Temor en Egipto
Hace menos de un año, las rebeliones contra dictaduras anquilosadas que estallaban, una tras otra, en Túnez, Egipto, Bahrein, Yemen, Libia y Siria, con repercusiones en Marruecos, Argelia e incluso Arabia Saudita, alentaron a muchos a creer que el extenso mundo árabe estaba por democratizarse, siguiendo el mismo camino que tomaron los países centroeuropeos después de la caída del comunismo soviético. Tales esperanzas se debieron en buena medida a que los protagonistas iniciales de las revueltas eran jóvenes familiarizados con las redes sociales informáticas que hablaban en inglés de libertad, derechos humanos, pluralismo y la necesidad de emprender reformas económicas para que pudieran conseguir empleos dignos. Aunque el optimismo así motivado no ha desaparecido por completo, resulta cada vez más difícil suponer que estemos por ver surgir muchas democracias auténticas en una inmensa región largamente dominada por tiranías brutales. Como las elecciones recientes en Túnez y Egipto, además de la conducta de los nuevos dirigentes libios, se han encargado de recordarnos, los jóvenes de mentalidad presuntamente occidental que, a comienzos del año que está por terminar, tanto impresionaron a los medios periodísticos norteamericanos y europeos, constituyen una minoría atípica de influencia reducida. Aunque las autoridades militares de Egipto, el país árabe más poblado, no han hecho saber los resultados definitivos de las elecciones que acaban de celebrarse, se ha informado que el partido formado por la Hermandad Musulmana obtuvo el 40% de los votos y el de los salafistas el 20%. Si bien tanto los voceros de los hermanos musulmanes como los del gobierno de Estados Unidos insisten en que, a pesar de su trayectoria truculenta, son en realidad “moderados” firmemente comprometidos con la tolerancia religiosa, parecidos a su modo a los “demócratas cristianos” de países europeos como Alemania, se trata de una organización revolucionaria cuya ideología fundamentalista está compartida por el grueso de los islamistas más fanatizados. Si hay una diferencia, es que los hermanos musulmanes saben que es de su interés moverse con cautela para no brindar a los militares un pretexto para perpetuarse en el poder con el respaldo de Estados Unidos y otras potencias occidentales que podrían llegar a la conclusión de que, dadas las circunstancias, una dictadura castrense sería el mal menor. Es factible que si, para gobernar, la Hermandad Musulmana tuviera que formar una coalición con un partido laico, no procurara someter a todos los egipcios a la rigurosa y sumamente discriminatoria ley coránica, que entre otras cosas hace de la apostasía un crimen capital, pero de significar algo los resultados electorales tendría como socios al partido Al-Nour de los salafistas que ni siquiera procuran hacer pensar que, las apariencias no obstante, son en verdad “moderados” que se conformarían con una versión del supuestamente benigno “modelo turco”. Por el contrario, insisten en que lo que quieren es que gobierne Alá a través de quienes dicen ser sus representantes terrenales más fieles. Las perspectivas frente al mundo árabe son, pues, muy distintas de las vislumbradas por muchos occidentales bienintencionados. Puede que las rebeliones fueran desatadas por demócratas deseosos de disfrutar libertades que en otras sociedades son normales desde hace muchas décadas, pero ya parece que los más beneficiados serán islamistas ultrarreaccionarios de mentalidad aún más totalitaria que la de los dictadores derrocados. Los más preocupados por el avance de los islamistas son, desde luego, los miembros de las minorías étnicas y religiosas. El futuro que enfrentan es sombrío. Ya han huido de los países musulmanes casi todos los judíos, pero todavía quedan grandes comunidades cristianas, en especial la de los aproximadamente 10 millones de coptos egipcios, que ya son blanco de ataques sanguinarios por parte de sus vecinos y que, de instalarse un régimen islamista, serían con toda seguridad víctimas de la furia santa de los exaltados. Para hacer todavía más angustiante la situación en la que se encuentran los coptos y otros cristianos de la región, ya entienden que no tratarán de ayudarlos los gobiernos de los países occidentales por miedo a la reacción de sus propias minorías musulmanas.
