La crisis griega impacta en Chipre
Buena parte de la montaña de dinero negro o mal-habido (corrupto) ruso recala desde hace algunos años en el sistema financiero y corporativo de Chipre, un paraíso fiscal utilizado muy activamente por los “capitalistas amigos” del gobierno de Vladimir Putin. Por esto unos 50.000 profesionales de habla rusa trabajan permanentemente en la isla. También por esto las sociedades chipriotas pagan impuesto a las ganancias con una tasa de apenas el 10% de las utilidades netas. No es sorpresivo entonces que nada menos que el 20% de las inversiones extranjeras directas rusas totales se canalice a través de Chipre. Por esto la capital del sector griego de la isla, Limassol, suele ser llamada, alegóricamente, “Limassolgrad”. Los millonarios rusos deambulan por allí constantemente. Son inconfundibles por sus anteojos oscuros y atuendos negros, preferentemente de cuero. Y por las vistosas niñas que, con mucha frecuencia, los rodean. Hay allí colegios rusos, alguna estación de radio que transmite en idioma ruso y restaurantes de nivel que ofrecen comida típica rusa y ucraniana. Ante esta verdadera invasión pacífica, no es de extrañar que muchas de las mejores propiedades turísticas de la isla, particularmente las emplazadas sobre el sector costero, hayan sido adquiridas por millonarios rusos. Como ya sucedió, por ejemplo, en las bonitas costas de Croacia y Montenegro. Para hacer las cosas más atractivas aún para los rusos, la parte griego-chipriota de la isla tiene una población mayoritariamente de religión ortodoxa, la fe predominante en Rusia. La crisis financiera griega ha golpeado –duro– al diminuto sistema financiero local por sus fuertes vinculaciones con los bancos griegos, que están realmente en mal estado. El resultado de las recientes elecciones griegas parece haber despejado, al menos por el momento, la preocupación por una eventual salida de Grecia de la llamada zona del “euro”. Pero el clima sigue siendo de alta tensión y nada está definitivamente resuelto, ni ha quedado atrás. Ya el año pasado Rusia había salido en socorro de Chipre con un préstamo de 3.100 millones de dólares, concedido a una interesante tasa del 4,5% anual. Ahora se apresta a sumar otro a esa asistencia, por 2.300 millones de dólares, en este caso para sostener al ahora enclenque sistema financiero de la isla. Para Rusia hay ciertamente razones geopolíticas de peso para justificar su fuerte presencia en la isla, dividida desde 1974 cuando los turcos la invadieron. Desde entonces ha estado fracturada en dos zonas: una bajo el gobierno de los turco-chipriotas y otra bajo el control de los griego-chipriotas. Todos los esfuerzos por reunificar políticamente a la isla han resultado infructuosos, como si el actual statu quo fuera –por el momento, al menos– la situación ideal. En primer lugar, porque las empresas griego-chipriotas de propiedad de los inversores rusos tienen, desde Chipre, acceso directo al sistema económico de la Unión Europea, a la que el sector griego-chipriota pertenece. Son europeas, entonces. En segundo lugar, porque Chipre acaba de descubrir importantes yacimientos de hidrocarburos en el mar. En ellas ambicionan participar las importantes empresas rusas del sector que están presentes en las licitaciones que fueran convocadas al efecto. De allí que no haya demasiadas dificultades políticas, en Rusia, en prestar ayuda al gobierno griego-chipriota, pese a la profunda crisis helénica. En tercer lugar, porque el gobierno encabezado por Demetris Christofias, es –en rigor– el único comunista de toda la Unión Europea, razón por la cual su voz suele salir en defensa de las políticas del Kremlin en algunos temas tan sensibles como el vinculado con la invasión de Georgia en el 2008 o con la actual cuestión Siria. Solitariamente, las más de las veces. Por rotación, Chipre se apresta ahora, el 1 de julio, a asumir la presidencia de la Unión Europea, lo que le dará alguna visibilidad política. Para los griego-chipriotas, por su parte, la fuerte “conexión rusa” supone una suerte de garantía o seguridad ante la amenaza que representa el crecimiento vertiginoso de la influencia –y el poder blando– de una exitosa Turquía ahora presente –con gran dinamismo– en todos los rincones de Medio Oriente. (*) Ex embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas
Emilio J. Cárdenas (*)
