A todo vapor

Redacción

Por Redacción

Para sorpresa sólo de quienes suponían que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner nos sorprendería aprovechando la oportunidad que le brindó el contundente triunfo electoral de octubre para renovar radicalmente el equipo que la acompañaría en la fase inicial de su segundo cuatrienio, se ha limitado a reemplazar al muy desgastado Aníbal Fernández como jefe de Gabinete por José Manuel Abal Medina, de tal modo dando a entender que continuará la ofensiva vigorosa contra los medios de difusión no oficialistas, y a nombrar al secretario de Finanzas Hernán Lorenzino para suceder al vicepresidente electo Amado Boudou como ministro de Economía, mientras que Norberto Yauhar se encargará del Ministerio de Agricultura. El desplazamiento del habitualmente locuaz y combativo Aníbal Fernández aparte, se trata de cambios mínimos por ser los promovidos funcionarios que desempeñaban papeles significantes en el gobierno anterior. Con todo, si bien es en cierto modo lógico que la presidenta, fortalecida políticamente por el respaldo electoral del 54% de los votantes, haya optado por dejar las cosas como estaban, acaso le hubiera convenido reconocer que los desafíos que le aguardan en su segundo período como presidenta serán distintos de los que enfrentó en el transcurso del primero. Que haya preferido rodearse de subordinados sin mucho peso propio es sin duda comprensible, pero no contribuirá a hacer más eficaz su gestión. A Cristina no le gusta la palabra “ajuste”, pero mal que le pese todo hace prever que en los próximos meses, tal vez años, tendrá que instrumentar uno que sea muy severo. Para la clase media urbana la fiesta de consumo llegó a su fin no bien se cerraron los cuartos oscuros. Además de la necesidad de reducir de golpe los gastos considerados propios de un “año electoral” e intentar reordenar el enmarañado sistema de subsidios que se ha creado, al gobierno le será forzoso adoptar medidas para defender la economía nacional contra las repercusiones de la crisis internacional que, según los pesimistas, está por adquirir dimensiones alarmantes. Por cierto, el que la economía brasileña ya se haya desacelerado a tal punto que dejó de crecer en el tercer trimestre le habrá advertido a la presidenta de que el peligro de “contagio” dista de ser un mito liberal. También ha de motivar inquietud la evolución del precio de la soja y otros commodities agrícolas, además, claro está, de los costos cada vez mayores que tendremos que pagar para importar energía. Para hacer todavía más complicado el panorama que enfrentarán Lorenzino y los demás funcionarios del nada armonioso equipo económico del que será el líder formal, es poco probable que los sindicalistas, con o sin Hugo Moyano como jefe formal de la CGT, puedan resignarse mansamente a que el gobierno procure impedir que los aumentos salariales resultantes de las paritarias sean determinados por la tasa de inflación tal y como la mide el Indec; por razones comprensibles, coinciden con el camionero en que el único índice que debería tomarse en cuenta es el “de supermercado”. A diferencia de su antecesor Boudou, pues, Lorenzino se verá obligado a administrar la escasez: no hay superávit primario, a pesar de las medidas proteccionistas del gobierno la balanza comercial no parece tan saludable como en otros tiempos y ya no quedan “cajas” que, apropiadas por el gobierno, le permitirían aumentar los ingresos. Se espera que Lorenzino haga un gran esfuerzo por arreglar con el Club de París, ya que entiende muy bien la importancia de hacerlo, pero parecería que los acreedores, asustados por sus propios problemas, no se sienten dispuestos a conceder mucho. Si bien “los mercados” se han sentido aliviados por el nombramiento de Lorenzino, no puede decirse lo mismo de la reacción de los preocupados por la voluntad evidente de Cristina de seguir contando con los servicios del secretario de Comercio Guillermo Moreno y el titular de la AFIP, Ricardo Echegaray, dos funcionarios que se han hecho notorios por su arbitrariedad. Puede darse por descontado que a Lorenzino le resultará difícil convivir con Moreno, un personaje congénitamente conflictivo que se ha acostumbrado a manejar la economía según sus propias pautas sin prestar atención a los reparos de quien, en teoría por lo menos, es el ministro responsable.


