Sueños hegemónicos

Redacción

Por Redacción

Desde los primeros gobiernos de Juan Domingo Perón, ningún otro, ni siquiera los militares, se ha esforzado tanto como el de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner por hacer de su propio discurso el pensamiento único de los argentinos. Si bien respeta formalmente la libertad de expresión, aprovecha sin miramientos el poder económico –es decir, los miles de millones de pesos aportados por los contribuyentes– que maneja para subsidiar medios afines y discriminar a aquellos que no lo son. Ha transformado Télam en una usina de propaganda kirchnerista impúdica y a menudo grotesca, además de presionar a canales televisivos en teoría independientes para que ayuden a difundir las doctrinas oficiales, bombardeando así a la población de mensajes tendenciosos en el marco de una supuesta “batalla cultural”. Por lo demás, el gobierno de Cristina cuenta con la colaboración entusiasta de muchos personajes que, a través de amenazas y afiches insultantes, tratan de desacreditar a cualquier medio o persona que se anima a criticarlo. Frente al panorama así supuesto, en su informe anual más reciente sobre la libertad de prensa la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (Adepa) no pudo sino manifestar su repudio a la ofensiva oficialista que, con razón, atribuye a “una concepción totalizadora del poder” que “no admite opiniones críticas y se propone instalar en la conciencia colectiva el discurso de quienes gobiernan”. A nadie le preocuparía que los voceros oficiales defendieran sus puntos de vista con vehemencia o que en ocasiones polemizaran con periodistas determinados u otros que no comparten sus ideas, pero por desgracia muchos kirchneristas, incluyendo a la mismísima presidenta Cristina, nunca han tenido la menor intención de limitarse a contraatacar verbalmente a sus adversarios. Acaso por entender que sus planteos convencerían a muy pocos a menos que se vieran respaldados por el poder económico abrumador del Estado nacional que en su opinión les pertenece, se las han arreglado para colonizar partes crecientes del universo mediático con el propósito evidente de crear, en base al “capitalismo de los amigos”, su propio imperio periodístico. Aunque sus esfuerzos en tal sentido distan de haber sido exitosos –el tiraje de los medios gráficos oficialistas es reducido–, los beneficiados por su generosidad interesada, muchos de ellos oficialistas consuetudinarios, ya conforman una especie de claque que, es innecesario decirlo, hará cuanto le resulte necesario para persuadir a sus referentes en el gobierno de que si consigue aún más dinero no tardará en seducir al público. Mal que les pese a la presidenta Cristina y sus adláteres, el intento sumamente costoso de hacer de su “relato” la única verdad nacional que han emprendido está condenado al fracaso. La Argentina no es una república bananera habitada por humildes obsecuentes sino un país pluralista, de cultura rica, que ya está acostumbrado a ver pasar las sucesivas modas políticas e ideológicas. Aun cuando el “relato” oficial fuera mucho más sofisticado de lo que es, siempre habría muchos que, luego de analizarlo, decidirían que no refleja la realidad. Puesto que en el fondo se trata meramente de consignas pueriles acompañadas por una lectura tergiversada del pasado reciente, algunos meses de crisis económica serían más que suficientes para que la mayoría dejara de prestarle atención. Mientras tanto, no sólo los vinculados con los medios periodísticos sino también todos los comprometidos con la libertad de expresión tendrán que soportar las embestidas de una pequeña minoría de personajes de mentalidad nada democrática que, merced a su relación con el poder político, se han visto ante una oportunidad tal vez irrepetible para sembrar sus ideas sectarias y que, desde luego, no quieren desaprovecharla. ¿Cree la presidenta que tales individuos la han ayudado a disfrutar del apoyo electoral de por lo menos la mitad de la ciudadanía? Es de suponer que sí, ya que de otro modo no les suministraría los cuantiosos fondos que están recibiendo, pero en ese caso se equivoca. Los resultados de las primarias nos enseñaron que, a la hora de votar, la influencia de hasta los medios más populares es reducida; por lo tanto, entregar más dinero a los medios oficialistas no le servirá para nada.


