La tregua de Cristina
Para sorpresa incluso del propio gobernador Daniel Scioli, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner finalmente decidió enviarle más dinero, ayudándolo así a abonar el aguinaldo de los empleados públicos bonaerenses. Según parece, Cristina cambió de actitud al darse cuenta de que le tocaba pagar el grueso de los costos políticos de lo que fue un intento indisimulado de asfixiar financieramente a la provincia más importante del país con la esperanza de debilitar así a un rival en potencia. Conforme a las encuestas de opinión, si bien Scioli se vio perjudicado por la maniobra, aunque sólo fuera porque sus adversarios aprovecharon la oportunidad para acusarlo de pusilanimidad, perdió mucho menos que la presidenta que, a ojos de la mayoría de los bonaerenses, es la responsable principal de los problemas económicos de la jurisdicción. Puede que a la hora de administrar la economía bonaerense Scioli sea tan malo como afirman los voceros del círculo áulico kirchnerista, pero parecería que, gracias a la torpeza rudimentaria del vicegobernador Gabriel Mariotto, se ha difundido la impresión de que sus eventuales deficiencias en dicho ámbito se deben casi por completo a la hostilidad de una presidenta que parece más interesada en la interna peronista que en el destino del país. Por ser el gobierno tan extraordinariamente hermético, y por carecer el país de las estructuras institucionales que en otras latitudes sirven para que los conflictos políticos se libren según reglas acaso no escritas pero así y todo fácilmente comprensibles, el enfrentamiento de Cristina con Scioli se presta a muchas interpretaciones. Aunque se supone que los kirchneristas más vehementes no han abandonado la idea de forzar una nueva reforma constitucional para que Cristina pueda seguir en la Casa Rosada por muchos años más, a esta altura parece escasa la posibilidad de que prospere una iniciativa en tal sentido. Tampoco parece demasiado promisorio el planteo de quienes se han resignado al fracaso de los esfuerzos re-reeleccionistas pero, no obstante ello, quisieran que el eventual candidato oficialista fuera alguien firmemente subordinado a la presidenta actual y que, a diferencia de Scioli, el que a su entender es un derechista congénito, se encargaría de defender contra viento y marea el modelo supuestamente nacional y popular que atribuyen a la pareja santacruceña. Puesto que todo hace prever que “el modelo” ya tiene los días contados, aun cuando lograran encontrar en las filas ultrakirchneristas un candidato adecuado lo más probable sería que el electorado, harto de años de prepotencia y arbitrariedad inconducentes, lo repudiara. Queda, pues, la alternativa de ver en Scioli el sucesor lógico de Cristina, pero tratar de obligarlo a aceptar como compañero de fórmula a un kirchnerista cabal, o sea un “comisario político” como Mariotto. En otras democracias, un arreglo de este tipo podría considerarse normal, pero no lo sería en la Argentina. Lo mismo que el presidente Carlos Menem en los años noventa del siglo pasado, Cristina se cree obligada a actuar como si confiara en continuar indefinidamente en el poder. Si bien según el calendario constitucional las próximas elecciones presidenciales tendrán lugar en la segunda mitad del 2015, a juicio de muchos legisladores, gobernadores, intendentes y otros integrantes del aglomerado oficialista ya se acerca el final de su gestión, de suerte que están comenzando a pensar en cómo prepararse para una etapa que podría ser muy distinta. Será por eso que, desde hace meses, la lucha a primera vista absurdamente prematura, para no decir insensata, de los comprometidos con Cristina contra quien en teoría es su aliado más valioso domina la política nacional. Hasta ahora, Scioli ha logrado sobrevivir a las embestidas feroces de los kirchneristas que, si bien lo han herido, han perjudicado más a los atacantes que, de resultas del fracaso así supuesto, se ven ante un dilema espinoso. De optar por convivir con el gobernador, muchos podrían llegar a la conclusión de que en el fondo es el más fuerte; pero si reanudan la ofensiva, correrán el riesgo de que les resulte tan contraproducente como fue el intento de hundirlo privando a la provincia de los fondos necesarios para pagar como corresponde el medio aguinaldo de los empleados públicos bonaerenses.
