A los 77 años, el fuego interior sigue en marcha

Con una extensa trayectoria en pruebas de regularidad, Juan recorrió unos 7.000 kilómetros junto a su sobrino en un clásico de Renault. Una historia de perseverancia, familia y pasión por los autos.

Redacción

Por Redacción

Con una extensa trayectoria en pruebas de regularidad, Juan recorrió unos 7.000 kilómetros junto a su sobrino en un clásico de Renault, la coupé Fuego. Una historia de perseverancia, familia y pasión por los autos.

Con una extensa trayectoria en pruebas de regularidad, Juan recorrió unos 7.000 kilómetros junto a su sobrino en un clásico de Renault, la coupé Fuego. Una historia de perseverancia, familia y pasión por los autos.

A los 77 años, Juan Antonio todavía encuentra motivos para ponerse al volante, preparar un auto clásico y salir a recorrer cientos de kilómetros. Vive en San Martín de los Andes, Neuquén, donde convirtió su pasión por los vehículos antiguos en una actividad que comparte con su sobrino Yago. Su última aventura fue completar el Gran Premio Argentino de Regularidad a bordo de una Renault Coupé Fuego roja de 41 años, una experiencia que terminó con un abrazo, lágrimas y la satisfacción de haber cumplido un desafío que tenía pendiente.

“Mientras esté bien de salud, voy a seguir corriendo. Tengo 77 años y pienso seguir haciéndolo”, asegura Juan, quien no imagina abandonar las competencias que lo llevaron a recorrer caminos de Argentina y Chile.


Su vínculo con la regularidad comenzó casi por curiosidad. Primero investigó cómo funcionaban las pruebas, buscó información y estudió hojas de ruta. Hasta que un encuentro con Luis María Flores Fuentes, entonces presidente del CAACEP (Club de Automóviles Antiguos, Clásicos y Especiales de la Patagonia), terminó por acercarlo a las carreras.

Se reunieron en una confitería de San Martín de los Andes para organizar una competencia y, desde entonces, nació una amistad que todavía conserva. “Así empezó esto. Después era: ‘Che, Juan, vamos a organizar otra carrera, anotate’”, recuerda.


Sus primeras experiencias llegaron junto a un amigo apodado Osqui, con quien compró una Coupé Torino para participar de las 500 Millas. Más adelante incorporó distintos vehículos, entre ellos una BMW 316 y una BMW 323i, hasta conformar una colección que hoy comparte con su sobrino.

Entre ambos reúnen ocho clásicos, incluidos una Toyota Supra, una Coupé Volvo, dos Renault Fuego, una Subaru rural de 1979 y distintos modelos de Mercedes-Benz y BMW. Cuentan con un galpón equipado con elevador, compresor y herramientas, donde dedican buena parte de su tiempo a mantenerlos en condiciones.

El sueño de llegar


La Renault Coupé Fuego roja apareció inesperadamente durante un viaje familiar a Buenos Aires. Juan caminaba por el barrio de Boedo cuando encontró el vehículo estacionado frente a un taller mecánico. Su estado de conservación le llamó la atención y decidió preguntar por él.

El propietario estaba más interesado en las motocicletas y había comprado el Renault con la intención de acercarse al mundo de los clásicos. Finalmente, Juan se quedó con el auto que años después lo acompañaría en uno de sus mayores desafíos deportivos.


La elección también tenía un componente sentimental. La Coupé Fuego ocupa un lugar especial en la historia del automovilismo argentino por las actuaciones de Juan María Traverso, uno de los pilotos que Juan más admira. “Dije: vamos a correr con la Fuego”, recuerda sobre la decisión de utilizarla en el Gran Premio.

No era su primer intento. El año anterior había iniciado el viaje con un Mercedes-Benz, pero una rotura de motor en pleno desierto, a unos mil kilómetros de San Martín de los Andes, frustró la participación.

El Automóvil Club Argentino le reconoció la inscripción para la siguiente edición y Juan decidió intentarlo nuevamente, esta vez con la Coupé Fuego. La preparación quedó principalmente en manos de Yago, su sobrino y copiloto, quien tiene un taller mecánico. El trabajo previo fue fundamental para afrontar un recorrido extenso con un vehículo de más de cuatro décadas.


