La ofensiva de Dilma

Redacción

Por Redacción

El intercambio de lindezas futboleras entre la jefa del Fondo Monetario Internacional, Catherine Lagarde, y la presidenta Cristina Fernández de Kirchner habrá servido para divertir a los asistentes a la reunión plenaria de la Asamblea General de la ONU, pero no tuvo el mismo impacto que la forma vehemente en que la presidenta brasileña, Dilma Rousseff, criticó la política monetaria expansionista de Estados Unidos y la Unión Europea que, como subrayó, provoca “una apreciación artificial de las monedas de los países emergentes”. También defendió las medidas “de defensa comercial” que, según ella, no deberían ser calificadas de proteccionistas, reivindicando así la postura tradicional de su país, ya que los gobiernos brasileños nunca han vacilado en erigir barreras destinadas a impedir que las industrias locales sean arrolladas por “invasores” extranjeros. Aunque desde el punto de vista de la clase dirigente brasileña dicha estrategia ha brindado resultados satisfactorios, ha contribuido a mantener atrasado el sector manufacturero que, a diferencia de su equivalente en países como China, todavía dista de estar en condiciones de competir en pie de igualdad con sus rivales en los mercados internacionales. El que una mandataria tan influyente como Dilma Rousseff, una economista profesional, haya aprovechado la reunión de la Asamblea General para defender el proteccionismo es preocupante. Aunque en todas partes está haciéndose cada vez más fuerte la tentación de anteponer los intereses inmediatos propios a los del conjunto mundial, la mayoría entiende que lo que podría resultar beneficioso para un país determinado tendría consecuencias nefastas si los demás optaran por obstaculizar las importaciones, porque el desarrollo notable que ha experimentado la economía global en las décadas que precedieron al estallido de la crisis financiera, y que aún no se ha agotado por completo, fue impulsado en buena medida por el aumento vigoroso del comercio internacional. Asimismo, una recaída en el proteccionismo perjudicaría principalmente a países como China, cuya estrategia de desarrollo se parece mucho a la del Japón de los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, y también a Alemania, cuya fortaleza actual se debe a su capacidad para exportar bienes de muy alta calidad. Huelga decir que de concretarse el temido aterrizaje forzoso de China y precipitarse Alemania en una recesión, las repercusiones negativas no tardarían en hacerse sentir en Brasil y, por supuesto, en nuestro país. El proteccionismo plantea un peligro a la economía mundial. ¿Plantea otro la política monetaria expansionista, o, según el eufemismo en boga, “la flexibilización cuantitativa”, con la que la Reserva Federal estadounidense y, de manera mucho más cauta, el Banco Central Europeo están procurando reavivar las economías más importantes del planeta para que se reanude el crecimiento? Muchos creen que sí, algunos porque prevén un período prolongado de estanflación, otros porque, como Dilma, suponen que el “tsunami monetario” resultante restaría competitividad a los países emergentes. Puede que tengan razón los contrarios a las medidas emprendidas por las autoridades de los países ricos, pero por desgracia no han logrado formular alternativas convincentes, acaso porque no hay soluciones que sean a un tiempo eficaces y políticamente viables para los problemas estructurales de sociedades envejecidas que se han acostumbrado a un estándar de vida que es envidiablemente alto. Por cierto, si bien la Reserva Federal ha inyectado una cantidad astronómica de dólares en la economía estadounidense, los resultados de la “flexibilización” así supuesta han sido muy decepcionantes, mientras que en Europa los esfuerzos en tal sentido del Banco Central de la Eurozona, y del Banco de Inglaterra, aún no han producido la recuperación esperada. Tampoco parecen haber servido para mucho las “políticas fiscales ortodoxas” denunciadas por Dilma ya que, como señaló, “han empeorado la recesión” en los países en apuros, pero, por desgracia, el que la austeridad aún no haya brindado los frutos inicialmente previstos no necesariamente significa que hubiera sido mejor que los gobiernos de Grecia, España, Portugal e Italia continuaran gastando como antes sin preocuparse por los engorrosos detalles fiscales.


