Las campanas están doblando
Puede que las agencias de calificación más renombradas sean tan malas como dicen muchos dirigentes europeos y que se hayan equivocado con tanta frecuencia en el pasado, de suerte que valen poco sus opiniones acerca del estado de las distintas economías nacionales, pero así y todo es innegable que la decisión de Standard & Poor’s de eliminar a Francia de la lista cada vez más corta de países considerados “triple A” ha tenido un impacto muy fuerte. También sufrieron la indignidad de caer un peldaño o dos en el rating de S&P Austria, Italia, España, Portugal, Eslovenia, Eslovaquia, Chipre y Malta, todos integrantes de la Eurozona. Como es natural, los voceros de los gobiernos de los países perjudicados reaccionaron contraatacando a la calificadora, dando a entender que a su juicio carece de autoridad, pero sus palabras sólo convencerán a quienes creen que los problemas europeos se deben a una conspiración “neoliberal” urdida en Nueva York y el distrito financiero de Londres, no a factores concretos como la magnitud de las deudas acumuladas y lo terriblemente difícil que es para Francia, además de España, Italia, Portugal y, desde luego, Grecia, compartir la misma moneda que Alemania. Cuando ya se preveía que Francia pronto perdería el rating AAA, políticos y funcionarios galos sorprendieron a muchos al afirmar que sería injusto castigar a su país sin tratar con severidad parecida al Reino Unido, puesto que los problemas económicos de su vecino eran igualmente graves. Sin embargo, como los financistas –y “los mercados”– señalaron, a diferencia de Francia, Italia, España y otros integrantes de la Eurozona, el Reino Unido puede devaluar o dejar apreciar su moneda, razón por la que el riesgo de un default soberano es mucho menor. Asimismo, su deuda está programada de tal manera que no tendrá que enfrentar pagos muy grandes en los meses próximos. Dicho de otro modo, la crisis de los países que utilizan el euro es la consecuencia lógica de la disparidad que se da entre el desempeño del bloque reducido encabezado por Alemania y los demás, y de la negativa de los alemanes a transferirles fondos en cantidades suficientes como para permitirles hacer frente a sus obligaciones. Mal que bien, el análisis que ha hecho S&P de la situación en que se encuentra la mayoría de los países de la Eurozona es mucho más convincente que el ensayado por los gobernantes, que tienen forzosamente que tratar de defender su propia actuación y procurar congraciarse con los mercados. El golpe asestado ha resultado ser tan doloroso porque refleja la opinión ya generalizada entre los economistas e inversores de que demasiados líderes europeos siguen resistiéndose a tomar las medidas nada populares que serían necesarias para restaurar la confianza. Aunque el gobierno italiano del primer ministro Mario Monti jura estar dispuesto a llevar a cabo un ajuste draconiano, enfrenta la oposición de sectores políticos amplios y, huelga decirlo, de los sindicatos; en cuanto al jefe del gobierno español, Mariano Rajoy, por ahora tiene el capital político preciso para impulsar un programa de saneamiento muy duro, pero no hay ninguna garantía de que logre alcanzar sus objetivos ambiciosos. El más perjudicado por la estocada ha sido el presidente francés Nicolas Sarkozy. A cien días de la primera ronda electoral, tiene que convencer a sus compatriotas de que a pesar de todo ha manejado bien la economía nacional y que sigue teniendo tanta influencia en Europa como la canciller alemana Angela Merkel. No le será fácil en absoluto. Los dirigentes opositores no tardaron un solo minuto en ponerse a aprovechar la pérdida de la nota Triple A acusándolo, en palabras del vocero del candidato socialista, de ser responsable de un “quinquenio calamitoso que provocó una explosión desenfrenada de la deuda y condujo a la recesión”, lo que podría considerarse injusto porque no existen motivos para creer que otro mandatario hubiera hecho mejor las cosas, pero que claramente expresa la sensación de desconcierto que se ha difundido no sólo en Francia sino también en otras partes de una Europa que teme que los costos del intento de consolidar la unidad del viejo continente adoptando una moneda única resulten ser mucho más elevados de lo que sus artífices pudieron haber imaginado.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 945.035 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 20 de enero de 2012
Puede que las agencias de calificación más renombradas sean tan malas como dicen muchos dirigentes europeos y que se hayan equivocado con tanta frecuencia en el pasado, de suerte que valen poco sus opiniones acerca del estado de las distintas economías nacionales, pero así y todo es innegable que la decisión de Standard & Poor’s de eliminar a Francia de la lista cada vez más corta de países considerados “triple A” ha tenido un impacto muy fuerte. También sufrieron la indignidad de caer un peldaño o dos en el rating de S&P Austria, Italia, España, Portugal, Eslovenia, Eslovaquia, Chipre y Malta, todos integrantes de la Eurozona. Como es natural, los voceros de los gobiernos de los países perjudicados reaccionaron contraatacando a la calificadora, dando a entender que a su juicio carece de autoridad, pero sus palabras sólo convencerán a quienes creen que los problemas europeos se deben a una conspiración “neoliberal” urdida en Nueva York y el distrito financiero de Londres, no a factores concretos como la magnitud de las deudas acumuladas y lo terriblemente difícil que es para Francia, además de España, Italia, Portugal y, desde luego, Grecia, compartir la misma moneda que Alemania. Cuando ya se preveía que Francia pronto perdería el rating AAA, políticos y funcionarios galos sorprendieron a muchos al afirmar que sería injusto castigar a su país sin tratar con severidad parecida al Reino Unido, puesto que los problemas económicos de su vecino eran igualmente graves. Sin embargo, como los financistas –y “los mercados”– señalaron, a diferencia de Francia, Italia, España y otros integrantes de la Eurozona, el Reino Unido puede devaluar o dejar apreciar su moneda, razón por la que el riesgo de un default soberano es mucho menor. Asimismo, su deuda está programada de tal manera que no tendrá que enfrentar pagos muy grandes en los meses próximos. Dicho de otro modo, la crisis de los países que utilizan el euro es la consecuencia lógica de la disparidad que se da entre el desempeño del bloque reducido encabezado por Alemania y los demás, y de la negativa de los alemanes a transferirles fondos en cantidades suficientes como para permitirles hacer frente a sus obligaciones. Mal que bien, el análisis que ha hecho S&P de la situación en que se encuentra la mayoría de los países de la Eurozona es mucho más convincente que el ensayado por los gobernantes, que tienen forzosamente que tratar de defender su propia actuación y procurar congraciarse con los mercados. El golpe asestado ha resultado ser tan doloroso porque refleja la opinión ya generalizada entre los economistas e inversores de que demasiados líderes europeos siguen resistiéndose a tomar las medidas nada populares que serían necesarias para restaurar la confianza. Aunque el gobierno italiano del primer ministro Mario Monti jura estar dispuesto a llevar a cabo un ajuste draconiano, enfrenta la oposición de sectores políticos amplios y, huelga decirlo, de los sindicatos; en cuanto al jefe del gobierno español, Mariano Rajoy, por ahora tiene el capital político preciso para impulsar un programa de saneamiento muy duro, pero no hay ninguna garantía de que logre alcanzar sus objetivos ambiciosos. El más perjudicado por la estocada ha sido el presidente francés Nicolas Sarkozy. A cien días de la primera ronda electoral, tiene que convencer a sus compatriotas de que a pesar de todo ha manejado bien la economía nacional y que sigue teniendo tanta influencia en Europa como la canciller alemana Angela Merkel. No le será fácil en absoluto. Los dirigentes opositores no tardaron un solo minuto en ponerse a aprovechar la pérdida de la nota Triple A acusándolo, en palabras del vocero del candidato socialista, de ser responsable de un “quinquenio calamitoso que provocó una explosión desenfrenada de la deuda y condujo a la recesión”, lo que podría considerarse injusto porque no existen motivos para creer que otro mandatario hubiera hecho mejor las cosas, pero que claramente expresa la sensación de desconcierto que se ha difundido no sólo en Francia sino también en otras partes de una Europa que teme que los costos del intento de consolidar la unidad del viejo continente adoptando una moneda única resulten ser mucho más elevados de lo que sus artífices pudieron haber imaginado.
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