Obama desinflado

Redacción

Por Redacción

Desde 1960, el año en que el candidato presidencial demócrata John Fitzgerald Kennedy derrotó a su rival republicano Richard Nixon en un debate televisado que fue seguido por un público de aproximadamente 70 millones de personas, pero que en opinión de muchos perdió entre quienes se limitaron a escucharlo por radio, los políticos norteamericanos saben que una buena impresión física puede valer más que la habilidad dialéctica. Así, pues, aunque a juicio de muchos el vicepresidente Joe Biden ganó con facilidad el debate que se celebró el jueves pasado con Paul Ryan, el joven candidato opositor que aspira a reemplazarlo luego de las elecciones del 6 de noviembre, los republicanos aciertan cuando dicen que su hombre salió mejor parado merced a la manera tranquila en la que enfrentó la actitud prepotente y a veces bufonesca de su adversario, un político veterano que procuró humillarlo, opinión ésta que comparten muchos que se afirman independientes. Sea como fuere, el mero hecho de que los demócratas hayan apostado a que la agresividad irrespetuosa de Biden, en un debate que, conforme a las pautas tradicionales, carecería de importancia, serviría para dar nueva vida a la deslucida campaña electoral del presidente Barack Obama, es de por sí significante. Según las encuestas de opinión más recientes, la ventaja cómoda que durante meses tuvo Obama sobre su contrincante republicano, Mitt Romney, ya se ha esfumado a causa de su desempeño apático en el primer debate entre los dos. Obama no se ha hundido por completo, claro está, pero a menos que Romney cometa muchos errores graves en las escasas semanas que separan de la jornada electoral, el presidente podría estar acercándose al fin de su período como líder del país más poderoso del mundo. Antes de triunfar en las elecciones del 2008, Obama se vio beneficiado no sólo por el estallido de la gran crisis financiera desatada por el colapso de una burbuja inmobiliaria gigantesca y la caída en bancarrota de una serie de bancos de inversión, sino también por la voluntad de muchos millones de norteamericanos de tomarlo por un superdotado, pasando por alto una trayectoria política no muy impresionante en el Estado de Illinois y en el Senado, además de sus vínculos personales con predicadores negros racistas y otros extremistas que, de haberse tratado de un candidato presidencial blanco, le hubieran causado un sinfín de problemas. Aunque la mayoría de sus adversarios sigue considerándolo un político inteligente y culto, nunca hubo posibilidad alguna de que lograra ponerse a la altura de las expectativas exageradas de sus admiradores más fervorosos, pero así y todo los medios de difusión más prestigiosos de Estados Unidos y del resto del mundo tardaron en abandonar las ilusiones motivadas por la aparición en el escenario de un presidenciable de raza mixta que hablaba de “esperanza y cambio”. Como no pudo ser de otra manera, muchos se han sentido sumamente decepcionados por su gestión de cuatro años. Como millones de estadounidenses parecen haberse dado cuenta, un candidato sobresaliente puede resultar ser un presidente mediocre. Puesto que el éxito notable de Obama en el 2008 se debió a sus dotes retóricas y al deseo de millones de jóvenes de repudiar los prejuicios raciales de generaciones anteriores, en la actualidad los discursos altisonantes motivan escepticismo y la mayoría se resiste a prestar mucha atención a las características étnicas de los dos aspirantes, lo que beneficia a Romney: su imagen es menos simpática que la de Obama, pero tiene la reputación de ser no sólo un político pragmático sino también un empresario experimentado que presuntamente sería capaz de reactivar una economía letárgica. Puede que sea cuestión de otra ilusión, que los problemas que han frustrado al equipo de Obama sean tan profundos, tan “estructurales”, que ningún presidente, por brillante que fuera, estaría en condiciones de superarlos sin tomar medidas traumáticas. Por supuesto que Obama y Romney, Biden y Ryan, dan a entender que no es así, que si no fuera por el obstruccionismo de sus adversarios la economía se recuperaría muy pronto, asegurando a virtualmente todos los norteamericanos el estándar de vida envidiable que creen merecer pero, huelga decirlo, hoy en día ningún político en campaña soñaría con arriesgarse ofreciendo al electorado una dosis de realismo.


