Martín Garay: un cosmopolita de cuerpo y alma
Matías Subat
Martín “Tornillo” Garay hoy, se siente un neuquino aunque no lo es. Nació en Punta Alta, al sureste de Buenos Aires, y luego sus ganas de transformarse en artista lo llevaron a recorrer muchas ciudades argentinas y también brasileñas. “Tornillo” se instaló en Neuquén en el 2003, luego de pasar un verano con funciones artísticas callejeras en San Martín de los Andes. Poco después, su alma de líder, lo llevó a hacerse cargo de un teatro neuquino, el teatro “Claro Oscuro”. Y, así, con ese mismo entusiasmo, en el 2009 tomó las riendas de lo que hoy es el teatro “El viento, variedades escénicas”. A los 13 años, Martín, incursionó en las artes. Su historia comenzó de la mano del teatro, pasó por la música y se deleitó y enamoró del arte circense. Siempre lo supo. Él quería ser artista, pero se convenció de eso a los 17 años cuando decidió partir de su pueblo hacia Monte Hermoso, para ganarse el verano como artista callejero. “Yo desde chico quería ser artista. En vez de jugar a la pelota, me iba a jugar al ajedrez o en vez de ir a jugar lo que jugaban todos iba a teatro o quería estudiar música”, confesó Martín en una charla íntima con este medio. Con sus 35 años, “Tornillo” recorrió varias ciudades y pueblos para buscar su lugar en el mundo, un lugar que le permitiera desarrollarse como artista. Tras alguno de esos viajes, se dio cuenta que su pueblo “le cortaba las alas”. “Hice el clic, me di cuenta de que yo no podía estar más viviendo en ese lugar (Punta Alta), que había sentido un llamado por el arte y que el arte me llevaba a hacer mi vida en otras ciudades o buscar mi rumbo en otro lugar que tenga más posibilidades de formación”, señaló el artista. Su búsqueda de formación la sació en la capital federal, pero Buenos Aires no era su lugar en el mundo. Tras un año en Misiones partió hacia Brasil nuevamente, y luego, emprendió la vuelta “empecé a extrañar a mi familia, a mi mamá, que hace rato no la veía y, ahí, empecé a volver, tarde como seis meses en volver”, confesó entre risas cómplices. Así, regresó a su pueblo donde estuvo tan sólo 15 días y volvió a salir a encontrar ese rincón del mundo que cobijara su arte. La Plata parecía ser ese lugar. Estuvo dos años allí y participó en la formación de un centro cultural. Sin embargo, tras esa experiencia y algunas más decidió regresar a tierras neuquinas con su grupo de circo-teatro, se quedó un tiempo, se fue y volvió para quedarse y descubrir que Neuquén era su lugar en el mundo. “Me quedé y ya, creo, que no me voy más. Sí me voy, me voy a visitar pero estoy muy agradecido a Neuquén por todo lo que me dio, de todo lo que pude hacer acá. Yo me siento en deuda con Neuquén y con toda su sociedad por eso trato de hacer todo lo que más puedo”, cerró “Tornillo”.
Matías Subat
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