El diseño institucional y la debilidad de los partidos
Opinión
Los medios de prensa recogen a diario las opiniones de agudos analistas y acerados críticos que se lamentan de “la debilidad de los partidos de la oposición”. Esta especie de encarnizamiento con los líderes políticos de la oposición, que aparecen como culpables del mal desempeño de los partidos políticos argentinos, es acogido con mal disimulado regocijo por el coro mediático de los intelectuales K. “No hay oposición” es la frase más repetida en las columnas de “Página/ 12”. Ahora bien, si no existen dudas sobre la extrema debilidad de los partidos políticos argentinos, sin embargo son pocos los que aciertan a identificar las causas que están detrás de esa debilidad. En el breve espacio de una nota de opinión no es posible recoger el extenso listado de factores históricos, económicos, políticos y culturales que han contribuido a dejar a los partidos políticos argentinos en el estado comatoso en que se encuentran. Por consiguiente, al elegir la influencia que tiene el diseño institucional nos limitamos a considerar un elemento que estimamos relevante, sintiéndonos eximidos de tener que medir cuál es exactamente el peso de esa relevancia en términos comparativos con otros elementos. Nos basta sencillamente con señalar su importancia. Antes de abordar la cuestión principal, conviene deshacer un equívoco bastante extendido. La debilidad de los partidos políticos argentinos es un mal general que afecta a todos; es decir, tanto a los partidos del arco opositor como al partido en el poder. El Partido Justicialista es también una “cáscara vacía”, como bien se ha encargado de destacar uno de sus principales dirigentes hasta hace pocas semanas. A lo que se debe añadir que cualquier visitante de la Argentina que leyera durante una semana la prensa local se sentiría asombrado al comprobar que el gobernador Daniel Scioli, el sindicalista Hugo Moyano, el diputado Carlos Kunkel y el senador Aníbal Fernández militan en un mismo partido. El factor distorsivo Cualquier análisis sobre la debilidad de los partidos políticos argentinos no puede eludir la existencia de un factor enormemente distorsivo que, si bien responde a causas históricas y culturales de enorme gravitación, no puede negar la influencia del diseño institucional en su nacimiento y consolidación. Nos referimos, claro está, al Movimiento Peronista, esa suerte de “solución coloidal” en la acertada definición de Rubén Sidicaro, que como una suerte de partido catch-all (atrapa todo) se presenta como el partido en el poder pero también aspira a ser el partido de la oposición, es decir, a generar la alternancia desde su propio seno. La fortaleza del Movimiento Peronista –que debe diferenciarse del escuálido Partido Justicialista– reside básicamente en la enorme capacidad demostrada para penetrar, parasitar y expoliar al Estado. Su enorme desparpajo para colonizar los aparatos del Estado y extraer de ellos hasta la última savia vivificadora para usarla en una dirección partidista demuestra la enorme dificultad que encierra para los partidos de la oposición enfrentar no ya a un partido en el gobierno sino a una mímesis singular entre partido y Estado. Esta enorme distorsión democrática, que clausura o hace extremadamente dificultosa la posibilidad de la alternancia, es posible por la debilidad del tejido institucional, que no tiene capacidad para sujetar al “ogro filantrópico” a que se refería Octavio Paz, en otro país atenazado por el mismo fenómeno. Justamente, la circunstancia de que en otras áreas de la geografía política de América Latina emerjan fenómenos de similar factura debiera hacernos reflexionar sobre la coincidente debilidad institucional que permite estos desafueros. En realidad, cuando hablamos de “debilidad de los partidos políticos” estamos aludiendo indirectamente a la debilidad institucional del Parlamento. La intensa vida parlamentaria es la que fortalece a los partidos políticos, puesto que es la caja de resonancia fundamental de su actividad proselitista. Sin vida parlamentaria no hay vida partidaria, de modo que si queremos investigar las causas de la debilidad de los partidos políticos debemos necesariamente indagar en las causas de la debilidad del Parlamento. Y ahora, sumando todos estos datos, parece ya más clara cuál es la causa institucional determinante de la debilidad de nuestra vida parlamentaria y, por lo tanto, de los partidos políticos. La debilidad del Parlamento es consecuencia directa de la extrema fortaleza del Poder Ejecutivo en los sistemas presidencialistas. Nuestro sistema presidencialista fue el subproducto de atender a una necesidad histórica registrada en el siglo XIX: la de acabar con la anarquía. Había que acceder a un presidencialismo reforzado, por lo que el presidente fue concebido en América Latina como un monarca constitucionalizado: “reyes con el nombre de presidentes”, decía Bolívar. La pervivencia de este presidencialismo reforzado operando en otra época, caracterizada por el despertar de las masas, ha dado lugar en el siglo XX al fenómeno del populismo. Los sistemas presidencialistas han favorecido la emergencia de líderes mesiánicos que, con el sincero deseo o el simple pretexto de llevar a cabo una labor emancipadora, se han adueñado del aparato del Estado para usarlo en una dirección partidista. Los enormes recursos que el sistema institucional pone a disposición del Ejecutivo –veto, DNU, manejo discrecional de los fondos coparticipables, etcétera– explican el enorme poder de fuego que tiene el presidente. Si se comparte, aunque sea parcialmente, esta lectura de la debilidad-fortaleza de nuestra estructura institucional, la corrección tiene que pasar necesariamente por la recuperación de una relación más equilibrada entre Parlamento y Poder Ejecutivo. Carlos Nino, el ideólogo institucional de Raúl Alfonsín, visualizó el problema cuando bregaba por un jefe de Gabinete designado por el Congreso, pero esa iniciativa naufragó en los atolladeros del Pacto de Olivos. Sin fortalecer institucionalmente al Parlamento –es decir, sin debilitar al Ejecutivo, limitando su capacidad de adueñarse impunemente de los recursos del Estado– seguiremos asistiendo al espectáculo perpetuo de un liderazgo presidencial “fuerte”, frente a unos partidos débiles que no consiguen construir liderazgos alternativos. Sin alternancia no hay verdadera democracia. Pero de esta enojosa situación no son responsables los partidos políticos de la oposición, sus verdaderas víctimas. La causa principal reside en nuestro portentoso desequilibrio institucional.
Aleardo F. Laría
Opinión
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora