Obama en clave kirchnerista
Como siempre sucede al celebrarse una elección en un país democrático, no bien se confirmó el triunfo del presidente Barack Obama sobre su rival republicano Mitt Romney, mandatarios del resto del mundo se apuraron a felicitarlo con la esperanza apenas velada de apropiarse de una parte, por pequeña que fuera, de los beneficios políticos resultantes. Es lógico: desde el punto de vista de quienes se preocupan por su propia imagen, siempre es mejor ubicarse al lado de un ganador. Cristina lo hizo de manera muy extraña: dio a entender que, en su opinión, Obama había derrotado en las urnas a aquellos enemigos mortales de la democracia auténtica, los encuestadores y los medios, que, como nos explicó en un tuit, quedaron “definitivamente out”, fuera de combate, a pesar de sus esfuerzos denodados por “manipular y mentir” a fin de frustrar la reelección del presidente de la superpotencia. ¿Fue así? Claro que no. Con muy pocas excepciones, los encuestadores norteamericanos acertaron con precisión envidiable: previeron que, si bien no habría una diferencia muy grande en la cantidad de votos conseguidos por los dos candidatos, el presidente podría imponerse con facilidad en el colegio electoral. En cuanto a las “cadenas de noticias” y otros medios denostados por Cristina por su presunta perversidad, la mayoría, incluyendo los diarios más prestigiosos, el New York Times y el Washington Post, había apoyado con entusiasmo a Obama, minimizando sistemáticamente la importancia de sus traspiés y ayudándolo a pintar a su contrincante como un financista desalmado de formación intelectual rudimentaria que odia a la gente común. Que Cristina no se haya familiarizado con el esquema electoral estadounidense es un tanto sorprendente, ya que sería de suponer que le interesaran tales cosas, pero no debería motivar demasiada preocupación. Al fin y al cabo, antecesores peronistas en el cargo como Néstor Kirchner y Carlos Menem, para no hablar de Héctor Cámpora, tampoco se destacaban por su conocimiento de las particularidades de los sistemas políticos de Estados Unidos y otros países. En cambio sí es preocupante la obsesión de la presidenta con los medios de difusión. Cristina parece haberse convencido de que en todas partes la democracia está librando una guerra a muerte contra el periodismo, además de las consultoras no gubernamentales políticas y económicas, en defensa de la verdad verdadera, de suerte que, al triunfar en las elecciones del martes pasado, Obama habrá asestado un golpe demoledor a los equivalentes yanquis del grupo Clarín, La Nación y Perfil. Sin embargo, aunque hay una cadena de noticias norteamericana, Fox News, que se ajusta a la caricatura de Cristina, las demás no vacilaron en proclamarse favorables al oficialismo demócrata y por lo tanto a la reelección del presidente actual. En Estados Unidos, quienes se quejan de los prejuicios que atribuyen a los medios principales no son los progresistas sino aquellos excéntricos que insisten en calificarse de conservadores. Es muy peligrosa la idea, reivindicada con pasión por Cristina y con furia aún mayor por los “militantes” que la rodean y que dependen de ella, de que los medios no oficialistas plantean una amenaza grave a la democracia, razón por la que les es necesario debilitarlos con medidas legislativas que los priven de recursos y, mientras tanto, fortalecer, inyectándoles dosis generosas de fondos públicos, a los comprometidos con el “proyecto” kirchnerista. Una vez aceptada por los funcionarios del gobierno nacional, la tesis de la presidenta sirve para justificar virtualmente cualquier atropello contra la libertad de expresión. Como los ideólogos del régimen militar, los oficialistas actuales tratan de distinguir entre libertad y licencia; sobre la base de la hipotética diferencia así supuesta, consideran que, merced a los resultados de las elecciones de hace más de un año, tienen hasta nuevo aviso el derecho democrático de proteger a la ciudadanía honesta de las maniobras de quienes a su entender están procurando engañarla. En su opinión, disentir es conspirar. Además de poner en riesgo el respeto por la libertad de expresión, la que, según los pensadores oficialistas más exaltados, es