primeras chacras. Más tarde llegaron los animales y, finalmente, los campos.

Fue una construcción paciente, casi artesanal, donde cada decisión buscaba consolidar la anterior antes de pensar en la siguiente.
Las primeras chacras fueron adquiridas a comienzos de la década del noventa. En ese momento la actividad principal estaba lejos de la hacienda. Allí cultivaban hortalizas y frutas, mientras el comercio seguía siendo el principal sostén económico de la familia.
Sin embargo, Oscar nunca dejó de mirar hacia el campo. «Siempre me gustó. Cuando apareció la oportunidad, no la dejamos pasar».
Ese gusto sería el motor de una transformación que, con el tiempo, terminaría llevando a la empresa mucho más allá de la producción hortícola.
De las hortalizas a la hacienda: un crecimiento paso a paso
La primera experiencia con animales, incluso, no fue con bovinos sino con cerdos. La decisión surgió casi de manera natural. La elaboración diaria de comidas en Zatti Pollo generaba una importante cantidad de recortes y sobrantes de pollo en perfecto estado sanitario que, lejos de convertirse en un desperdicio, podían transformarse en alimento. «Queríamos convertir parte del descarte del negocio en carne», recordó Oscar.

Así comenzó una producción porcina que permitió aprovechar esos subproductos y sumar una nueva actividad. Durante un tiempo funcionó muy bien, pero a medida que crecían las demás unidades de negocio, la atención que requerían los cerdos empezó a convertirse en una dificultad. «Llegó un momento en que no dábamos abasto. El cerdo necesita mucha dedicación y decidimos dejar esa actividad», contó.
Aprender antes de producir en la Patagonia
El ingreso definitivo al mundo ganadero tampoco fue convencional. Sin campos propios donde criar animales, Oscar y Gustavo comenzaron comprando terneros y terneras que luego entregaban en capitalización a productores de Patagones y Viedma.
Ellos aportaban la inversión y los productores ponían los campos, el manejo y la experiencia diaria. «Nosotros participábamos solamente desde lo económico. Los animales estaban en campos de otros productores y ellos hacían todo el trabajo», explicó.
Aquella etapa fue, en realidad, una escuela. Les permitió conocer el negocio desde adentro, observar distintos sistemas de manejo y entender cómo funcionaba la actividad antes de asumir el desafío de producir por cuenta propia.

Después de algunos años apareció una oportunidad que cambiaría definitivamente el rumbo de la empresa. Un productor amigo les ofreció alquilar un campo. Más adelante también les dio facilidades para comprarlo.
Ese momento marcó un antes y un después. Toda la hacienda que hasta entonces estaba distribuida en distintos establecimientos fue trasladada al nuevo campo. «Ahí dejamos de compartir kilos y pasamos a ser productores nosotros», resumió Oscar.
No fue solamente un cambio de propiedad. También cambió la forma de pensar el negocio. A partir de ese momento ya no alcanzaba con comprar animales, había que planificar la producción, manejar los rodeos, tomar decisiones reproductivas, organizar las pasturas y asumir todos los riesgos propios de la actividad.
Primero la cría, después el ciclo completo
El crecimiento volvió a ser gradual. Con el correr de los años incorporaron nuevos campos, ampliaron la superficie y comenzaron a reunir vacas de cría. El rodeo crecía lentamente, acompañado por cada nueva inversión que permitía la empresa.
«Primero hacíamos solamente cría. Después compramos otro campo del lado de O’Connor y seguimos haciendo cría. Más adelante incorporamos otro establecimiento vecino y recién ahí empezamos a pensar en hacer el ciclo completo».
Oscar insiste varias veces en que nunca buscaron crecer de manera acelerada. Cada decisión respondía a una necesidad concreta y solamente avanzaban cuando el paso anterior estaba consolidado.
Mientras el rodeo aumentaba, Zatti Pollo seguía funcionando y permitía financiar muchas de las inversiones. «Nunca vivimos exclusivamente del campo. Eso nos dio la posibilidad de reinvertir todo lo que generaba la ganadería«.
Un sistema donde cada campo cumple una función
La gran transformación de la empresa llegó después de una de las peores sequías que recuerda Oscar. Hasta ese momento, la ganadería se desarrollaba principalmente en los campos de secano y las chacras bajo riego eran una actividad complementaria. La pérdida de gran parte del rodeo los obligó a replantear todo el esquema. «Nos agarró con más de 400 vientres y salvamos poco más de 100. Tuvimos que volver a empezar», recordó.
La recuperación demandó años. Decidieron retener todas las terneras nacidas para reconstruir el plantel de madres y vender únicamente los machos para generar ingresos. Pero, además de recomponer el rodeo, comprendieron que necesitaban una estrategia que les permitiera enfrentar futuras crisis climáticas. «Ahí dijimos que el seguro del secano tenía que ser el Idevi», resumió.
Esa decisión cambió por completo la lógica de la empresa. Desde entonces, cada establecimiento comenzó a cumplir una función específica dentro de un sistema integrado. La cría quedó concentrada en los campos de secano, mientras que la recría, la terminación y la producción de alimentos pasaron a desarrollarse bajo riego.
Entre campos propios y alquilados hoy manejan cerca de 8.000 hectáreas de secano distribuidas principalmente en la zona de O’Connor, además de La Segundina, un campo alquilado sobre el camino 17, y otro establecimiento del lado bonaerense de Patagones. Allí mantienen alrededor de 650 vacas madre, con índices de preñez cercanos al 85%, un porcentaje que Oscar considera muy bueno para las condiciones propias del monte patagónico.