El intercambio de lindezas futboleras entre la jefa del Fondo Monetario Internacional, Catherine Lagarde, y la presidenta Cristina Fernández de Kirchner habrá servido para divertir a los asistentes a la reunión plenaria de la Asamblea General de la ONU, pero no tuvo el mismo impacto que la forma vehemente en que la presidenta brasileña, Dilma Rousseff, criticó la política monetaria expansionista de Estados Unidos y la Unión Europea que, como subrayó, provoca “una apreciación artificial de las monedas de los países emergentes”. También defendió las medidas “de defensa comercial” que, según ella, no deberían ser calificadas de proteccionistas, reivindicando así la postura tradicional de su país, ya que los gobiernos brasileños nunca han vacilado en erigir barreras destinadas a impedir que las industrias locales sean arrolladas por “invasores” extranjeros. Aunque desde el punto de vista de la clase dirigente brasileña dicha estrategia ha brindado resultados satisfactorios, ha contribuido a mantener atrasado el sector manufacturero que, a diferencia de su equivalente en países como China, todavía dista de estar en condiciones de competir en pie de igualdad con sus rivales en los mercados internacionales. El que una mandataria tan influyente como Dilma Rousseff, una economista profesional, haya aprovechado la reunión de la Asamblea General para defender el proteccionismo es preocupante. Aunque en todas partes está haciéndose cada vez más fuerte la tentación de anteponer los intereses inmediatos propios a los del conjunto mundial, la mayoría entiende que lo que podría resultar beneficioso para un país determinado tendría consecuencias nefastas si los demás optaran por obstaculizar las importaciones, porque el desarrollo notable que ha experimentado la economía global en las décadas que precedieron al estallido de la crisis financiera, y que aún no se ha agotado por completo, fue impulsado en buena medida por el aumento vigoroso del comercio internacional. Asimismo, una recaída en el proteccionismo perjudicaría principalmente a países como China, cuya estrategia de desarrollo se parece mucho a la del Japón de los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, y también a Alemania, cuya fortaleza actual se debe a su capacidad para exportar bienes de muy alta calidad. Huelga decir que de concretarse el temido aterrizaje forzoso de China y precipitarse Alemania en una recesión, las repercusiones negativas no tardarían en hacerse sentir en Brasil y, por supuesto, en nuestro país. El proteccionismo plantea un peligro a la economía mundial. ¿Plantea otro la política monetaria expansionista, o, según el eufemismo en boga, “la flexibilización cuantitativa”, con la que la Reserva Federal estadounidense y, de manera mucho más cauta, el Banco Central Europeo están procurando reavivar las economías más importantes del planeta para que se reanude el crecimiento? Muchos creen que sí, algunos porque prevén un período prolongado de estanflación, otros porque, como Dilma, suponen que el “tsunami monetario” resultante restaría competitividad a los países emergentes. Puede que tengan razón los contrarios a las medidas emprendidas por las autoridades de los países ricos, pero por desgracia no han logrado formular alternativas convincentes, acaso porque no hay soluciones que sean a un tiempo eficaces y políticamente viables para los problemas estructurales de sociedades envejecidas que se han acostumbrado a un estándar de vida que es envidiablemente alto. Por cierto, si bien la Reserva Federal ha inyectado una cantidad astronómica de dólares en la economía estadounidense, los resultados de la “flexibilización” así supuesta han sido muy decepcionantes, mientras que en Europa los esfuerzos en tal sentido del Banco Central de la Eurozona, y del Banco de Inglaterra, aún no han producido la recuperación esperada. Tampoco parecen haber servido para mucho las “políticas fiscales ortodoxas” denunciadas por Dilma ya que, como señaló, “han empeorado la recesión” en los países en apuros, pero, por desgracia, el que la austeridad aún no haya brindado los frutos inicialmente previstos no necesariamente significa que hubiera sido mejor que los gobiernos de Grecia, España, Portugal e Italia continuaran gastando como antes sin preocuparse por los engorrosos detalles fiscales.

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