El desafío electoral
La decisión de adelantar las elecciones debería brindarnos la oportunidad para reemplazar un gobierno populista que tantos perjuicios nos ocasionó.
Desde hace más de medio año, la Argentina está protagonizando una crisis sin precedentes evidentes en el mundo moderno no tanto por su magnitud, cuanto porque se ha debido en buena medida a los errores garrafales cometidos por sus propios gobernantes. Sin embargo, los desastres supuestos por la convicción de que siempre nos sería dado vivir de créditos facilitados por la banca internacional y el FMI, que muchos tomaban por subsidios, un default celebrado como si fuera un gran triunfo, una devaluación pésimamente manejada, la «pesificación asimétrica» y las tragicómicas idas y vueltas de los presidentes Fernando de la Rúa y Eduardo Duhalde. Por lo tanto, la decisión de éste de adelantar las elecciones presidenciales seis meses debería servir para brindarnos una oportunidad para reemplazar un gobierno que representa el populismo tradicional que tantos perjuicios nos ha ocasionado, por otro de características más apropiadas para los tiempos que corren. Para que ello ocurriera, empero, tendrían que producirse muchos cambios en el panorama político. Pero aunque los acontecimientos recientes deberían haber significado el hundimiento de los movimientos responsables de las catástrofes a las que nos hemos habituado y el surgimiento de otros muy diferentes, por ahora no se dan demasiados motivos como para suponer que el país esté por experimentar una transformación comparable con la supuesta por la irrupción de la UCR primero y, medio siglo después, por el peronismo. Por cierto, sólo a un optimista empedernido se le ocurriría imaginar que el ARI de la diputada chaqueña Elisa Carrió pudiera liderar la modernización definitiva del país. En cuanto a la izquierda del diputado «trotskista» Luis Zamora, político que según las encuestas de opinión es bien mirado por los porteños que están reclamando la devolución de sus dólares estadounidenses, la mera idea de que pudiera contribuir a superar la crisis parece absurda: antes bien, su popularidad actual, como la de Carrió, es un síntoma más de la confusión imperante.
Aunque mucho podría suceder en los nueve meses que aún nos separan de la fecha elegida por Duhalde, por ahora los precandidatos más favorecidos parecen ser Carrió, que es una política oposicionista por antonomasia; el gobernador santafesino Carlos Reutemann, dirigente que quizás opte por no presentarse, y el ex presidente Carlos Menem. Dicho de otro modo, parecería que, una vez más, el país podría quedar pendiente de los resultados de la interna peronista, lo cual abriría perspectivas nada promisorias y supondría que, lo mismo que en tantas otras ocasiones, desaprovecharíamos una nueva oportunidad para romper con una tradición política cuyos frutos difícilmente pudieran haber sido más decepcionantes y de este modo acercarnos «al mundo» que, como ya debería sernos patente, suele regirse según pautas políticas y económicas que, además de ser muy distintas de las reivindicadas por el populismo, han resultado ser incomparablemente mejores.
La crisis que ha depauperado a más de diez millones de personas y que amenaza con eliminar la posibilidad de que un día la Argentina logre desarrollar más que una proporción mínima de sus potencialidades puede atribuirse a que a partir de comienzos del siglo pasado nunca ha sido capaz de dotarse de una clase gobernante adecuada, de ahí la sucesión de regímenes militares consentidos y gobiernos civiles demagógicos que siempre han terminado defraudando a la mayoría de sus simpatizantes iniciales. Antes de 1989, tales desgracias podían atribuirse a la voluntad de los militares de emplear su poderío de fuego ya para gobernar directamente, ya para impedir que lo hicieran otros a su juicio incapaces. Desde 1989, empero, el electorado siempre ha tenido la palabra final, de suerte que es en última instancia el responsable principal de sus propias desgracias. Si una proporción suficiente de la ciudadanía entiende esta verdad acaso antipática pero innegable, la campaña electoral que está por empezar podrá depararnos algunas sorpresas muy gratas. En cambio, si la mayoría sigue hablando y actuando como si creyera que la «clase política» fuera en cierta manera ajena al país, los comicios anunciados para el 30 de marzo del año próximo no ayudarán a solucionar nada.
Desde hace más de medio año, la Argentina está protagonizando una crisis sin precedentes evidentes en el mundo moderno no tanto por su magnitud, cuanto porque se ha debido en buena medida a los errores garrafales cometidos por sus propios gobernantes. Sin embargo, los desastres supuestos por la convicción de que siempre nos sería dado vivir de créditos facilitados por la banca internacional y el FMI, que muchos tomaban por subsidios, un default celebrado como si fuera un gran triunfo, una devaluación pésimamente manejada, la "pesificación asimétrica" y las tragicómicas idas y vueltas de los presidentes Fernando de la Rúa y Eduardo Duhalde. Por lo tanto, la decisión de éste de adelantar las elecciones presidenciales seis meses debería servir para brindarnos una oportunidad para reemplazar un gobierno que representa el populismo tradicional que tantos perjuicios nos ha ocasionado, por otro de características más apropiadas para los tiempos que corren. Para que ello ocurriera, empero, tendrían que producirse muchos cambios en el panorama político. Pero aunque los acontecimientos recientes deberían haber significado el hundimiento de los movimientos responsables de las catástrofes a las que nos hemos habituado y el surgimiento de otros muy diferentes, por ahora no se dan demasiados motivos como para suponer que el país esté por experimentar una transformación comparable con la supuesta por la irrupción de la UCR primero y, medio siglo después, por el peronismo. Por cierto, sólo a un optimista empedernido se le ocurriría imaginar que el ARI de la diputada chaqueña Elisa Carrió pudiera liderar la modernización definitiva del país. En cuanto a la izquierda del diputado "trotskista" Luis Zamora, político que según las encuestas de opinión es bien mirado por los porteños que están reclamando la devolución de sus dólares estadounidenses, la mera idea de que pudiera contribuir a superar la crisis parece absurda: antes bien, su popularidad actual, como la de Carrió, es un síntoma más de la confusión imperante.
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