Para sorpresa incluso del propio gobernador Daniel Scioli, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner finalmente decidió enviarle más dinero, ayudándolo así a abonar el aguinaldo de los empleados públicos bonaerenses. Según parece, Cristina cambió de actitud al darse cuenta de que le tocaba pagar el grueso de los costos políticos de lo que fue un intento indisimulado de asfixiar financieramente a la provincia más importante del país con la esperanza de debilitar así a un rival en potencia. Conforme a las encuestas de opinión, si bien Scioli se vio perjudicado por la maniobra, aunque sólo fuera porque sus adversarios aprovecharon la oportunidad para acusarlo de pusilanimidad, perdió mucho menos que la presidenta que, a ojos de la mayoría de los bonaerenses, es la responsable principal de los problemas económicos de la jurisdicción. Puede que a la hora de administrar la economía bonaerense Scioli sea tan malo como afirman los voceros del círculo áulico kirchnerista, pero parecería que, gracias a la torpeza rudimentaria del vicegobernador Gabriel Mariotto, se ha difundido la impresión de que sus eventuales deficiencias en dicho ámbito se deben casi por completo a la hostilidad de una presidenta que parece más interesada en la interna peronista que en el destino del país. Por ser el gobierno tan extraordinariamente hermético, y por carecer el país de las estructuras institucionales que en otras latitudes sirven para que los conflictos políticos se libren según reglas acaso no escritas pero así y todo fácilmente comprensibles, el enfrentamiento de Cristina con Scioli se presta a muchas interpretaciones. Aunque se supone que los kirchneristas más vehementes no han abandonado la idea de forzar una nueva reforma constitucional para que Cristina pueda seguir en la Casa Rosada por muchos años más, a esta altura parece escasa la posibilidad de que prospere una iniciativa en tal sentido. Tampoco parece demasiado promisorio el planteo de quienes se han resignado al fracaso de los esfuerzos re-reeleccionistas pero, no obstante ello, quisieran que el eventual candidato oficialista fuera alguien firmemente subordinado a la presidenta actual y que, a diferencia de Scioli, el que a su entender es un derechista congénito, se encargaría de defender contra viento y marea el modelo supuestamente nacional y popular que atribuyen a la pareja santacruceña. Puesto que todo hace prever que “el modelo” ya tiene los días contados, aun cuando lograran encontrar en las filas ultrakirchneristas un candidato adecuado lo más probable sería que el electorado, harto de años de prepotencia y arbitrariedad inconducentes, lo repudiara. Queda, pues, la alternativa de ver en Scioli el sucesor lógico de Cristina, pero tratar de obligarlo a aceptar como compañero de fórmula a un kirchnerista cabal, o sea un “comisario político” como Mariotto. En otras democracias, un arreglo de este tipo podría considerarse normal, pero no lo sería en la Argentina. Lo mismo que el presidente Carlos Menem en los años noventa del siglo pasado, Cristina se cree obligada a actuar como si confiara en continuar indefinidamente en el poder. Si bien según el calendario constitucional las próximas elecciones presidenciales tendrán lugar en la segunda mitad del 2015, a juicio de muchos legisladores, gobernadores, intendentes y otros integrantes del aglomerado oficialista ya se acerca el final de su gestión, de suerte que están comenzando a pensar en cómo prepararse para una etapa que podría ser muy distinta. Será por eso que, desde hace meses, la lucha a primera vista absurdamente prematura, para no decir insensata, de los comprometidos con Cristina contra quien en teoría es su aliado más valioso domina la política nacional. Hasta ahora, Scioli ha logrado sobrevivir a las embestidas feroces de los kirchneristas que, si bien lo han herido, han perjudicado más a los atacantes que, de resultas del fracaso así supuesto, se ven ante un dilema espinoso. De optar por convivir con el gobernador, muchos podrían llegar a la conclusión de que en el fondo es el más fuerte; pero si reanudan la ofensiva, correrán el riesgo de que les resulte tan contraproducente como fue el intento de hundirlo privando a la provincia de los fondos necesarios para pagar como corresponde el medio aguinaldo de los empleados públicos bonaerenses.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora