Los que se van
Con Caloi se van Clemente y un modo de ver el mundo.
Claudio Andrade
candrade@rionegro.com.ar
Su rostro era la prolongación de su arte. Una figura de cuento, de esos que comienzan con un “en un reino muy muy lejano”. Ojeras pronunciadas, mirada brillante, cuerpo grande y de movimientos pausados. Morocho sin discusión. Pelo en preciso desorden. Suave como algunos animales mansos aunque salvajes.
Si los personajes en alguna medida constituyen el reflejo del alma de su autor, uno puede deducir que Caloi era un buen tipo. O quería serlo. O lo intentaba.
Una de sus creaciones más célebres –”Clemente”– tradujo durante años el deseo erótico y popular a un ingenioso lenguaje de frases rimadas, cánticos y piropos. La incontinencia verbal de “Clemente”, su poesía de barrio y esquina, su boca manchada de frutos dulces y pecaminosos, nos permitían al resto de los hombres acceder a la representación de lo que en ocasiones como una ráfaga cruza nuestra mente cuando una morocha va por ahí, moviendo sus caderas.
Este extraño ser despojado de brazos pero dueño de un verbo justiciero (también en temas deportivos y políticos) funcionaba como una válvula de escape cotidiana, como una sublimación poética y muy cómica de las alternativas de la vida misma en una ciudad, en una provincia y en un país.
Recordaba Caloi que el escritor Juan Sasturain llegó al colmo de organizar una especie de curso sobre “Clemente”: “Cuando terminó el primer año –se pasaron un año estudiando ‘Clemente’– me invitó a la última clase. Habían llegado a la tira 380, más o menos, cuando ya iba por la número 2.000. Fue toda una experiencia. Los alumnos me decían: ‘En la tira número 17, en el tercer cuadrito, Clemente dice tal cosa’. Y yo no tenía la menor idea de lo que estaban hablando, todo era tan serio”.
Es el propio Sasturain quien en un ensayo dedicado a Caloi escribe: “En una tira reciente, Clemente ironizaba sobre la proliferación del inglés en las remeras, los avisos, el lenguaje de todos los días. A continuación, sin contradicciones aparentes, el atorrante –porque eso es, exactamente– no dejaba de lamentar la posibilidad de haber sido, en otras circunstancias un personaje de ‘Guál Disney’”.
Como todo buen historietista, Caloi supo convertirse en chamán. Su mirada interpretaba el rumor, los ecos y los hechizos de una cultura al sur del planeta.
Cuando su rostro llegó a la televisión lo hizo con un programa que tenía su impronta. “Caloi en su tinta” significó aire fresco en la pantalla chica, una aventura por la aventura misma que nos dejó a todos los que la disfrutamos en sus distintas épocas un poco más cultos y algo más conscientes sobre lo que el ser humano es capaz de hacer con tan poco: tinta, dibujos y perseverancia.
Su partida es de esas que nos dejan resignados y, en algún rincón de nuestra psiquis, llorando de manera permanente. No hay Caloi para tirar manteca al techo.
Levantamos el pañuelo frente al barco que se lleva la sonrisa del amigo y las cómicas alternativas del entrañable Clemente y su Mulatona. Esas vidas también se van con su autor.
Claudio Andrade
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