“Todos me decían que no tratara de hacer tiempos, ni de ganar o ponerme metas. Que con dar la vuelta en el Gran Premio ya había ganado mucho”, cuenta.

El desafío no era menor. Las pruebas de regularidad exigen respetar velocidades y registrar tiempos en puntos específicos del recorrido. Juan explica que, mientras en Chile suelen recibir cuatro hojas de ruta con seis o siete referencias cada una, en el Gran Premio llegaron a trabajar con doce hojas y numerosos controles.

“No se te puede escapar un mojón ni pasar un cartel, porque te desafecta todos los demás puntos que tenés que cronometrar”, describe. Sin embargo, la recompensa llegó cuando completaron el recorrido. Entre el viaje desde Neuquén, la competencia y el regreso, Juan y Yago recorrieron aproximadamente 7.000 kilómetros sin sufrir inconvenientes mecánicos.


“Cuando terminamos nos abrazamos con mi sobrino y a mí se me cayó hasta una lágrima. Haber hecho eso con un auto de 41 años y sin problemas fue una satisfacción enorme. La verdad, anduvo como un cohete”, expresa.

Una pasión compartida


El vínculo entre Juan y Yago es una parte esencial de esta historia. Comparten los autos, las reparaciones y las competencias, aunque dentro del habitáculo la exigencia de la regularidad suele provocar discusiones. “Están los roces lógicos arriba del auto. ‘Cómo no viste el cartel’, ‘te dije que doblaras’. A veces es a los gritos, pero a la noche se pasa todo, nos vamos a cenar rico y la pasamos bien”, relata entre risas.

Para Juan, competir desde San Martín de los Andes implica además un esfuerzo logístico considerable. Llegar a Buenos Aires demanda casi dos días de viaje, a los que se suman las verificaciones técnicas, las reuniones de pilotos, los siete días de competencia y el regreso.


Por eso, actualmente participa con mayor frecuencia en pruebas de Neuquén y Chile, donde las distancias resultan más accesibles y puede continuar disfrutando de sus vehículos. Aunque reconoce que el Gran Premio fue una experiencia agotadora, también lo considera el máximo desafío al que puede aspirar un participante de regularidad. Haberlo completado representa uno de los recuerdos más importantes de su trayectoria.

En el camino también hubo tiempo para ayudar a otros competidores que sufrieron inconvenientes mecánicos. Mientras algunos necesitaban agua o asistencia, la Coupé Fuego continuó funcionando sin dificultades.

“Fue uno de los pocos autos a los que no hubo que hacerles nada. Eso es un elogio para Yago, que le hizo de todo para que no tuviéramos ningún inconveniente”, destaca.


Hoy, Juan disfruta tanto de una carrera como de sacar alguno de sus clásicos a dar una vuelta por San Martín de los Andes. No sabe si volverá a participar del Gran Premio, pero tiene claro que seguirá vinculado al automovilismo. “Es una pasión, un desafío cada vez que salís. Es una experiencia muy linda y yo invitaría a todos los que puedan a que lo intenten”, afirma.

A los 77 años, después de miles de kilómetros, autos compartidos y desafíos cumplidos, Juan no piensa ponerle una fecha de despedida a su pasión. Mientras tenga salud y ganas de conducir, siempre habrá un nuevo camino por recorrer.


A los 77 años, Juan Antonio todavía encuentra motivos para ponerse al volante, preparar un auto clásico y salir a recorrer cientos de kilómetros. Vive en San Martín de los Andes, Neuquén, donde convirtió su pasión por los vehículos antiguos en una actividad que comparte con su sobrino Yago. Su última aventura fue completar el Gran Premio Argentino de Regularidad a bordo de una Renault Coupé Fuego roja de 41 años, una experiencia que terminó con un abrazo, lágrimas y la satisfacción de haber cumplido un desafío que tenía pendiente.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora

Comentarios