De ayudante en la Cooperativa Obrera de Neuquén a ir a trabajar en helicóptero en Suiza: Facu, el carpintero que supo construir su futuro
Facundo Bassi nació y se crió en Bahía Blanca a media cuadra de la casa de Lautaro Martínez, vivió en la capital neuquina y de ahí voló a Europa. Aprendió el oficio en Alemania y hoy construye con madera en los Alpes. Con lo ahorrado, compró un campo en Médanos para volver a apostar todo en el sur: una inspiradora historia sobre cómo moldear el propio destino.

Un día, hace nueve años, Facundo Bassi decidió irse de su Bahía Blanca natal: a los 22, quería probar cómo era despegar de la familia, vivir solo, empezar a construir el futuro. Dejó el barrio Villa Mitre donde se crió, a media cuadra de la casa de Lautaro Martínez, uno más de la barra en la cancha de básquet. El camino lo llevó primero a Neuquén capital: consiguió trabajo como ayudante de supervisión en la Cooperativa Obrera, alquiló cerca del estadio Ruca Che y disfrutaba de ir al Paseo de la Costa y los partidos de fútbol con sus nuevos amigos del norte de la Patagonia. A su modo, fue un pionero de la ciudad de los 15 minutos: como no tenía auto, para ir mucho más lejos no daba. Pero al final se fue lejísimo en avión: esa cultura escandinava que tanto le llamaba la atención cuando se sentaba a curiosear en la computadora, lo decidió a obtener la visa Work & Holiday cada vez más popular entre los jóvenes que buscan conocer otras culturas. Eligió ir a trabajar tres meses a Suecia. Fue abrir la puerta de un mundo de oportudidades, pero entonces, claro, no lo sabía.
De Neuquén a Estocolmo
Le pidió a su hermana que le preparara el terreno con la mamá: sabía que le iba a costar aceptarlo y por si faltara un detalle ella era fana de la Cope y estaba orgullosa del empleo de su hijo, que había entrado en Bahía y después continuó en Neuquén. Misión cumplida: lo entendió y él voló a Estocolmo más tranquilo, pese a los llantos de la despedida.

En el tren, sin Wifi, con un mapa descargado en el celular, se perdió tres veces hasta bajar en un pueblito que no era el acordado con su anfitrión, que igual fue a buscarlo a esa otra estación: le daría hospedaje y comida a cambio de su trabajo como voluntario en la forestación. Después lo condujo un buen rato por el bosque hasta llegar a destino. Ya era de noche, tarde, y en la casa había otros suecos rubios y altos.



Cuando se sentaron a comer y por fin iba a probar la lasagna que lo tentaba, un coro gutural lo sobresaltó: los suecos golpeaban la mesa, cantaban con voz grave como los noruegos del remo en el Mundial y se tomaban un shot de un trago. Si en el viaje le generaba inquietud no saber cómo serían los dueños de la casa dónde se iba a alojar, su primera noche nórdica había arrancado por lo menos extraña.
-Qué susto me pegué -cuenta ahora con una sonrisa desde la aldea de montaña de los Alpes suizos donde trabaja como carpintero.



Al trabajo en los Alpes suizos en helicóptero
Integra un equipo experimentado que ha hecho chalets, hoteles y hasta puentes. Se especializan en el sistema Wood Frame de construcción en seco con placas y tabiques de madera y por estos días trabajan en cabañas en esos paisajes de cuento. Los llevan los lunes a la mañana en helicóptero y los buscan los viernes por la tarde. Entonces vuelve a Brig, cerca de la frontera con Italia, donde vive con su novia.


Los helicópteros son habituales allí: los autos no llegan, los camiones menos y a pie son dos horas de marcha. No hay otra forma con los materiales pesados y la empresa prefiere que el personal sube y baje rápido.
-Podés ver veinte en un día -dice Facu: acostumbrado a verlos, a viajar, ya no le llaman tanto la atención. Explica además que con tanto movimiento de aeronaves los drones tienen zonas restringidas.
Pero nueve años antes de eso, la segunda vez que gritaron los suecos, cuando habían pasado apenas diez minutos de los primeros alaridos y en los platos desaparecía la lasagna, ya se sobresaltó un poco menos. A la tercera, lo tomó como un curioso rito vikingo y se prendió a cantar con ellos y aceptó el shot para no desentonar. Ahora, a la distancia sólo puede hablar bien de aquella experiencia sueca, de su anfitrión y su esposa, tan amable como él.
Cuando estaba por terminarse su estadía, convencido de que quería continuar su aventura europea, contactó a familiares lejanos que tenía en Italia para ver si le podían dar una mano para conseguir el pasaporte y poder moverse en el Viejo Mundo sin restricciones en las fronteras. Tenía un abuelo italiano, pero ni un solo papel. Rastreó a los parientes por Facebook, les escribió y le respondieron que viajara a Fermo, que lo iban a ayudar.
No tenía forma de imaginar que después lo contratarían en Holanda para cuidar un perro en Navidad y Año Nuevo, que sería ayudante de cocina en ese paraíso que es la isla de Elba, que entrenaría caballos para un circo ni que arreglaría órganos de las iglesias en Alemania junto a un maestro en la materia apasionado por el tango que hablaba español y que con su círculo de amigos del sauna de cada día le abriría las puertas de otro mundo, ese que lo llevaría a las cabañas de los Alpes suizos en helicóptero.
Pero para todo eso lo primero fue conseguir el pasaporte.
El pasaporte italiano en un mes
Fermo es una ciudad de unos 37.500 habitantes en el centro este de Italia, sobre la colina de Sábulo, a unos seis kilómetros de la costa del Adriático y a 250 km de Roma. Allí los familiares lejanos lo recibieron con los brazos abiertos, empezando por el primo segundo que lo esperó en la estación de tren y lo contactó con empleados que conocía en el edificio comunal para que lo ayudaran con la gestión.