Buena parte de la montaña de dinero negro o mal-habido (corrupto) ruso recala desde hace algunos años en el sistema financiero y corporativo de Chipre, un paraíso fiscal utilizado muy activamente por los “capitalistas amigos” del gobierno de Vladimir Putin. Por esto unos 50.000 profesionales de habla rusa trabajan permanentemente en la isla. También por esto las sociedades chipriotas pagan impuesto a las ganancias con una tasa de apenas el 10% de las utilidades netas. No es sorpresivo entonces que nada menos que el 20% de las inversiones extranjeras directas rusas totales se canalice a través de Chipre. Por esto la capital del sector griego de la isla, Limassol, suele ser llamada, alegóricamente, “Limassolgrad”. Los millonarios rusos deambulan por allí constantemente. Son inconfundibles por sus anteojos oscuros y atuendos negros, preferentemente de cuero. Y por las vistosas niñas que, con mucha frecuencia, los rodean. Hay allí colegios rusos, alguna estación de radio que transmite en idioma ruso y restaurantes de nivel que ofrecen comida típica rusa y ucraniana. Ante esta verdadera invasión pacífica, no es de extrañar que muchas de las mejores propiedades turísticas de la isla, particularmente las emplazadas sobre el sector costero, hayan sido adquiridas por millonarios rusos. Como ya sucedió, por ejemplo, en las bonitas costas de Croacia y Montenegro. Para hacer las cosas más atractivas aún para los rusos, la parte griego-chipriota de la isla tiene una población mayoritariamente de religión ortodoxa, la fe predominante en Rusia. La crisis financiera griega ha golpeado –duro– al diminuto sistema financiero local por sus fuertes vinculaciones con los bancos griegos, que están realmente en mal estado. El resultado de las recientes elecciones griegas parece haber despejado, al menos por el momento, la preocupación por una eventual salida de Grecia de la llamada zona del “euro”. Pero el clima sigue siendo de alta tensión y nada está definitivamente resuelto, ni ha quedado atrás. Ya el año pasado Rusia había salido en socorro de Chipre con un préstamo de 3.100 millones de dólares, concedido a una interesante tasa del 4,5% anual. Ahora se apresta a sumar otro a esa asistencia, por 2.300 millones de dólares, en este caso para sostener al ahora enclenque sistema financiero de la isla. Para Rusia hay ciertamente razones geopolíticas de peso para justificar su fuerte presencia en la isla, dividida desde 1974 cuando los turcos la invadieron. Desde entonces ha estado fracturada en dos zonas: una bajo el gobierno de los turco-chipriotas y otra bajo el control de los griego-chipriotas. Todos los esfuerzos por reunificar políticamente a la isla han resultado infructuosos, como si el actual statu quo fuera –por el momento, al menos– la situación ideal. En primer lugar, porque las empresas griego-chipriotas de propiedad de los inversores rusos tienen, desde Chipre, acceso directo al sistema económico de la Unión Europea, a la que el sector griego-chipriota pertenece. Son europeas, entonces. En segundo lugar, porque Chipre acaba de descubrir importantes yacimientos de hidrocarburos en el mar. En ellas ambicionan participar las importantes empresas rusas del sector que están presentes en las licitaciones que fueran convocadas al efecto. De allí que no haya demasiadas dificultades políticas, en Rusia, en prestar ayuda al gobierno griego-chipriota, pese a la profunda crisis helénica. En tercer lugar, porque el gobierno encabezado por Demetris Christofias, es –en rigor– el único comunista de toda la Unión Europea, razón por la cual su voz suele salir en defensa de las políticas del Kremlin en algunos temas tan sensibles como el vinculado con la invasión de Georgia en el 2008 o con la actual cuestión Siria. Solitariamente, las más de las veces. Por rotación, Chipre se apresta ahora, el 1 de julio, a asumir la presidencia de la Unión Europea, lo que le dará alguna visibilidad política. Para los griego-chipriotas, por su parte, la fuerte “conexión rusa” supone una suerte de garantía o seguridad ante la amenaza que representa el crecimiento vertiginoso de la influencia –y el poder blando– de una exitosa Turquía ahora presente –con gran dinamismo– en todos los rincones de Medio Oriente. (*) Ex embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas
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