Los terneros nacen y permanecen junto a sus madres hasta alcanzar entre 160 y 180 kilos, aunque ese peso depende de cómo venga cada temporada. «Hoy hay muchas herramientas, antes era mucho más complicado; ahora podés sacar un ternero mucho más liviano sin poner en riesgo su desarrollo», explicó.
Una vez destetados, todos los animales son trasladados al Idevi. Allí comienza la recría, una etapa completamente pastoril que se apoya en las pasturas implantadas y en las reservas forrajeras que produce el propio establecimiento. «Nosotros no compramos terneros; hacemos todo el circuito con nuestros animales», aclaró.
La alimentación durante esa etapa combina alfalfa, verdeos de avena y cebada, silo de maíz y rollos confeccionados por la propia empresa. La intención no es solamente sumar kilos, sino permitir que el animal complete su desarrollo antes de ingresar al corral. «El Idevi nos permitió dejar de depender exclusivamente del monte. Acá producimos la comida y la llevamos al momento en que el secano más la necesita», explicó. En la recría consiguen ganancias de peso cercanas a los 800 gramos diarios y, cuando los novillos alcanzan aproximadamente los 300 kilos, pasan a la etapa final del ciclo.
La terminación se realiza íntegramente a corral. Los animales permanecen allí alrededor de 90 días, aunque los primeros veinte corresponden a un proceso de acostumbramiento indispensable para adaptar el rumen a una dieta rica en maíz. Durante ese período reciben rollos y pequeñas cantidades de grano mezcladas con un núcleo proteico que favorece el desarrollo de las bacterias necesarias para digerir ese alimento. «El ganado es un rumiante preparado para comer pasto, si lo pasás directamente al maíz podés tener problemas de acidosis y perder el animal», contó Oscar.
Una vez completada esa adaptación, los novillos consumen maíz producido en el establecimiento y el núcleo mineral, el único alimento que compran fuera de la empresa. Con ese manejo logran ganancias de peso de entre 1,3 y 1,5 kilos diarios y los animales salen para faena con un peso promedio de entre 400 y 420 kilos. «El feedlot tiene una ventaja muy grande: sabés el día que entra el animal y prácticamente sabés el día que va a salir», resumió.

Para sostener ese sistema, la producción agrícola ocupa un lugar tan importante como la ganadería. En las chacras del Idevi siembran maíz, alfalfa, avena y cebada, cultivos que no están pensados para venderse sino para alimentar al rodeo durante todo el año. El maíz destinado a grano alcanza rendimientos cercanos a los 10.000 kilos por hectárea, mientras que el utilizado para silo produce entre 40.000 y 50.000 kilos.
La alfalfa cumple un doble papel: una parte se aprovecha mediante pastoreo directo y otra se destina a la confección de rollos que luego sirven como reserva. La avena y la cebada permiten generar verdeos de invierno y también producir rollos de excelente calidad para distintas categorías de hacienda. «Prácticamente hacemos toda la comida. Lo único que compramos es el núcleo para la terminación», señaló.
La búsqueda permanente de eficiencia también los llevó a incorporar nuevas tecnologías. En los últimos años comenzaron a trabajar con nivelación láser para mejorar el manejo del riego y realizan ensayos de siembra con drones, implantando avena sobre lotes de maíz próximos a cosecha para aprovechar mejor cada hectárea y reducir costos. También producen reservas suficientes para mantener alimento de una campaña a la otra, de manera que las sequías ya no obliguen a desprenderse del rodeo. «La idea era que las chacras fueran el seguro del secano. Si viene un año malo, la comida tiene que estar guardada», comentó.
Ese concepto atraviesa toda la organización de la empresa. Incluso las vacas de mayor edad tienen un manejo específico. En lugar de descartarlas apenas disminuye su productividad, son trasladadas a las chacras bajo riego, donde reciben una alimentación diferencial para realizar una última parición antes de salir del sistema. Allí aprovechan silo, rollos y verdeos que les permiten llegar en mejores condiciones al mercado. «En el secano esas vacas se morirían. Acá todavía pueden dejar un ternero más y después cambiar de categoría«, contó mientras muestra uno de los lotes donde permanecen esos vientres.
El próximo paso ya tiene nombre. Este año incorporaron otras 60 hectáreas bajo riego con la idea de avanzar en un proyecto que Oscar viene imaginando desde hace tiempo: desarrollar una cabaña de reproductores Hereford. El objetivo es comenzar a seleccionar las mejores madres del propio rodeo, retomar los programas de inseminación artificial -que suspendieron durante los años más duros de la sequía- y producir sus propios reproductores. «Siempre fuimos creciendo de a poco y aprendiendo en el camino. La cabaña será otro paso más», afirmó.

Mientras termina la recorrida, vuelve a mirar los lotes de maíz, los corrales y las pasturas. Entonces resume en una frase la lógica que fue construyendo durante más de tres décadas: «El agua es vida y es plata». Detrás de esas pocas palabras está la explicación de todo el sistema. El secano aporta la base de la cría, pero es el bajo riego el que garantiza la comida, permite cerrar el ciclo productivo y le da estabilidad a una empresa que aprendió, después de las sequías, que producir también es saber prepararse para los años difíciles.
La camioneta avanza lentamente por los caminos internos del establecimiento. Durante la recorrida con RÍO NEGRO RURAL, Oscar Rama va deteniéndose en cada lote, cada corral y cada cultivo para explicar cómo funciona el sistema productivo que construyó junto a su hermano Gustavo y su familia. Habla de maíz, de vacas, de sequías, de tecnología y de los proyectos que todavía quiere concretar.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora
Comentarios