una mera superstición burguesa liberal y en consecuencia intrínsecamente antipopular, la convicción aparente de Cristina de que, no sólo en la Argentina sino también en otras democracias como Estados Unidos, los medios no oficialistas forman una parte muy importante de la oposición política la ha tentado a hacer del autoengaño una necesidad política. Puesto que a su juicio los medios siempre mienten, la información que difunden tiende forzosamente a ser falsa. Aun cuando Cristina y sus soldados comprendan que, a veces, lo que dicen los diarios y los canales televisivos es verdad, se resisten a reconocerlo porque no quieren brindar la impresión de ceder frente al enemigo. Así, pues, se sienten constreñidos a aferrarse a su propia versión de la realidad, por absurda que ésta sea a ojos de quienes no la ven a través del prisma ideológico aprobado por el oficialismo reinante. Como resultado, los militantes gubernamentales siguen alejándose del país real que, mal que les pese, se parece cada vez menos al inventado por los técnicos imaginativos del Indec intervenido. Es más que probable que en ocasiones Obama e integrantes de su administración se hayan sentido muy enojados con aquellos medios estadouni- denses que regularmente critican su desempeño, pero saben que no pueden hacer mucho para disuadirlos porque la clase política norteamericana en su conjunto no les permitiría pisotear la primera enmienda de la Constitución, según la cual está prohibido promulgar cualquier ley que limite la libertad de culto, de expresión, de prensa, de reunión o de petición. Por desgracia, no es del todo firme el apego de los kirchneristas al principio sencillo así consagrado. Acaso porque desde el vamos han hecho de “la construcción de poder” el gran objetivo de su gestión, no se sentirán satisfechos hasta que se hayan apagado los últimos focos de disenso, es decir de oposición, que todavía quedan. No podrán hacerlo pero, hasta que se den por vencidos, seguirán procurando dejar “definitivamente out” a aquellos medios no oficialistas cuya existencia misma les parece escandalosa.
SEGÚN LO VEO
JAMES NEILSON
Como siempre sucede al celebrarse una elección en un país democrático, no bien se confirmó el triunfo del presidente Barack Obama sobre su rival republicano Mitt Romney, mandatarios del resto del mundo se apuraron a felicitarlo con la esperanza apenas velada de apropiarse de una parte, por pequeña que fuera, de los beneficios políticos resultantes. Es lógico: desde el punto de vista de quienes se preocupan por su propia imagen, siempre es mejor ubicarse al lado de un ganador. Cristina lo hizo de manera muy extraña: dio a entender que, en su opinión, Obama había derrotado en las urnas a aquellos enemigos mortales de la democracia auténtica, los encuestadores y los medios, que, como nos explicó en un tuit, quedaron “definitivamente out”, fuera de combate, a pesar de sus esfuerzos denodados por “manipular y mentir” a fin de frustrar la reelección del presidente de la superpotencia. ¿Fue así? Claro que no. Con muy pocas excepciones, los encuestadores norteamericanos acertaron con precisión envidiable: previeron que, si bien no habría una diferencia muy grande en la cantidad de votos conseguidos por los dos candidatos, el presidente podría imponerse con facilidad en el colegio electoral. En cuanto a las “cadenas de noticias” y otros medios denostados por Cristina por su presunta perversidad, la mayoría, incluyendo los diarios más prestigiosos, el New York Times y el Washington Post, había apoyado con entusiasmo a Obama, minimizando sistemáticamente la importancia de sus traspiés y ayudándolo a pintar a su contrincante como un financista desalmado de formación intelectual rudimentaria que odia a la gente común. Que Cristina no se haya familiarizado con el esquema electoral estadounidense es un tanto sorprendente, ya que sería de suponer que le interesaran tales cosas, pero no debería motivar demasiada preocupación. Al fin y al cabo, antecesores peronistas en el cargo como Néstor Kirchner y Carlos Menem, para no hablar de Héctor Cámpora, tampoco se destacaban por su conocimiento de las particularidades de los sistemas políticos de Estados Unidos y otros países. En cambio sí es preocupante