Desde 1960, el año en que el candidato presidencial demócrata John Fitzgerald Kennedy derrotó a su rival republicano Richard Nixon en un debate televisado que fue seguido por un público de aproximadamente 70 millones de personas, pero que en opinión de muchos perdió entre quienes se limitaron a escucharlo por radio, los políticos norteamericanos saben que una buena impresión física puede valer más que la habilidad dialéctica. Así, pues, aunque a juicio de muchos el vicepresidente Joe Biden ganó con facilidad el debate que se celebró el jueves pasado con Paul Ryan, el joven candidato opositor que aspira a reemplazarlo luego de las elecciones del 6 de noviembre, los republicanos aciertan cuando dicen que su hombre salió mejor parado merced a la manera tranquila en la que enfrentó la actitud prepotente y a veces bufonesca de su adversario, un político veterano que procuró humillarlo, opinión ésta que comparten muchos que se afirman independientes. Sea como fuere, el mero hecho de que los demócratas hayan apostado a que la agresividad irrespetuosa de Biden, en un debate que, conforme a las pautas tradicionales, carecería de importancia, serviría para dar nueva vida a la deslucida campaña electoral del presidente Barack Obama, es de por sí significante. Según las encuestas de opinión más recientes, la ventaja cómoda que durante meses tuvo Obama sobre su contrincante republicano, Mitt Romney, ya se ha esfumado a causa de su desempeño apático en el primer debate entre los dos. Obama no se ha hundido por completo, claro está, pero a menos que Romney cometa muchos errores graves en las escasas semanas que separan de la jornada electoral, el presidente podría estar acercándose al fin de su período como líder del país más poderoso del mundo. Antes de triunfar en las elecciones del 2008, Obama se vio beneficiado no sólo por el estallido de la gran crisis financiera desatada por el colapso de una burbuja inmobiliaria gigantesca y la caída en bancarrota de una serie de bancos de inversión, sino también por la voluntad de muchos millones de norteamericanos de tomarlo por un superdotado, pasando por alto una trayectoria política no muy impresionante en el Estado de Illinois y en el Senado, además de sus vínculos personales con predicadores negros racistas y otros extremistas que, de haberse tratado de un candidato presidencial blanco, le hubieran causado un sinfín de problemas. Aunque la mayoría de sus adversarios sigue considerándolo un político inteligente y culto, nunca hubo posibilidad alguna de que lograra ponerse a la altura de las expectativas exageradas de sus admiradores más fervorosos, pero así y todo los medios de difusión más prestigiosos de Estados Unidos y del resto del mundo tardaron en abandonar las ilusiones motivadas por la aparición en el escenario de un presidenciable de raza mixta que hablaba de “esperanza y cambio”. Como no pudo ser de otra manera, muchos se han sentido sumamente decepcionados por su gestión de cuatro años. Como millones de estadounidenses parecen haberse dado cuenta, un candidato sobresaliente puede resultar ser un presidente mediocre. Puesto que el éxito notable de Obama en el 2008 se debió a sus dotes retóricas y al deseo de millones de jóvenes de repudiar los prejuicios raciales de generaciones anteriores, en la actualidad los discursos altisonantes motivan escepticismo y la mayoría se resiste a prestar mucha atención a las características étnicas de los dos aspirantes, lo que beneficia a Romney: su imagen es menos simpática que la de Obama, pero tiene la reputación de ser no sólo un político pragmático sino también un empresario experimentado que presuntamente sería capaz de reactivar una economía letárgica. Puede que sea cuestión de otra ilusión, que los problemas que han frustrado al equipo de Obama sean tan profundos, tan “estructurales”, que ningún presidente, por brillante que fuera, estaría en condiciones de superarlos sin tomar medidas traumáticas. Por supuesto que Obama y Romney, Biden y Ryan, dan a entender que no es así, que si no fuera por el obstruccionismo de sus adversarios la economía se recuperaría muy pronto, asegurando a virtualmente todos los norteamericanos el estándar de vida envidiable que creen merecer pero, huelga decirlo, hoy en día ningún político en campaña soñaría con arriesgarse ofreciendo al electorado una dosis de realismo.

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