Conversos y agradecidos

Redacción

Por Redacción

ALEARDO F. LARÍA

El debate político no siempre discurre por los cauces de un debate de ideas. Los públicos que se adscriben al debate político son una porción minoritaria de la sociedad: políticos, abogados, periodistas, dirigentes sindicales y algunas pocas personas más, forman parte de lo que Murray Edelman ha denominado el “espectáculo político”. En ese acotado territorio se acunan jergas que sólo dominan los entendidos y que en ocasiones sirven para lanzarlas como piedras arrojadizas a los adversarios políticos. Cuando aumenta el malhumor que provocan las frustraciones políticas, suelen aumentar los cascotazos. Uno de los descalificativos tradicionalmente más empleados por algunos conservadores de la vieja izquierda anticapitalista ha sido el de “converso”, adjetivo sustantivado que se aplicaba a todos aquellos que viniendo de ese mundo habían modificado o actualizado su pensamiento político luego de comprobar los sonados fracasos del “socialismo real”. Obsérvese que la modificación de las opiniones acerca del valor que tienen ciertos hechos es algo casi rutinario en el mundo de la ciencia. Permanentemente los científicos, a la luz de los nuevos datos que emergen de la realidad, van actualizando o adecuando su pensamiento científico. Sin embargo, en el mundo de la política, cuando predominan ciertas visiones ideológicas que operan como credos religiosos cerrados a los nuevos datos que emergen de la realidad, las viejas concepciones se conservan como dogmas impermeables al avance de los tiempos. En realidad, esto es sólo parcialmente cierto. En la mayoría de los casos, como en las teologías, se van introduciendo subrepticiamente algunas adaptaciones y lo que suele permanecer inalterable es una serie de eslóganes y rituales que dan sentido de pertenencia a un grupo político o religioso. Si, para tomar un ejemplo de actualidad, nos detuviéramos ante un caso representativo, como es el del nuevo ministro de Transportes de la provincia de Río Negro, Fernando Vaca Narvaja, notorio dirigente en los años 70 de la organización “Montoneros”, podríamos pensar –utilizando esos baremos– que estamos ante un caso elocuente de conversión ideológica. De brioso defensor y practicante de la “lucha armada”, ha pasado a ser un diligente y eficaz gestor de asuntos públicos. Esta evolución no debiera escandalizar a nadie en una sociedad democrática en la que todos tenemos el derecho y la oportunidad de aprender y corregir nuestros errores. Esta migración desde el marxismo-leninismo hacia espacios de la social democracia, ha sido bastante habitual en América Latina en las últimas décadas. Notorias figuras de la guerrilla latinoamericana –como Regis Debray, Teodoro Petkoff, Joaquín Villalobos, José Mujica, Dilma Rouseff, etc.– han efectuado esta gran transformación. Otros, como Ernesto Laclau, han preferido emigrar del trotskismo hacia el populismo. A todos ellos les cabría el calificativo de conversos, pero algunos populistas, sin el menor recato, se han encargado de asignarle esa etiqueta sólo a sus adversarios, fingiendo olvidar sus propias conversiones. Como la expresión “converso”, debido a estas disonancias, ha ido perdiendo el efecto estigmatizador que tenía, algunos sedicentes populistas han comenzado a sustituirlo por el calificativo “quebrado” con el mismo objetivo descalificador. “Quebrado”, en la jerga que se utilizaba en la época de la “lucha armada”, era una referencia a los prisioneros que bajo el efecto de la tortura terminaban delatando a otros compañeros o incluso colaborando con las fuerzas de represión. Es un descalificativo fuerte, proferido con una pura intención injuriosa, dado que sólo a una mente afiebrada se le puede ocurrir forzar semejante asociación para denotar un simple cambio de opinión política. Cuando lo usan militantes que han sido ascendidos recientemente a la ilustre categoría de “ñoquis”, estamos claramente ante un fenómeno de “proyección”, es decir trasladan a otros la atormentada sospecha de haber incurrido en una quiebra ética de similar envergadura. La lista de supuestos “quebrados” que está generando el cristinismo gracias a la deriva chavista que últimamente ha adoptado el gobierno es mayúscula. Desde los primeros grupos de izquierda que pasaron al FAP de Binner, pasando por el exjefe de Gabinete, Alberto Fernández, los ministros y funcionarios como Losteau y Redrado y Sergio Massa, el exaliado Hugo Moyano y recientemente el exsecretario de Cultura, José Nun, el kirchnerismo está viviendo una sangría de adherentes que tiene todo el aspecto de un desmoronamiento progresivo e irreversible. Pasando a analizar ahora el fenómeno de los que hacen un trayecto inverso –no se van del poder, sino que ascienden al poder– es evidente que este gobierno ha practicado una política de cooptación muy extendida, premiando con puestos públicos a miles de militantes de la causa popular –y extendiendo generosamente el beneficio al resto de familiares y amigos–. Sería un error presumir que estas personas ajustan su modo de pensar por el solo hecho de recibir una retribución oficial. Generalmente opera una mezcla inextricable de intereses personales adornados con ideología que impiden conocer el peso real de cada elemento. Pero lo que se constata, como dato generalizable, es que en todas estas personas emerge un sentimiento muy natural de agradecimiento, que los lleva a mirar con suma indulgencia la labor que despliegan los líderes que tanto han hecho por aumentar su patrimonio personal y familiar. Este agradecimiento opera en la política como una suerte de niebla que obnubila e impide una visión objetiva de la realidad. Se puede constatar con un reciente ejemplo. El pasado 25 de octubre la edición de “Río Negro” se hacía eco de una noticia (“El hospital de Roca es una suma de carencias”) que daba cuenta de que hay gente muy humilde que debe hacer colas desde las primeras horas de la madrugada para conseguir un turno en el hospital público. La gente se cubre con una manta para mitigar el frío y hasta duerme en el piso para conseguir un turno que, en ocasiones, termina en una frustración cuando un cartel en el laboratorio informa que “por falta de insumos sólo se atienden las urgencias”. Mientras esto acontece en los hospitales públicos, miles de millones de los presupuestos del Estado se gastan en propaganda oficial –“Fútbol para todos”– o para distribuir la pauta oficial entre los medios afines. Miles, y tal vez decenas de miles, de militantes populares acomodados en el poder, como los hijos de Luis D’Elía, reciben cuantiosas retribuciones como “asesores” y otros cargos fantasmas insertos en los presupuestos oficiales. Es evidente que el sentimiento de agradecimiento al que hacíamos referencia obnubila la vista e impide reconocer la estrecha relación que existe entre las prebendas que reciben estos asesores improvisados y la carencia hospitalaria que padecen los humildes ciudadanos de nuestras comunidades. Esto explica que los beneficiarios de estas jugosas canonjías acudan luego a las formas más procaces de difamación de aquellos periodistas y medios que denuncian estas formas obscenas de corrupción.


ALEARDO F. LARÍA

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