Se trata de una ciudad hermana de Bahía Blanca, por el peso de los inmigrantes italianos en el sur bonaerense. Con esa combinación de factores a favor, en solo un mes Facundo tenía su pasaporte. En Italia trabajó un tiempo más, primero como voluntario en una plantación de olivos y después en un restaurante en Elba, la joya en el mar Tirreno del exilio de Napoleón en 1814. Al oeste de Italia, es la isla más grande de la Toscana, se llega en ferry y es un imán para el turismo.
Creyó también que sería a cambio de casa y comida, pero lo sorprendieron con un sueldo de 1.300 euros. Recuerda aquella alegría, como el punto de las guarniciones y las ensaladas que tenía listas cuando llegaba el chef y los chapuzones en las piletas del complejo turístico al terminar el turno.
Después comenzó su largo periplo de aventuras europeas. Y si en Suecia lo sorprendieron con el canto y el shot en la cena, en Alemania lo impactó otro ritual cotidiano: el sauna.
Alemania: de arreglar órganos en las iglesias a formarse como carpintero
En Baviera, aquel único maestro autorizado en la fabricación de una pieza clave y en la reparación de órganos le ofreció trabajo y así pasaron por más de 30 iglesias. Pronto lo invitó a sumarse al sauna de cada atardecer con mayoría de alemanes que hablaban o entendían el español y disfrutaban de la conversación y el relax. Uno de ellos, tenía una empresa de carpintería y le dijo que si le interesaba tenía un empleo para él. Aceptó enseguida. Así se metió en ese mundo que le resultaría cada vez más apasionante.



Pronto, una pareja de arquitectos, también habitués del sauna, le propuso sumarse a la construcción de su casa. Otra vez aceptó enseguida: ya tenía dos empleos.
–Trabajaba de lunes a lunes, terminaba molido, pero valió la pena -dice Facundo. Estudió, hizo cursos, se capacitó. Y cada vez sumó más herramientas.
Eso, cree, tiene que ser un inmigrante: un cazador de oportunidades que debe esforzarse, mostrarse predispuesto, aprender. La escala alemana duró tres años y regresó a la Argentina un mes para visitar a la familia y viajar hasta Ushuaia a dedo. De regreso a Europa, comenzó la etapa en Suiza, que ya lleva cinco años.
En todo este tiempo, nunca detuvo su formación, que aún continúa con cursos virtuales universitarios. Hace tres, y está anotado para otros tres cuando los termine.
Hoy, en los Alpes suizos donde transcurre su semana, le gusta contemplar las construcciones que se extienden en el horizonte, esa mágica combinación de piedra y madera.


-La arquitectura acá me encanta. Saben cómo conservar lo antiguo y al mismo tiempo modernizar sin que se pierda el estilo, la estructura y el diseño originales -dice. Disfruta, también, de que la carpintería sea tan valorada allí. Y de la planificación para que cada oficio, del electricista al plomero, tenga su espacio y su momento sin roces innecesarios durante la obra.
Ya es hora de volver a casa
Con todo ese bagaje, tiene previsto volver a la Argentina pronto.
Planea abrir una carpintería en Bahía Blanca y con lo que ahorró compró un campo de veinte hectáreas en Médanos. Allí plantará los árboles con los que se proveerá de madera y conservará los almendros.

Estos últimos meses con su novia en Europa son de puro ahorro y horas extras antes de volver al país. Ella es abogada, trabaja en un restaurante de comida mexicana y planea abrir su estudio al volver a Bahía.
Cada vez falta menos. El retorno le dará también a Facundo la oportunidad de visitar en Neuquén a los amigos de aquellos tiempos en que empezó a construir su futuro con sus propias manos.
Podés seguir acá a Facu y sus aventuras en la construcción en Europa
Seguí el canal de WhatsApp del suplemento Arquitectura y Diseño de Diario RÍO NEGRO con información de los proyectos más interesantes de Río Negro, Neuquén y toda la Argentina.

Un día, hace nueve años, Facundo Bassi decidió irse de su Bahía Blanca natal: a los 22, quería probar cómo era despegar de la familia, vivir solo, empezar a construir el futuro. Dejó el barrio Villa Mitre donde se crió, a media cuadra de la casa de Lautaro Martínez, uno más de la barra en la cancha de básquet. El camino lo llevó primero a Neuquén capital: consiguió trabajo como ayudante de supervisión en la Cooperativa Obrera, alquiló cerca del estadio Ruca Che y disfrutaba de ir al Paseo de la Costa y los partidos de fútbol con sus nuevos amigos del norte de la Patagonia. A su modo, fue un pionero de la ciudad de los 15 minutos: como no tenía auto, para ir mucho más lejos no daba. Pero al final se fue lejísimo en avión: esa cultura escandinava que tanto le llamaba la atención cuando se sentaba a curiosear en la computadora, lo decidió a obtener la visa Work & Holiday cada vez más popular entre los jóvenes que buscan conocer otras culturas. Eligió ir a trabajar tres meses a Suecia. Fue abrir la puerta de un mundo de oportudidades, pero entonces, claro, no lo sabía.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora
Comentarios