Hace menos de un año, las rebeliones contra dictaduras anquilosadas que estallaban, una tras otra, en Túnez, Egipto, Bahrein, Yemen, Libia y Siria, con repercusiones en Marruecos, Argelia e incluso Arabia Saudita, alentaron a muchos a creer que el extenso mundo árabe estaba por democratizarse, siguiendo el mismo camino que tomaron los países centroeuropeos después de la caída del comunismo soviético. Tales esperanzas se debieron en buena medida a que los protagonistas iniciales de las revueltas eran jóvenes familiarizados con las redes sociales informáticas que hablaban en inglés de libertad, derechos humanos, pluralismo y la necesidad de emprender reformas económicas para que pudieran conseguir empleos dignos. Aunque el optimismo así motivado no ha desaparecido por completo, resulta cada vez más difícil suponer que estemos por ver surgir muchas democracias auténticas en una inmensa región largamente dominada por tiranías brutales. Como las elecciones recientes en Túnez y Egipto, además de la conducta de los nuevos dirigentes libios, se han encargado de recordarnos, los jóvenes de mentalidad presuntamente occidental que, a comienzos del año que está por terminar, tanto impresionaron a los medios periodísticos norteamericanos y europeos, constituyen una minoría atípica de influencia reducida. Aunque las autoridades militares de Egipto, el país árabe más poblado, no han hecho saber los resultados definitivos de las elecciones que acaban de celebrarse, se ha informado que el partido formado por la Hermandad Musulmana obtuvo el 40% de los votos y el de los salafistas el 20%. Si bien tanto los voceros de los hermanos musulmanes como los del gobierno de Estados Unidos insisten en que, a pesar de su trayectoria truculenta, son en realidad “moderados” firmemente comprometidos con la tolerancia religiosa, parecidos a su modo a los “demócratas cristianos” de países europeos como Alemania, se trata de una organización revolucionaria cuya ideología fundamentalista está compartida por el grueso de los islamistas más fanatizados. Si hay una diferencia, es que los hermanos musulmanes saben que es de su interés moverse con cautela para no brindar a los militares un pretexto para perpetuarse en el poder con el respaldo de Estados Unidos y otras potencias occidentales que podrían llegar a la conclusión de que, dadas las circunstancias, una dictadura castrense sería el mal menor. Es factible que si, para gobernar, la Hermandad Musulmana tuviera que formar una coalición con un partido laico, no procurara someter a todos los egipcios a la rigurosa y sumamente discriminatoria ley coránica, que entre otras cosas hace de la apostasía un crimen capital, pero de significar algo los resultados electorales tendría como socios al partido Al-Nour de los salafistas que ni siquiera procuran hacer pensar que, las apariencias no obstante, son en verdad “moderados” que se conformarían con una versión del supuestamente benigno “modelo turco”. Por el contrario, insisten en que lo que quieren es que gobierne Alá a través de quienes dicen ser sus representantes terrenales más fieles. Las perspectivas frente al mundo árabe son, pues, muy distintas de las vislumbradas por muchos occidentales bienintencionados. Puede que las rebeliones fueran desatadas por demócratas deseosos de disfrutar libertades que en otras sociedades son normales desde hace muchas décadas, pero ya parece que los más beneficiados serán islamistas ultrarreaccionarios de mentalidad aún más totalitaria que la de los dictadores derrocados. Los más preocupados por el avance de los islamistas son, desde luego, los miembros de las minorías étnicas y religiosas. El futuro que enfrentan es sombrío. Ya han huido de los países musulmanes casi todos los judíos, pero todavía quedan grandes comunidades cristianas, en especial la de los aproximadamente 10 millones de coptos egipcios, que ya son blanco de ataques sanguinarios por parte de sus vecinos y que, de instalarse un régimen islamista, serían con toda seguridad víctimas de la furia santa de los exaltados. Para hacer todavía más angustiante la situación en la que se encuentran los coptos y otros cristianos de la región, ya entienden que no tratarán de ayudarlos los gobiernos de los países occidentales por miedo a la reacción de sus propias minorías musulmanas.
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