Ricardo Darín

“Elefante blanco”, el nuevo filme de Pablo Trapero, se sumergeen el mundo de Villa Oculta desde la mirada de un cura que trabaja mucho más allá de la fe.

Redacción

Por Redacción

“Acá no podemos ser solamente sacerdotes”, exclama un religioso tercermundista interpretado por Ricardo Darín en la película “Elefante blanco”, en la que el director Pablo Trapero vuelve a sumergirse en lo marginal con un relato sobre las penurias de los habitantes de una villa miseria de Buenos Aires aquejada por el narcotráfico y la política inescrupulosa.

El título de la película hace referencia a un edificio abandonado de 14 pisos que debía funcionar como un hospital público, pero la obra quedó inconclusa y a su alrededor creció Ciudad Oculta, una villa miseria ubicada en el oeste de la capital.

Este gigante de cemento es para Darín la síntesis de la historia argentina reciente. “La estructura es de una solidez impresionante. Las paredes son de 45 centímetros, que es algo que ahora ya no se hace. Pero desde el segundo piso para arriba las escaleras están prácticamente destruidas. Y eso es porque a alguien se le ocurrió que así no lo iban a ocupar”. “Es una síntesis de dónde es que nos equivocamos. Es impresionante que se haya construido una villa alrededor de un tótem de lo que pudimos ser y no fuimos”, reflexionó el actor en la presentación del filme.

En “Elefante blanco” Darín interpreta a Julián, el sacerdote que tiene a su cargo la parroquia de la villa. Junto a su amigo Nicolás (el belga Jeremie Renier), también religioso, y una asistente social atea (la actriz Martina Gusmán) luchan por mejorar las condiciones de vida de los habitantes del lugar.

Producido por la española Morena Films y las argentinas Matanza Cine y Patagonik, el filme se rodó en 10 semanas en Ciudad Oculta, una de las zonas más peligrosas de Buenos Aires, y sus propios habitantes sirvieron de extras.

“Ésta es una ficción muy extraña. Es una ficción que tiene las patas apoyadas bastante sólidamente sobre la realidad. Entonces el compromiso es todavía mayor’’, dijo Darín.

La tarea de los dos sacerdotes excede ampliamente sus deberes religiosos y “se la pasan atajando todos los penales’’, según Darín, quien apela a la metáfora para destacar el grado de compromiso social de los llamados “curas villeros’’ que trabajan en las barriadas pobres.

En la lucha por ayudar a los más necesitados, los tres protagonistas ponen en juego la vida pero también la fe. “La película es una reflexión sobre la fe, en un sentido más amplio que la religiosa. Todos atraviesan una crisis de fe durante la película: en qué creer, en qué no. ¿Cuánto vale lo que uno hace?’’, consideró Gusmán, esposa de Trapero .

Trapero, con un fuerte don para plasmar contenidos sociales, explicó que ya desde niño tenía en la cabeza la idea de filmar una película en una villa miseria, las cuales frecuentaba como parte de las tareas sociales de la escuela católica a la que asistía. Para el director “el problema de la villa es que se conoce muy poco y se habla mucho. Entonces parece que las villas son todas las mismas y que se parecen entre ellas. Y es un error’’, dijo.

Ciudad Oculta recibió ese nombre cuando la última dictadura militar levantó un muro para taparla de las miradas de los extranjeros que llegaban a la ciudad para el mundial de fútbol de 1978.

Durante la filmación, los actores y el equipo fueron custodiados en todo momento por los propios habitantes del lugar, quienes los asesoraban sobre a qué zonas de la villa no debían ir para evitar riesgos.

“Terminé teniendo un asistente natural, un chico de 10 años llamado Lucas que aparece en distintos momentos de la película. Desde el primer momento se hizo cargo de mi seguridad y cuando venían los chicos a pedirme una foto les dijo: ‘Paren, él está trabajando’”.

Convivir durante casi tres meses con esa marginalidad “te hace dudar de hasta qué punto tenemos derecho a una vida tan burguesa”, admitió Darín.

“Me sentiría contento solamente con que la película genere un movimiento interno de sensibilización”, expresó. (AP/ DPA/DyN)


“Acá no podemos ser solamente sacerdotes”, exclama un religioso tercermundista interpretado por Ricardo Darín en la película “Elefante blanco”, en la que el director Pablo Trapero vuelve a sumergirse en lo marginal con un relato sobre las penurias de los habitantes de una villa miseria de Buenos Aires aquejada por el narcotráfico y la política inescrupulosa.

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