la obsesión de la presidenta con los medios de difusión. Cristina parece haberse convencido de que en todas partes la democracia está librando una guerra a muerte contra el periodismo, además de las consultoras no gubernamentales políticas y económicas, en defensa de la verdad verdadera, de suerte que, al triunfar en las elecciones del martes pasado, Obama habrá asestado un golpe demoledor a los equivalentes yanquis del grupo Clarín, La Nación y Perfil. Sin embargo, aunque hay una cadena de noticias norteamericana, Fox News, que se ajusta a la caricatura de Cristina, las demás no vacilaron en proclamarse favorables al oficialismo demócrata y por lo tanto a la reelección del presidente actual. En Estados Unidos, quienes se quejan de los prejuicios que atribuyen a los medios principales no son los progresistas sino aquellos excéntricos que insisten en calificarse de conservadores. Es muy peligrosa la idea, reivindicada con pasión por Cristina y con furia aún mayor por los “militantes” que la rodean y que dependen de ella, de que los medios no oficialistas plantean una amenaza grave a la democracia, razón por la que les es necesario debilitarlos con medidas legislativas que los priven de recursos y, mientras tanto, fortalecer, inyectándoles dosis generosas de fondos públicos, a los comprometidos con el “proyecto” kirchnerista. Una vez aceptada por los funcionarios del gobierno nacional, la tesis de la presidenta sirve para justificar virtualmente cualquier atropello contra la libertad de expresión. Como los ideólogos del régimen militar, los oficialistas actuales tratan de distinguir entre libertad y licencia; sobre la base de la hipotética diferencia así supuesta, consideran que, merced a los resultados de las elecciones de hace más de un año, tienen hasta nuevo aviso el derecho democrático de proteger a la ciudadanía honesta de las maniobras de quienes a su entender están procurando engañarla. En su opinión, disentir es conspirar. Además de poner en riesgo el respeto por la libertad de expresión, la que, según los pensadores oficialistas más exaltados, es una mera superstición burguesa liberal y en consecuencia intrínsecamente antipopular, la convicción aparente de Cristina de que, no sólo en la Argentina sino también en otras democracias como Estados Unidos, los medios no oficialistas forman una parte muy importante de la oposición política la ha tentado a hacer del autoengaño una necesidad política. Puesto que a su juicio los medios siempre mienten, la información que difunden tiende forzosamente a ser falsa. Aun cuando Cristina y sus soldados comprendan que, a veces, lo que dicen los diarios y los canales televisivos es verdad, se resisten a reconocerlo porque no quieren brindar la impresión de ceder frente al enemigo. Así, pues, se sienten constreñidos a aferrarse a su propia versión de la realidad, por absurda que ésta sea a ojos de quienes no la ven a través del prisma ideológico aprobado por el oficialismo reinante. Como resultado, los militantes gubernamentales siguen alejándose del país real que, mal que les pese, se parece cada vez menos al inventado por los técnicos imaginativos del Indec intervenido. Es más que probable que en ocasiones Obama e integrantes de su administración se hayan sentido muy enojados con aquellos medios estadouni- denses que regularmente critican su desempeño, pero saben que no pueden hacer mucho para disuadirlos porque la clase política norteamericana en su conjunto no les permitiría pisotear la primera enmienda de la Constitución, según la cual está prohibido promulgar cualquier ley que limite la libertad de culto, de expresión, de prensa, de reunión o de petición. Por desgracia, no es del todo firme el apego de los kirchneristas al principio sencillo así consagrado. Acaso porque desde el vamos han hecho de “la construcción de poder” el gran objetivo de su gestión, no se sentirán satisfechos hasta que se hayan apagado los últimos focos de disenso, es decir de oposición, que todavía quedan. No podrán hacerlo pero, hasta que se den por vencidos, seguirán procurando dejar “definitivamente out” a aquellos medios no oficialistas cuya existencia misma les parece escandalosa.
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