Apuntan contra los castores
GUSTAVO CHOPITEA (*)
Los castores son desde hace rato un serio problema, al menos en la isla de Tierra del Fuego. Pero ahora han cruzado el estrecho de Magallanes y amenazan al extremo sur de Chile y de nuestro país. Sólo en la isla habría unos 100.000 castores que con sus diques desvían constantemente los cursos naturales de las aguas e inundan grandes superficies cubiertas de preciosos bosques, causando daños de magnitud. Los castores, cabe recordar, no son ciertamente originarios de nuestra parte del continente. No son autóctonos, entonces. En verdad, llegaron en 1946 desde Canadá y fueron introducidos, con bastante poca responsabilidad, del lado argentino de Tierra del Fuego. No hace mucho el periodista chileno Rolando Martínez Vergara, desde las columnas de “El Mercurio” de Santiago, informó que, cual plaga, los castores ya están instalados en el continente, viviendo en distintos puntos de la llamada península de Brunswick, emplazada al sur de la ciudad de Punta Arenas. También están ya en las islas Navarino y Picton, en actividad como siempre. Erradicarlos no es tarea simple ni barata (se calcula que el esfuerzo demandaría no sólo unos diez millones de dólares sino una coordinación binacional). En la actualidad no se trata de controlar sino de contener su avance hacia el norte, que de pronto podría ser devastador para buena parte de los parques nacionales a ambos lados de la cordillera. Un ecosistema que es obviamente una de las grandes maravillas del mundo parecería en riesgo. Y es hora de advertirlo, antes de que sea tarde. En el pasado (hasta el 2007) los cueros de los castores que se cazaban se exportaban con alguna facilidad. Ya no. Hoy se consumen, más bien, en la zona. Con ellos se fabrican guantes, gorros, bolsos y algunos artículos de artesanía menor. Muchos cazadores los persiguen con trampas de acero. Otros los cazan simplemente a tiros. Algunos, a palazos, para así no dañar su cuero. Pero la empresa no es rentable y combatirlos requiere del apoyo del Estado. Su captura está permitida en Chile, a lo largo de todo el año. Hoy se han adentrado profundamente, a través de los cursos de agua, en los bosques más australes, a los que rara vez llega el hombre, de modo de huir de quienes los persiguen. Allí siguen haciendo diques e inundando la región. Aparentemente los perros salvajes son su más temible depredador. Pero lo cierto es que siguen migrando y extendiendo el territorio inundado en el que habitualmente viven. Y ésta es, precisamente, la gran preocupación que debiera merecer la atención de las autoridades a ambos lados de la cordillera, coordinadamente todo a lo largo de una de las zonas de más belleza natural del mundo. Hacemos votos para que esto sea muy pronto así, de modo de enfrentar eficazmente el complejo desafío que la presencia de los castores supone, lo más racionalmente y con el menor daño posible. (*) Analista del Grupo Agenda Internacional
GUSTAVO CHOPITEA (*)
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