Para sorpresa sólo de quienes suponían que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner nos sorprendería aprovechando la oportunidad que le brindó el contundente triunfo electoral de octubre para renovar radicalmente el equipo que la acompañaría en la fase inicial de su segundo cuatrienio, se ha limitado a reemplazar al muy desgastado Aníbal Fernández como jefe de Gabinete por José Manuel Abal Medina, de tal modo dando a entender que continuará la ofensiva vigorosa contra los medios de difusión no oficialistas, y a nombrar al secretario de Finanzas Hernán Lorenzino para suceder al vicepresidente electo Amado Boudou como ministro de Economía, mientras que Norberto Yauhar se encargará del Ministerio de Agricultura. El desplazamiento del habitualmente locuaz y combativo Aníbal Fernández aparte, se trata de cambios mínimos por ser los promovidos funcionarios que desempeñaban papeles significantes en el gobierno anterior. Con todo, si bien es en cierto modo lógico que la presidenta, fortalecida políticamente por el respaldo electoral del 54% de los votantes, haya optado por dejar las cosas como estaban, acaso le hubiera convenido reconocer que los desafíos que le aguardan en su segundo período como presidenta serán distintos de los que enfrentó en el transcurso del primero. Que haya preferido rodearse de subordinados sin mucho peso propio es sin duda comprensible, pero no contribuirá a hacer más eficaz su gestión. A Cristina no le gusta la palabra “ajuste”, pero mal que le pese todo hace prever que en los próximos meses, tal vez años, tendrá que instrumentar uno que sea muy severo. Para la clase media urbana la fiesta de consumo llegó a su fin no bien se cerraron los cuartos oscuros. Además de la necesidad de reducir de golpe los gastos considerados propios de un “año electoral” e intentar reordenar el enmarañado sistema de subsidios que se ha creado, al gobierno le será forzoso adoptar medidas para defender la economía nacional contra las repercusiones de la crisis internacional que, según los pesimistas, está por adquirir dimensiones alarmantes. Por cierto, el que la economía brasileña ya se haya desacelerado a tal punto que dejó de crecer en el tercer trimestre le habrá advertido a la presidenta de que el peligro de “contagio” dista de ser un mito liberal. También ha de motivar inquietud la evolución del precio de la soja y otros commodities agrícolas, además, claro está, de los costos cada vez mayores que tendremos que pagar para importar energía. Para hacer todavía más complicado el panorama que enfrentarán Lorenzino y los demás funcionarios del nada armonioso equipo económico del que será el líder formal, es poco probable que los sindicalistas, con o sin Hugo Moyano como jefe formal de la CGT, puedan resignarse mansamente a que el gobierno procure impedir que los aumentos salariales resultantes de las paritarias sean determinados por la tasa de inflación tal y como la mide el Indec; por razones comprensibles, coinciden con el camionero en que el único índice que debería tomarse en cuenta es el “de supermercado”. A diferencia de su antecesor Boudou, pues, Lorenzino se verá obligado a administrar la escasez: no hay superávit primario, a pesar de las medidas proteccionistas del gobierno la balanza comercial no parece tan saludable como en otros tiempos y ya no quedan “cajas” que, apropiadas por el gobierno, le permitirían aumentar los ingresos. Se espera que Lorenzino haga un gran esfuerzo por arreglar con el Club de París, ya que entiende muy bien la importancia de hacerlo, pero parecería que los acreedores, asustados por sus propios problemas, no se sienten dispuestos a conceder mucho. Si bien “los mercados” se han sentido aliviados por el nombramiento de Lorenzino, no puede decirse lo mismo de la reacción de los preocupados por la voluntad evidente de Cristina de seguir contando con los servicios del secretario de Comercio Guillermo Moreno y el titular de la AFIP, Ricardo Echegaray, dos funcionarios que se han hecho notorios por su arbitrariedad. Puede darse por descontado que a Lorenzino le resultará difícil convivir con Moreno, un personaje congénitamente conflictivo que se ha acostumbrado a manejar la economía según sus propias pautas sin prestar atención a los reparos de quien, en teoría por lo menos, es el ministro responsable.

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