Desde los primeros gobiernos de Juan Domingo Perón, ningún otro, ni siquiera los militares, se ha esforzado tanto como el de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner por hacer de su propio discurso el pensamiento único de los argentinos. Si bien respeta formalmente la libertad de expresión, aprovecha sin miramientos el poder económico –es decir, los miles de millones de pesos aportados por los contribuyentes– que maneja para subsidiar medios afines y discriminar a aquellos que no lo son. Ha transformado Télam en una usina de propaganda kirchnerista impúdica y a menudo grotesca, además de presionar a canales televisivos en teoría independientes para que ayuden a difundir las doctrinas oficiales, bombardeando así a la población de mensajes tendenciosos en el marco de una supuesta “batalla cultural”. Por lo demás, el gobierno de Cristina cuenta con la colaboración entusiasta de muchos personajes que, a través de amenazas y afiches insultantes, tratan de desacreditar a cualquier medio o persona que se anima a criticarlo. Frente al panorama así supuesto, en su informe anual más reciente sobre la libertad de prensa la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (Adepa) no pudo sino manifestar su repudio a la ofensiva oficialista que, con razón, atribuye a “una concepción totalizadora del poder” que “no admite opiniones críticas y se propone instalar en la conciencia colectiva el discurso de quienes gobiernan”. A nadie le preocuparía que los voceros oficiales defendieran sus puntos de vista con vehemencia o que en ocasiones polemizaran con periodistas determinados u otros que no comparten sus ideas, pero por desgracia muchos kirchneristas, incluyendo a la mismísima presidenta Cristina, nunca han tenido la menor intención de limitarse a contraatacar verbalmente a sus adversarios. Acaso por entender que sus planteos convencerían a muy pocos a menos que se vieran respaldados por el poder económico abrumador del Estado nacional que en su opinión les pertenece, se las han arreglado para colonizar partes crecientes del universo mediático con el propósito evidente de crear, en base al “capitalismo de los amigos”, su propio imperio periodístico. Aunque sus esfuerzos en tal sentido distan de haber sido exitosos –el tiraje de los medios gráficos oficialistas es reducido–, los beneficiados por su generosidad interesada, muchos de ellos oficialistas consuetudinarios, ya conforman una especie de claque que, es innecesario decirlo, hará cuanto le resulte necesario para persuadir a sus referentes en el gobierno de que si consigue aún más dinero no tardará en seducir al público. Mal que les pese a la presidenta Cristina y sus adláteres, el intento sumamente costoso de hacer de su “relato” la única verdad nacional que han emprendido está condenado al fracaso. La Argentina no es una república bananera habitada por humildes obsecuentes sino un país pluralista, de cultura rica, que ya está acostumbrado a ver pasar las sucesivas modas políticas e ideológicas. Aun cuando el “relato” oficial fuera mucho más sofisticado de lo que es, siempre habría muchos que, luego de analizarlo, decidirían que no refleja la realidad. Puesto que en el fondo se trata meramente de consignas pueriles acompañadas por una lectura tergiversada del pasado reciente, algunos meses de crisis económica serían más que suficientes para que la mayoría dejara de prestarle atención. Mientras tanto, no sólo los vinculados con los medios periodísticos sino también todos los comprometidos con la libertad de expresión tendrán que soportar las embestidas de una pequeña minoría de personajes de mentalidad nada democrática que, merced a su relación con el poder político, se han visto ante una oportunidad tal vez irrepetible para sembrar sus ideas sectarias y que, desde luego, no quieren desaprovecharla. ¿Cree la presidenta que tales individuos la han ayudado a disfrutar del apoyo electoral de por lo menos la mitad de la ciudadanía? Es de suponer que sí, ya que de otro modo no les suministraría los cuantiosos fondos que están recibiendo, pero en ese caso se equivoca. Los resultados de las primarias nos enseñaron que, a la hora de votar, la influencia de hasta los medios más populares es reducida; por lo tanto, entregar más dinero a los medios oficialistas no le servirá para nada.

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