Crisis de (des) confianza

Weretilneck sabe que su futuro depende del éxito que alcance su gobierno.

Redacción

Por Redacción

DE DOMINGO A domingo

ALICIA MILLER amiller@rionegro.com.ar

En política, una cosa es lo que sucede y otra, bastante distinta, la sensación acerca de lo que ocurre. Por eso, suele decirse que los hechos valen más que las palabras. Aun cuando éstas puedan –en ocasiones– desencadenar efectos visibles, al estilo de las profecías autocumplidas que son la pesadilla para los economistas. El gobierno de Alberto Weretilneck se debate en una crisis de desconfianza. Aunque todos –dentro y fuera de él– dicen que confían, las señales van en dirección opuesta a los discursos. No confían los peronistas en el gobernador, no confía el gobernador en los funcionarios que designó Carlos Soria, habla de confianza el senador Miguel Pichetto y dice que confía Martín Soria mientras se cuida incluso de quienes fueron la sombra de su padre. En definitiva, no confían los peronistas históricos, ni los nuevos, ni la presidenta de la Nación ni el ministro Randazzo. Y ése es el punto: que a casi ocho meses de gobierno del Frente para la Victoria hay en el aire más entrecruzamiento de sospechas que proyectos, obras y acciones concretas de gobierno. Y no es que falten problemas que resolver. ¡Sobran! La ambigüedad es hasta ahora el signo distintivo de una gestión que no logra definir un perfil ideológico, un estilo político ni una mística que le otorgue un sentido común de pertenencia. Que no tiene reuniones de gabinete ni coordina acciones por áreas y que navega en aguas a veces encontradas, como los remansos que acechan en el río Negro. Mejorada la situación en la región Andina, la crisis de la producción de frutas en el Alto Valle es el mayor problema económico que enfrenta la provincia. El gobierno, los productores y hasta los gremios saben que las causas son en gran medida estructurales, con el condimento que aporta la política nacional –en materia cambiaria y de comercio exterior–, que vuelve tóxica la mezcla. La ambigüedad es, por eso, una necesidad para Weretilneck: si cuestiona el eje de la política nacional, pierde los favores de los que depende para sostener la Provincia. Aun así, estas prevenciones no explican un plan de asistencia ambicioso –si se lo compara con los recursos–, que contradice las directivas nacionales, dinamita el equilibrio fiscal y –lo peor– no conforma a los fruticultores. En el fondo, se trasluce que –en un tema tan complejo– el gobernador no parece confiar en su propio gabinete y se refugia en asesores particulares. Esto conmueve la base de sustentación del titular del área, Oscar Rolo, que vivió el último mes atenazado por una interna entre sectores antagónicos de Nación y en la mira de dardos provinciales lanzados desde el Estado y la producción, para terminar defendido por quienes uno menos pensaba. Otro dilema –pero relacionado al fin por el eje del Presupuesto público– se presenta por la ambigüedad en el manejo del gasto público, especialmente el salarial. El FpV llegó al gobierno con la premisa de hacer más austero y eficiente el Estado, pagó el costo político de la ley de disponibilidad, después rehusó aplicarla, les entregó la llave de esa norma a los gremios y, para colmo, aumentó en forma desmedida los ingresos de las autoridades superiores. Mostrando preocupación por el “qué dirán”, logró la ley que incorpora la zona desfavorable al sueldo de 16.000 estatales, sin saber exactamente qué impacto tendrá sobre las cuentas y cómo podrá sostenerse en el tiempo. Justo en momentos en que la Nación insiste en reclamar orden fiscal a las provincias. Puntal principal de su respaldo político hasta hace unas semanas, el senador Pichetto ha comenzado a plantear disidencias con el gobernador en varios frentes. Y la fruticultura es, entre ellos, uno nada menor. La principal discrepancia se planteó cuando el mandatario “compró” el proyecto de crear un ente al estilo de la malograda Corpofrut. La negativa de los Pichetto –padre e hijo– a avalar ese intento fue tal que incluyó un amague de portazo. Luego fue el anuncio del paquete de ayuda, del cual nadie –salvo, es de esperar, el gobernador– puede asegurar si estarán los fondos para cumplir con los compromisos graduales. En este campo de arenas movedizas en que transitan el Estado y el Frente, la detención de siete policías a quienes el juez de Choele Choel ha imputado vinculación con el homicidio del trabajador rural salteño Daniel Solano sumó desazón. Fue como tomar conciencia de que un cambio de gobierno resulta por sí mismo insuficiente para provocar cambios automáticos. Y que no hay manera de impedir que el fantasma de aquella policía de la gestión Saiz –que privilegió la prepotencia, la corrupción y la incapacidad– aparezca una y otra vez en el espejo del gobierno actual hasta que desde el Estado se acierte en construir un modo distinto de autoridad, de sujeción a la ley y de respeto a los ciudadanos. En este marco, no escapa al gobernador que la confianza es un insumo escaso. Y que de su habilidad para obtenerla depende no sólo el éxito de su gestión sino su futuro político. Es probable que por eso anunciara que se afiliará al Partido Justicialista, persuadido tal vez de que será suficiente para acercar las orillas de la grieta tangible que atraviesa el gobierno a su cargo. De su determinación de los tiempos –dijo que lo hará a fin de año– podría suponerse que primero espera consolidar un grupo propio que le sirva de paraguas en su desembarco, consciente de que una golondrina no hace el verano y de que el peronismo es un partido con reglas complejas. Weretilneck viene de un partido –el Frente Grande– que tuvo su origen en el vecinalismo cipoleño y que dio lugar luego al provincial MPP. Sin multitudes, la habilidad de su agrupación ha sido navegar la política rionegrina amparándose –según soplaran los vientos– cerca de la flota radical o de la peronista, pero sin confundirse con ninguna de las dos. De allí que su principal ventaja –manejar las decisiones y los recursos públicos– podría verse relativizada si su anunciada afiliación es interpretada como un nuevo “cambio de camiseta”. Como un mero acomodamiento personal. En un partido como el Justicialista, donde los militantes históricos ligan la pertenencia con tradiciones familiares o lazos emocionales con las figuras de su fundador y de la mítica Eva, esto podría suponerle más críticas que adhesiones. Más allá de estas consideraciones, es claro que el gesto apunta al deseo de Weretilneck de buscar proyección para el 2015, lo que logró que el pichettismo y todo el resto de los sectores peronistas lo miren con recelo. En realidad, no hay sorpresa en que Weretilneck busque repetir como gobernador. Lo único hasta ahora ambiguo es qué modo elegirá para intentarlo: Si encabezar una fórmula con y desde el peronismo. O abonar –mediante sus relaciones políticas y personales– un proyecto transversal con el Frente Grande y radicales de su estima, como Pablo Verani, Bautista Mendioroz y Daniel Sartor, con quienes nunca negó haber evaluado opciones electorales para el 2011. Pero Weretilneck es un pragmático. Por eso, sabrá bien que la confianza que tanto necesita dependerá menos de sus palabras que del éxito que tenga en conducir un equipo de gestión que resuelva problemas a los rionegrinos.


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